Guardias civiles en el punto donde se produjo el accidente ferroviario de Urda / Eusebio García del Castillo E Press
Somos frágiles como una copa de vino. Como un cuenco de porcelana. Frágiles, como un pétalo de flor en otoño. Como una mariposa sin alas. Como una vajilla tambaleándose en un lavaplatos. Sin embargo, vivimos ajenos a esa fragilidad.
Cada paso que damos, cada gesto que hacemos, cada respiración, cada instante habitando este mundo, pisando este suelo aparentemente firme aun estando quebrado, es un verdadero milagro. Pero, ni siquiera somos conscientes.
Los más de quinientos pasajeros que aquel ya lejano 28 de octubre iban a bordo de esos dos trenes que chocaron en Urda de camino a Andalucía cuando el reloj marcaba exactamente las 8:54, despertaron probablemente aquella mañana perezosos y quejosos por el madrugón obligado para llegar a tiempo a la estación.
Debieron ducharse -o no-, desayunar algo rápido -o no-, vestirse y salir de casa corriendo -como hacemos todo-, corriendo y sin pensar.
Porque, ¿qué iban a saber ellos que esas horas a las que no estaban dando ninguna importancia, esas horas como tantas, tal vez con sueño y con prisas, serían las últimas con vida para muchos?
¿Acaso hubieran hecho algo diferente de haber descubierto que se les agotaba el tiempo? ¿Saborear más el café, retomar una llamada perdida, exprimir un beso, una conversación? Pues seguramente no.
Porque la realidad es que el tiempo se nos agota a todos a cada instante y, a pesar de lo efímero que es esto, nada cambia. No nos trastoca la fugacidad, tampoco nuestra fragilidad.
Cuántas veces habrán regresado los supervivientes a los minutos previos a la tragedia. No tanto a lo que hicieron, sino a lo que dejaron de hacer creyendo que habría infinidad de oportunidades
Cogemos el coche varias veces al día. Nos exponemos al peligro. Caminamos bajo los andamios. Nos exponemos al peligro. Subimos a ascensores. Nos exponemos al peligro. Paseamos entre árboles. Nos exponemos al peligro. Comemos. Nos exponemos al peligro. Viajamos en metro. Nos exponemos al peligro. Cruzamos una carretera. Nos exponemos al peligro. Salimos de noche. Nos exponemos al peligro. Salimos de día. Nos exponemos también al peligro. Y ¿qué otra cosa podemos hacer? Nada salvo apreciar más el presente.
Hay una frase que Paul Auster escribió en Baumgartner, su última novela, que dice así: “Recuerda este momento, chico, acuérdate de él durante el resto de tu vida, porque nunca te ocurrirá nada más importante que lo que te está pasando ahora mismo”.
Cuántas veces habrán regresado los supervivientes a los minutos previos a la tragedia.
No tanto a lo que hicieron, sino a todo lo que dejaron de hacer creyendo que habría infinidad de oportunidades más adelante. Me refiero a cosas tan simples como enviar un mensaje desde el tren con un “te quiero” o un “¿cómo estás?, observar el amanecer a través de la ventanilla, charlar con la persona sentada al lado, leer un libro, saborear un cruasán, disfrutar del viaje sin pensar en que habrá un destino. Qué fácil de escribir, qué complicado de llevar a cabo.
Son las cinco y media de la tarde de un miércoles en Madrid. Viajo en metro camino a clase de escritura. Confieso que he tenido reparos, cierto miedo al bajar a las profundidades, al subir al vagón. Voy sentada entre la multitud. Apenas cabe nadie de pie.
Observo las caras. Ojos azules. Marrones. Gafas. Rostros de piel más oscura. Más clara. Pelos rizados. Lisos. Cortos. Largos. Cascos de música. Bolsas. Mochilas. Escudriño las caras. Las retengo. Imagino sus vidas. Sus profesiones. Sus preocupaciones. Son desconocidos a los que jamás volveré a ver, a los que no me une nada. ¿O sí? Qué sabe nadie.
Somos frágiles. Frágiles como un campo de hierba fina en un día de vendaval. Como un campo de trigo cuando acecha el fuego.