Deberíamos venir al mundo con una pequeña cremallera en el pecho. Abrirla cuando alguien pregunta qué nos pasa y dejarle mirar. Sin aclaraciones. Sin tener que ordenar el desastre ni ponerle nombre a cada cosa rota. Sería tan práctico.
Cuántas veces, necesitándolas un montón, las palabras nos abandonan. Lo peor, sin embargo, es su mala costumbre de aparecer cuando dejaron de hacer falta. Cinco días después, mientras ponemos una lavadora o esperamos a que hierva el agua para la infusión de jengibre. Justo entonces descubrimos lo que queríamos decir, con adjetivos impecables y el adverbio a punto de nieve. Pero ya no hay nadie para escucharlas.
Llevo unos días pensando en esto por culpa de José M. Campos, un escritor al que suelo recurrir cuando la vida me da una vuelta de campana o yo le doy la vuelta de campana a la vida. En uno de sus relatos cuenta que las palabras son caprichosas, imprevisibles, algo putas. Que intentamos servirnos de ellas para describir el revoltijo interior, pero no siempre se dejan. Y aun así, son lo único que tenemos para hacernos entender.
Demasiada responsabilidad la de estas criaturas tan poco de fiar.
Hay palabras que salen a destiempo y otras que se quedan atascadas en la garganta. Algunas, en cuanto las pronunciamos, querríamos agarrarlas por el cuello y devolverlas al nudo del estómago. Muchas sirven para escondernos. Podemos llenar una habitación de explicaciones y no contar lo único que importa, responder “todo bien” sonrientes mientras se nos cae el techo encima.
Un “estoy aquí” puede sostener una tarde entera y un “no es para tanto” consigue que no volvamos a abrirnos
A mí me gustan las que acarician sin proponérselo y me aterran las que hacen daño envueltas en papel de regalo. Un “estoy aquí” puede sostener una tarde entera. Un “no es para tanto” consigue que no volvamos a abrirnos. Un “ya hablaremos” arruina la noche intentando averiguar si era promesa o despedida.
Y luego están las que no terminamos de encontrar. No porque se hayan ocultado. Quizá todavía no existen para nosotros. Son las que buscamos cuando decimos “espera, que no sé cómo explicarme”, nos obligan a empezar de nuevo, dar rodeos, recurrir a comparaciones absurdas y meter la pata.
En ocasiones pienso que buena parte de nuestra vida transcurre ahí, en esa distancia entre lo que sentimos y lo que conseguimos trasladar.
Invierto un tiempo indecente buscando metáforas que no mientan
Yo me llevo mejor con las palabras que ellas conmigo. Me encanta revolverlas, probar cómo suenan, descubrir que una oración cambia por completo al sustituir un epíteto. Pero también nos peleamos a cara de perro. Las persigo cuando se escapan, las expulso del párrafo si se ponen estupendas y, después de haberlas mandado a la mierda, tengo que ir a buscarlas y pedir que vuelvan. Tacho líneas enteras, rescato otras que había dado por desaparecidas. Invierto un tiempo indecente buscando metáforas que no mientan.
Me pierde la poesía. Pero hablar o escribir bonito no es lo más importante. No convierte a nadie en mejor persona. A lo sumo, en un imbécil con estilo. Yo misma he utilizado palabras para ganar discusiones que habría sido mejor comprender. He adornado decisiones por miedo a que dolieran. He elegido frases resultonas cuando habría bastado una brutalmente sincera. Y dicho barbaridades con una sintaxis impoluta.
Lo más terrible no es quedarnos sin palabras, sino encontrar las equivocadas, rendirnos o darnos por satisfechos y acabar traicionándonos
Mi alegato va de otra cosa: esforzarnos por llegar todo lo posible a la verdad de lo que llevamos dentro. Aunque salga torcido. Lo más terrible no es quedarnos sin palabras. Es encontrar las equivocadas, rendirnos o darnos por satisfechos y acabar traicionándonos.
Y aun así, podemos fracasar. Porque las palabras tienen una última travesura reservada para cuando creemos haberlas domesticado: conforme salen de nuestra boca, o de los dedos, dejan de pertenecernos. Viajan hasta otra cabeza, atraviesan recuerdos ajenos, tropiezan con miedos y lenguajes de amor que nos suenan a chino. Hasta quizá convertirse en algo que jamás pretendimos expresar.
A veces una pregunta se recibe como reproche. Una preocupación, como crítica. Alguien se queda con la palabra más torpe de una confesión y deja escapar las otras veinte, esas que llevaban ocultas entre sus sílabas todas las curvas del río.
Supongo que ahí está la otra mitad del trabajo: escuchar. Qué verbo tan pequeño para una tarea tan descomunal.
Hay quien confunde escuchar con esperar educadamente a que alguien termine para señalar lo que ya tenía preparado. O cree que es adivinar lo que ocurre y encontrar solución a cada desgracia.
Es muy imporrtante reparar en los detalles, como la voz que baja dos octavas cuando, tras vueltas a la cucharilla del café, añade “creo que me equivoqué”
No siempre hace falta encontrar una palabra nueva. Basta con tomarnos la molestia de preguntar al otro qué quería decir la anterior. Y muy importante, reparar en los detalles. El “ay” antes de un nombre propio. La voz que baja dos octavas cuando, tras vueltas a la cucharilla del café, añade “creo que me equivoqué”. Esa música tan personal e irrepetible que, de tenerla en cuenta, puede salvar una conversación entera.
Y jamás confundir pausa con punto final.
Llevo muchas palabras. Unas 900. Y esto para confesar que estoy tratando de aprender a no tener tanta prisa por encontrar las que, ahora mismo, me faltan.
¿Rendirme? Jamás. Se trata de dar tiempo. Por suerte, la vida no es una columna de opinión que deba entregar el viernes a media tarde. Puedo dejar que el silencio de casa vuelva a tomar la palabra y las respuestas cojan forma a oscuras. Con la cremallera, de momento, cerrada. No vaya a ser que, por querer enseñarlo todo demasiado pronto, se me escape lo que estaba empezando a entender. No sé: cosas ya muy íntimas.
