Qué oportuno arrancar esta columna con una frase de Napoleón Bonaparte, quien dejó dicho que nada va bien en un sistema político donde las palabras contradicen a los hechos para intentar anatomizar lo que está sucediendo en Francia, por ende en Europa, y que nos toca a todos de una forma más directa de lo que pensamos, aunque los titulares se los lleven los gravísimos incidentes al otro lado de los Pirineos.

Quizá el detonante fueran las protestas estudiantiles por la educación de hace cinco semanas, pero el trasfondo responde a la célebre frase del general Bonaparte, porque las revoluciones no empiezan cuando arden las calles, sino cuando una generación deja de creer en el futuro.

Francia como gran parte de las sociedades occidentales se enfrenta a esa pregunta al calor de una sociedad dividida, una juventud descontenta y unas instituciones que parecen no saber dar respuestas.

Parole, parole parole... mientras se extiende el malestar como la niebla otoñal con la humedad del fracaso del contrato social. En Italia y el país galo por la educación, en Albania por la corrupción, en España y Portugal por la vivienda. Seamos sinceros; no pinta bien el futuro para quienes empiezan su vida.

Hay jóvenes que no pueden emanciparse, que encadenan empleos precarios, que desconfían de sus representantes y que sienten que las reglas del juego benefician siempre a los mismos

Detrás de las protestas hay algo más que rabia. Hay jóvenes que no pueden emanciparse, que encadenan empleos precarios, que desconfían de sus representantes y que sienten que las reglas del juego benefician siempre a los mismos.

Cuando el esfuerzo deja de garantizar oportunidades, la frustración se convierte en desafección. Y cuando la desafección se extiende, la democracia empieza a resquebrajarse.

Hagámonos una pregunta, ¿quién puede capitalizar este descontento general? Y en concreto en Francia, ¿estamos ante una crisis coyuntural del final del macronismo o ante el agotamiento de un modelo político y social incapaz de conciliar el estado del bienestar con una cuentas públicas difíciles de sostener sin recortes a las clases medias?

Creo que pueden adivinar las respuestas, piensen que solo quedan seis meses para las presidenciales. Marine Le Pen se frota las manos con cada piedra, con cada acto vandálico, con cada destrozo, sabotaje y pillaje. Es la tajada que se llevan los populismos con las viejas recetas que ya asolaron Europa a mediados del siglo pasado.

Por si tienen dudas, vean cómo el asunto de los disturbios ha empezado a desplazar el debate hacia una cuestión de seguridad.

Orden público, ultraizquierda e inmigración, una plantilla que puede aplicarse a la interpretación que Santiago Abascal ha hecho de lo que sucede en Francia igualándolo a lo que pasa en España, o la presidenta madrileña cuando hace referencia a la acampada en Sol o a los profesores en huelga en la Comunidad de Madrid con descalificaciones y desprecio.

Las consecuencias van más allá de las fronteras francesas. Europa debe tomar nota, la desigualdad, la falta de expectativas y la desconexión entre ciudadanos y gobernantes alimenta el descontento.

La respuesta no puede limitarse a la represión, exige valentía política, pactos con altura de miras, justicia y políticas capaces de reconstruir la cohesión social. Francia afronta una prueba decisiva, Europa una advertencia que no debería ignorar.