Mi amigo Jesús es venezolano y geólogo. Podría haberse dedicado al petróleo y ganar una cantidad indecente de dinero, pero le dio por perseguir el sentido de la vida.
A los veintitantos investigó sobre el valor patrimonial de la arcilla y yo qué sé más en islas bolivarianas sin electricidad, ni agua, ni prisas. Pasados los treinta cruzó medio planeta, se instaló por un tiempo en China y cree que comió perro. Justo poquito antes de la pandemia, vino a España. Aquí se quedó.
El teletrabajo nos unió y la afición compartida por los memes estúpidos hizo el resto. Nos reímos mucho de nuestras desgracias. Las ajenas, en cambio, nos duelen de una manera sospechosamente parecida. A veces asombra estar tan de acuerdo con el protagonista de un periplo radicalmente distinto.
Yo soy una pequeña privilegiada. Elegí periodismo porque me gusta escribir y quería contar todas esas historias mínimas enterradas en el manto de lo macro. Además, la precariedad de este oficio se lleva mejor cuando vienes de una familia trabajadora venida a más.
No sé lo que es tener que marchar de mi país, ni vivir de alquiler en un cuartucho de 3x3. Tampoco mandar dinero a mamá o pedir ayuda a los amigos para llenar la nevera con tanta vergüenza que uno escribe el mensaje, lo borra, vuelve a escribir y acaba pidiendo perdón por tener la fea costumbre de comer para no morir.
Lo que pasa es que existo, luego pienso, luego solo puedo estar a favor de la revolución del proletariado. Y a Jesús no parece molestarle que me cague en todo desde la comodidad de mi pisito de clase media aspiracional.
Estamos hasta las narices de las peleas de patio de colegio, la incoherencia, los egos que no caben en una misma pancarta y esa habilidad sobrenatural de confundir autocrítica con traición
El otro día, justo antes de la cena, cuando al fin se suele encontrar tiempo para arreglar el mundo, volvimos a hablar de política. Mejor dicho, de la izquierda. O las izquierdas. De lo poco que queda de aquello que alguna vez ilusionó.
Jesús, que ha vivido bastante más que yo, y yo, que he asistido a bastantes más reuniones de comunidad de propietarios de las que habría querido, llegamos a idéntica conclusión. Estamos hasta las narices de las peleas de patio de colegio, la incoherencia, los egos que no caben en una misma pancarta y esa habilidad sobrenatural de confundir autocrítica con traición.
El PSOE lleva tantas décadas dentro del régimen del 78 que ya no se sabe si pretende reformarlo o terminar de aceptar la herencia con todos sus muebles. Cada pequeño avance trae consigo una nueva contradicción. Y, sin embargo, hace tiempo que dejó de chirriar. Puedes ser socialista y gestionar el capitalismo con la diligencia de un administrador de fincas.
Lo de Podemos y Sumar merece capítulo aparte. Y quemar el guion. El 15M nació para abrir las ventanas de una política que olía a cerrado y ahora tenemos dos calcetines usados y desparejados que se miran a cara de perro. Pero nada, a intentarlo de nuevo. Esta vez, con el Frente Amplio. Amplísimo. Tanto que no caben todos.
Llevamos años viendo cómo se tuercen las cosas con el culo quieto. Yo la primera. Entre lavadoras, el perro, el curro, los amores truncados y nuevas fantasías, siempre encuentro excusas para dejar el lanzallamas para mañana
El patio está tan mal que hemos llegado a imaginar la salvación de la izquierda española en manos de un independentista catalán. Falta generosidad y capacidad de escucha, un proyecto que exista más allá de las biografías de quienes aspiran a encabezarlo. Así no hay barco que aguante. Ya solo nos queda el entrañable privilegio de escoger con quién ahogarnos.
Los desencantados sabemos lo que no queremos. Pero también lo que sí. Una sanidad que jamás obligue a escoger entre esperar y pagar. Una escuela pública y de calidad para todos. Una vivienda que no se lleve medio sueldo. Un sueldo digno. Mujeres dueñas de sus cuerpos y decisiones. Ciudades con árboles, pueblos con gente, barrios seguros, ningún gueto. Tiempo para criar, cuidar, descansar. Para conocer a los vecinos y no solo saber de su existencia cuando sacan el taladro.
Y una izquierda que hable de todo eso más que de su ombligo. No me parece pedir la Luna.
También te digo. Qué tal si, mientras tanto, dejamos de esperar sentados a que el genio de la lámpara nos conceda los deseos. Llevamos años viendo cómo se tuercen las cosas con el culo quieto. Yo la primera. Entre lavadoras, el perro, el curro, los amores truncados y nuevas fantasías, siempre encuentro excusas para dejar el lanzallamas para mañana.
Y nos acostumbramos. Ese es el problema. A las renuncias y las injusticias, a que nos tomen el pelo. Pura resignación cristiana.
No rezo desde la comunión. Y creo que el padrenuestro da resultados reguleros. Así que me he dicho: qué mejor plan que escapar a la capital y quedar con el auténtico Jesusito de mi vida para la huelga general.
Una manifestación no va a devolvernos la confianza de golpe y porrazo. Ni conseguirá que nuestros representantes bajen del pedestal, empiecen a hablar y descubran, con enorme sorpresa, que el mundo gira alrededor de cosas más importantes que sus santísimas partes.
Pero quizá, quién sabe, sirva para recordarnos algo. No somos figurantes de sus disputas ni clientes obligados a elegir entre productos defectuosos. Tenemos derecho a exigir, organizarnos y montar un escándalo cuando nos toman por idiotas. Si seguimos esperando a que alguien venga a salvar lo que queda del actual estado del bienestar, acabaremos muriendo de viejos en la sala de espera.
Jesús ha recorrido medio mundo persiguiendo el sentido de la vida. Yo llevo media vida buscándole sentido a esta izquierda. El 11 de noviembre nos juntaremos en Madrid. Dicen que allí nunca te cruzas con el ex. Nosotros vamos a ver si conseguimos reencontrarnos con la fe perdida.
