Todos lo vivimos de chicos. Alguien había escrito en una pared del cole o en la puerta interior de un baño público "Tonto el que lo lea". E incluso al principio, cuando uno aún era pequeño, se decía a sí mismo "joé", le daba rabia haberlo leído y, por tanto, imaginarse un poco más tonto que aquel que lo había escrito.

Algo parecido pasa hoy con el fascismo. Si de niño uno tenía miedo de pasar por tonto en el recreo, ahora uno tiene miedo de pasar por fascista. Es tan fácil ser fascista que dan ganas de ir escribiendo en las paredes de la vida "Fascista el que lo lea", porque al que lo lea, en efecto, se le subirán los colores, recordará sus propias culpas, y tendrá que admitir que antes o después también se comportó como un fascista, como recuerda su madre, sus tíos, sus amigos, sus enemigos o sus antiguas novias.

En el complejo asunto del fascismo, el que no corre vuela. Diagnosticado por unos y por otros, el fascismo florece con pujanza, como los hongos después de la tormenta.

Diagnosticado por unos y por otros, el fascismo florece con pujanza, como los hongos después de la tormenta

Sin ir más lejos, el pasado lunes, parte de Bilbao se convirtió en una fogata gigantesca y el fascismo padeció un fuego cruzado. El fascista Vito Quiles anunció que iba a reunirse con sus fascistas seguidores en la Universidad de Deusto y toda la izquierda vasca se movilizó en un vigoroso gesto antifascista: EH Bildu, los adolescentes a su izquierda, y las juventudes de los dos partidos del Gobierno llamaron a acallar al fascista, nada bienvenido en el país más antifascista (esto se escucha con frecuencia) de toda Europa, que es el nuestro.

Vito Quiles no consiguió reunirse con sus fascistas, pero los antifascistas, por la noche, se hincharon a hacer el fascista incendiando contenedores, quemando coches y amedrentando a los vecinos. Debemos deducir de su firme conciencia política que el Ayuntamiento de Bilbao está ocupado por fascistas, que los propietarios de los coches quemados son fascistas y que los vecinos apaleados por reprochar su conducta a los antifascistas eran lo suficientemente fascistas como para recibir su merecido.

Tan lejos llegó la ola antifascista que muchos antifascistas llamaron fascistas a los manifestantes. Y lo hicieron, además, desde una curiosa dicotomía que haría las delicias de cualquier profesor de lógica. Hubo antifascistas, como el alcalde de Bilbao, que denominaron fascistas a los antifascistas ("Esto es fascismo puro", clamó Juan Mari Aburto) pero también hubo antifascistas (más antifascistas, si cabe, que los primeros) que llamaron fascistas a los antifascistas porque su violencia era fruto de la infiltración de la policía de Marlaska (acaso otro fascista) y/o (depende) de la extrema derecha fascista.

Vito Quiles no consiguió reunirse con sus fascistas, pero los antifascistas, por la noche, se hincharon a hacer el fascista incendiando contenedores, quemando coches y amedrentando a los vecinos

Resumamos todo este lío de fascistas. Los autores de los disturbios nocturnos en Bilbao podían ser: 1) niños de izquierda que son fascistas porque se comportan como fascistas; o 2) auténticos fascistas ocultos, que buscan desprestigiar a la izquierda antifascista. Aún hoy las redes sociales sostienen, con igual vigor, ambas teorías y sin duda nos aclararán muy pronto ese asunto.

Pero elevemos la mirada del caso particular (como se sabe, a veces el árbol no permite ver el bosque) y ampliemos el foco de nuestro análisis.

El fascismo campa hoy por sus respetos. Si murmuras avemarías a cien metros de un abortorio eres fascista; si pides que el Estado adelgace eres fascista; si pides que el Estado engorde también eres fascista; no menos fascista eres si exiges la repatriación de los inmigrantes ilegales; fascista será el mismo antifascista, como dicen que dijo Winston Churchill; eres fascista si pides que tus hijos catalanes reciban alguna clase en castellano; eres fascista si quemas coches en Bilbao al grito de "Gora ETA militarra"; puedes parar a los fascistas pero, ay amigo, si usas la violencia te llamarán también fascista.

Fascista será el mismo antifascista, como dicen que dijo Winston Churchill

Camino por la calle con gesto temeroso, desconfiado. Todos son fascistas. Están los auténticos fascistas. Los antifascistas que actúan como fascistas. Los fascistas que aún no saben que lo son y los fascistas que llegarán a serlo un día.

En 2009 conocí un tipo al que nadie le había llamado fascista. Hablo en serio. Me hice con él una foto. Cualquier día la subo a las redes para admiración de propios y extraños, para admiración, en fin, de todos los fascistas.