La crisis de la vivienda nos ha puesto cara a cara ante una realidad oscura y denigrante: hacer de los hogares una turbia mercancía.

¿Cómo hemos vivido tantos siglos inconscientes de la envergadura de semejante villanía? La vivienda, repiten en los debates toda clase de comparecientes, no puede ser una mercancía.

La palabra mercancía, en el lenguaje político, tiene un solo pariente: la palabra negocio.

Hay entre ambas una íntima relación: es imposible hacer negocio con algo que no sea mercancía, del mismo modo que deben existir mercancías para poder hacer negocios.

Existe gente que, en efecto, se dedica a hacer negocios. Los demás nos dedicamos a padecerlos. Pero la sociedad por fin ha alzado su voz. Y no ya con el rigor científico que se autoatribuyó siempre el marxismo, sino con la vibración emocionada que surge de las entrañas del pueblo: una sabiduría atávica, milenaria e incontestable.

Si nos ponemos serios, de preguntas obvias extraemos respuestas contundentes.

En ello nos ayudan tertulianos, periodistas y acampados. ¿Es legítimo hacer negocio con la salud? No. ¿Es legítimo hacer negocio con la educación? No. ¿Es legítimo hacer negocio con el cuidado de los mayores? No. ¿Es legítimo hacer negocio con la vivienda? No. ¿Es legítimo hacer negocio con la cultura? Dios mío, no.

Excepciones

Siempre observo, en ese discurso, dos excepciones: el deporte y la alimentación.

Por alguna razón (que acaso los futboleros dan por supuesta) con el deporte es posible hacerse rico hasta las trancas sin el más mínimo reproche social.

Nadie (con dos dedos de frente) tiene el cuajo de decir en voz alta: ¿es legítimo hacer negocio con la alimentación?

El pueblo asiste con rencor a quien hace dinero fabricando coches o sacapuntas, viviendas o microondas, hospitales o maquinillas de afeitar. Los deportistas pueden hacerse millonarios y contar con nuestra simpatía. Pero los que se hacen millonarios fabricando cosas útiles solo merecen desprecio.

La alimentación es otra salvedad. En el rosario que hemos hilado por ahí arriba, ¿qué mejor podría encajar que la alimentación?

Cierto que hay críticas (e insultos) a empresarios del sector como Juan Roig.

Pero nadie (con dos dedos de frente) tiene el cuajo de decir en voz alta: ¿es legítimo hacer negocio con la alimentación?

Cosa extraña porque la respuesta aguarda, embozada, en nuestro sistema nervioso simpático: ¡no, no y mil veces no!

¿Por qué nadie se irrita a la vista de que con los alimentos, convertidos en vulgares mercancías, se hacen negocios a destajo?

Aventuro una explicación: el funcionamiento abrumadoramente eficaz de ese mercado… y la pesadilla que comportaría su desaparición.

Por supuesto que habrá conflictos en el sector: proveedores mal pagados, problemas laborales o subidas de precios. Pero todo el mundo tiene la íntima confianza, a la hora de satisfacer esas necesidades, de que el sector de la alimentación funciona razonablemente bien.

La revolución, de momento, no alcanzar al mercado alimenticio. En él, el reto corresponde a empresarios y no a burócratas o activistas

No somos conscientes del vértigo mental que supondría para cualquier persona de una sociedad precapitalista contemplar un supermercado iluminado y con miles de productos.

No sé si podemos imaginar el impacto que ello supondría para un sudanés de hoy, para un campesino medieval o, por cierto, para un rey del mismo tiempo.

Paquetes de salchichas envasadas al vacío, en excelentes condiciones de salubridad, se venden entre 1 y 2 euros en función de marcas y cantidad de producto.

Nadie exige que los alimentos dejen de ser mercancías, porque intuye, aunque sea oscuramente, que un sector alimenticio dirigido por políticos, gestionado por funcionarios y con publificación de todos los pasos de la cadena llevaría a lo de siempre en la historia económica: carestía, escasez y, por supuesto, mercado negro, donde hasta el producto más hediondo alcanzaría cifras exorbitantes, por añadir al precio la prima de riesgo.

La revolución, de momento, no alcanza al mercado alimenticio. En él, el reto corresponde a empresarios y no a burócratas o activistas: el reto, por ejemplo, de conseguir que el paquete de salchichas no cueste 1,20 € sino 0,95.

No, no es una causa muy heroica, pero no estaría mal reconocer que nuestro bienestar se funda en causas tan modestas como esa.