Manifestación por la muerte de José María Portell, primer periodista asesinado por ETA, Portugalete, junio 1978
Murió hace siete años, tras ocho en coma terminal. Cuando el equipo dirigente habitual anunció que ETA entraba en ese estado de semiexistencia no hubo ni el más simple mensaje de arrepentimiento. Todo lo habían hecho bien, pero ya estaban diezmados por la sociedad y el Estado. A los terroristas les venció la democracia.
El final de ETA, como el de Franco, fue patético: si el segundo se les caía de la camilla cuando lo llevaban moribundo de un lado a otro, los terroristas montaron escenas como la del atónito mediador, que no sabía bien entre quiénes mediaba, cuando le entregaron una pistola como de feria en calidad de armamento. Tan cutre era todo que para anunciar la muerte definitiva en 2018 ni salieron a escena, bastó una carta mal escrita.
ETA comenzó su historial terrorista asesinando a un guardia civil de tráfico, José Pardines, y lo culminó asesinando a un gendarme francés, Jean Sergé Neri. Ambos crímenes, cometidos sobre la marcha, son un buen resumen de la catástrofe que fue la organización terrorista. Entre medias, miles de víctimas y décadas de terror.
Es un error, o una intención política difícil de justificar, afirmar que ETA sigue existiendo
Pero entre 2011 y 2018 muere y desaparece y eso no es que cambie las reglas del juego, sino el tablero, el juego en sí. Los herederos de ETA son los que han tenido que aprender a jugar en este otro tablero que se llama política democrática. Es un error, o una intención política difícil de justificar, afirmar que ETA sigue existiendo, ni siquiera metamorfoseada en Bildu. Ni existe, ni determina ya la vida política vasca y española. En términos políticos no es ya ni siquiera un considerando.
Que haya muerto es algo que debemos celebrar, pero no olvidar. Precisamente porque son los herederos de ETA, como los de Franco por su parte, quienes más insisten en que se olvide todo. Vox no quiere leyes que recuerden que la dictadura produjo miles de víctimas, pero sí las que provocó ETA; Bildu no quiere leyes que recuerden que ETA asesinaba para imponer su ideario político, pero sí hacer propias las víctimas de la dictadura.
Un ejemplo es el del actual rectorado de la UPV/EHU, que sigue muy de cerca la doctrina Bildu de borrar el pasado terrorista. Al rector Bengoetxea, que llegó a cerrar el campus de Álava porque había un acto de Vox en las inmediaciones, le faltó tiempo para proponer retirar de los estatutos de la universidad su “rechazo de todo tipo de terrorismo y de violencia”. Bildu nos propone olvidarnos de ETA, del terrorismo, al tiempo que nos acordamos de los gudaris.
Como argumenta Daniel Innerarity en un reciente libro, uno de los síntomas del deterioro de la democracia consiste en la negación de la legitimidad del contrincante político. Esa manía peligrosamente habitual de expedir certificados de constitucionalismo es un buen ejemplo. También cuestionar la actitud democrática de los demás con mensajes que se dirigen a convencer de que si gana el adversario lo primero que hará será liquidar la constitución, las instituciones o la misma democracia.
Desde las organizaciones sociales hasta los partidos políticos tuvieron muy claro dónde estaba la línea que marcaba la democracia y el respeto institucional, pero hoy la claridad de esta línea parece difuminarse
No olvidar el horror que produjo el terrorismo es especialmente importante en este contexto. A ETA le derrotó el Estado, sin duda, pero también la sociedad. Pudo hacerlo porque desde las organizaciones sociales hasta los partidos políticos tuvieron muy claro dónde estaba la línea que marcaba la democracia y el respeto institucional. Hoy la claridad de esa línea parece difuminarse. Estamos realmente jugando con fuego.
Españoles: ETA ha muerto, pero haríamos muy mal en aceptar el olvido como proponen sus herederos. Tampoco parece muy buena idea hacer como si siguiera existiendo para exigir un inmediato alineamiento político tras quienes prometen acabar con un muerto. De la existencia de ETA, quince años después, no debe interesarnos más que la historia, tan útil siempre para entender el presente.