Hay adelantos electorales que nacen a la luz de la proyección favorable de las encuestas y hay adelantos electorales que intentan captar un estado de ánimo. Este segundo motivo es la respuesta al anticipo electoral por el que Pedro Sánchez ha llamado a las urnas a la ciudadanía el próximo 29 de noviembre.
La política española llevaba meses instalada, cual foto fija, de la siguiente manera: un bloque de derechas movilizado, agitado y ansioso frente a una izquierda a la defensiva por los temas de corrupción, la crisis migratoria de Ceuta etc... El Gobierno de coalición estaba permanentemente obligado a pelear cada iniciativa parlamentaria como si cada votación fuese la última.
Conscientes o no, Junts con su negativa a convalidar los decretos sobre vivienda ayudó a romper ese escenario y le ha permitido a Sánchez hacer algo que la legislatura le estaba negando, elegir el terreno de juego, la baza de las políticas sociales al calor de las movilizaciones por el derecho al acceso a la vivienda que estalló a partir del desahucio televisado de Mari Carmen, la mujer madrileña de 87 años desalojada por una empresa de especulación inmobiliaria.
La precampaña arranca en el mismo momento de la comparecencia de Sánchez donde confirmó que había apretado el botón del anticipo electoral. Más que un discurso, por momentos, llegó a parecer un mitin: “retrocesos o derechos”, “democracia u ola reaccionaria”
La precampaña arranca en el mismo momento de la comparecencia de Sánchez donde confirmó que había apretado el botón del anticipo electoral. Más que un discurso, por momentos, llegó a parecer un mitin: “retrocesos o derechos”, “democracia u ola reaccionaria”.
A diferencia de 2023, es consciente de que el marco del miedo a la llegada de la ultraderecha al Gobierno de la mano del Partido Popular no es una opción. Ahora se trata de fijar el relato del mal menor, es decir, este Gobierno o los intereses de las minorías por encima de los de la gente, explícitamente gente, fue el sustantivo seleccionado y recalcado en varias ocasiones.
El Partido Popular ya tiene lo que tanto había demandado y con un escueto eslogan: “Por fin”, reaccionaba a la cita del 29N. Esta vez sin reservas ni reparos retóricos para con la formación de Santiago Abascal.
Feijóo y el líder de Vox llevan tiempo hablando y limando una relación personal hasta hace poco inexistente. Han llegado a la conclusión de que para conseguir réditos y gobiernos lo mejor es no pisarse la manguera, al fin y al cabo, ya son socios en los ejecutivos autonómicos.
Mientras el PSOE ha perdido terreno en las encuestas de intención de voto, el Partido Popular apenas ha cambiado su porcentaje de potenciales votantes. Quien obtiene rentabilidad del desgaste del Gobierno progresista es Vox que pasa del 12% al 18% en la estimación de diferentes empresas demoscópicas. Por tanto, la pregunta que cabe hacerse es ¿cuánto espacio conseguirá Vox dentro del bloque de la derecha y cuánto puede condicionar ésto a Feijóo? La respuesta es todo lo que quiera y más.
El PP, denominado partido de Gobierno, está obligado a moderar el tono, al menos a no ir tan lejos como su retoño ultraderechista para resultar creíble, y eso que en el Congreso hemos visto escenas inimaginables no hace mucho
El PP, denominado partido de Gobierno, está obligado a moderar el tono, al menos a no ir tan lejos como su retoño ultraderechista para resultar creíble, y eso que en el Congreso hemos visto escenas inimaginables no hace mucho. Vox, sin embargo, puede decir que el sistema está roto, que el Gobierno es un fracaso, son unos traidores y que hay que cambiar radicalmente las cosas.
Como depositario de un voto de cabreo o de descontento, este discurso tiene una ventaja electoral evidente, es sencillo, directo aunque irreal. No aporta nada, pero funciona como funcionan los populismos, exclusivamente concentrado en explicar contra qué está punto y final.
Capítulo a parte necesita la llamada izquierda alternativa, el previsible gran sumidero de escaños del bloque de izquierdas. El llamado Frente Amplio aún tiene que terminar de definir candidaturas y estructuras en cuestión de días. Podemos sigue a lo suyo, demandando primarias abiertas para cubrirse bajo el yo ya dije lo que teníamos que hacer. Nada parece creíble, nada hace pensar en la remontada, en la unidad de ese espacio, en la posibilidad de un buen resultado si no media un auténtico milagro.
Los partidos vascos
El PNV ha anunciado que apoyará en la Diputación Permanente el primer decreto de vivienda y con ello se mantiene en la línea que había defendido en el Congreso. Consciente del clamor social por el tema de la vivienda está a años luz de los maximalismos de los catalanes de Junts, quienes han perdido una baza política de primera como es la de ser decisivos tras la disolución de las Cortes.
A los jeltzales les interesa mantenerse dentro del marco de Euskadi y alejarse de las dinámicas madrileñas. En su primera reacción no se salen del guion, defender competencias, inversiones y autogobierno.
No es poca cosa si finalmente el bloque PP -Vox llegase a gobernar amenazando precisamente estos amplios consensos en la sociedad vasca. Pueden venir curvas, puede incendiarse la convivencia si las amenazas ultras, ilegalización incluida, se llegasen a materializar.
EH Bildu ve una oportunidad para disputar al PNV la condición de la principal fuerza vasca. No solo en diputados, sino como fuerza política naturalizada para posibles pactos. Su reacción ha sido lanzar un llamamiento para fabricar un dique de contención frente a la ola reaccionaria, sin explicitar cómo piensa llevarlo a cabo.
Plantear la cita del 29 N como una pantalla adelantada de una competencia jeltzales-Bildu de cara a otras citas electorales sería un error. En las generales interfieren demasiados ingredientes propios para verlo de esa manera, aunque claramente se pueden vislumbrar tendencias. Por ejemplo, en la dimensión española cuántos diputados saca cada uno y en la dimensión vasca quién sale reforzado como principal referente político del país.
El adelanto ha cambiado el calendario, hay una convocatoria de huelga general en ciernes, se pueden mover los bloques, las alianzas… Toca ver quién convierte el desgaste en votos, la movilización en poder y si un estado de ánimo es suficiente para permanecer.
