Un profesor en una pizarra.
Confiar en la evidencia científica proporciona bastante tranquilidad. La evidencia, por su propia naturaleza, deviene indiscutible, de modo que nada mejor que agarrarse a ella, ante la acritud y la violencia de ciertos debates totalmente innecesarios.
No fueron sólo lecturas sino también una larga estancia en cierta universidad pública lo que me ha anclado a esta convicción: la evidencia científica sacude supersticiones y fantasías. Gracias a ella, aflora el pensamiento crítico y podemos, con acierto, detectar tales supersticiones, prejuicios y fantasías, denunciarlos con el ímpetu de un filósofo ilustrado y librar así a la ciudadanía, siempre tan impresionable, de su influjo pernicioso.
La evidencia científica opera en la matemática de forma irrebatible, con brillo cegador e incontestable. En las ciencias experimentales encuentra ya ciertos problemas (¿Quién tiene hoy las agallas de superponer abrumadoras constataciones de sexo a gaseosas elucubraciones de género?).
Pero es en las ciencias sociales donde las evidencias científicas caen siempre en saco roto. La política profesional y el activismo popular nunca extraen de ellas las debidas consecuencias.
Es igual lo que proclames: todo puesto de trabajo cuya productividad esté por debajo del coste de su creación o no será creado o si se crea muy pronto desaparecerá. No importa lo que diga el tertuliano más vehemente de tu cadena de radio favorita: ese puesto de trabajo desaparecerá
Ha pasado mucho tiempo desde que se formularon leyes incontestables de la economía. Y han sido siglos, milenios, los estudiados a la luz de esos principios y analizados con absoluto rigor. Pero no importa cuántos siglos hayan pasado (y no importará, me temo, cuántos más sigan pasando) porque a la evidencia científica se la toma, en el campo de la economía, por el pito de un sereno.
Sin embargo, a pesar de la pertinaz permanencia de las supersticiones, las leyes sociales, tercas, se encastillan en la mera realidad. Siglo tras siglo se proponen las mismas soluciones imposibles a los mismos problemas recurrentes. Y las mismas equivocaciones desencadenan las mismas consecuencias.
Es igual lo que proclames: si en una sociedad aumentan los medios de pago sin que haya un correlativo aumento de bienes y servicios, el precio de esos bienes y servicios subirá. No importa lo que diga el profesor de tu instituto: el precio de esos bienes y servicios subirá.
Es igual lo que proclames: todo puesto de trabajo cuya productividad esté por debajo del coste de su creación o no será creado o si se crea muy pronto desaparecerá. No importa lo que diga el tertuliano más vehemente de tu cadena de radio favorita: ese puesto de trabajo desaparecerá.
Es igual lo que proclames: si limitas coactivamente el precio de un bien (no digamos si defiendes que deba entregarse sin que el precio sea pagado) ese bien entrará en un proceso de carestía y escasez. No importa lo que diga la representante del sindicato de filatélicas o de taxidermistas: ese bien entrará en un proceso imparable de carestía y escasez.
¿Por qué la evidencia científica tiene tantos problemas para imponerse al pensamiento mágico? Porque los portadores de ciertas evidencias científicas priorizan una necesidad impostergable
¿Por qué la evidencia científica tiene tantos problemas para imponerse al pensamiento mágico? Porque los portadores de ciertas evidencias científicas priorizan una necesidad impostergable: su propia supervivencia, su supervivencia social (e incluso física) en una sociedad sujeta al vaivén de pasiones, emociones, impresiones, y dominada por toda clase de demagogos y mistagogos.
La mayoría de las personas (incluso las personas científicas) procura evitarse problemas añadidos a la prolija lista de problemas que, como todo ser humano viviente (y sufriente), uno lleva ya en la alforja.
Por eso toda exposición del pensamiento crítico viene condicionada por el instinto de supervivencia que inspira en la conducta diaria a su depositario. “Hijo, tú no se signifiques”, le decía siempre su madre a un viejo amigo mío, que se especializó, con el tiempo, en no abrir la boca más de lo necesario y pasar por la vida con la discreción del que no arriesga ni siquiera al dar los buenos días.
Mucha gente elogia sin desmayo el pensamiento crítico, pero le cuesta encontrar ocasiones para ponerlo en práctica. Y esa es otra evidencia científica que podemos constatar.
Un hombre trabaja en un problema matemático en una pizarra.