En 1959, un grupo de jóvenes cineastas, capitaneados de manera oficiosa por François Truffaut, hijo intelectual del teórico del cine, André Bazin, cambiaban la historia del siglo XX. En medio de una década en que convivieron James Dean con Kurosawa, Marilyn Monroe con Berlanga, Marlon Brando con Bresson y la Hamer con Bergman, con algunas de las mejores películas de Welles, Ford, Hitchcock, Wilder y Wyler, en medio de todo este mogollón, decimos, aparecieron unos intelectuales franceses, niños bien de gafa gorda, que querían dejar atrás la idea de cine espectáculo para mostrar la realidad desnuda.
Sin pretenderlo, François Truffaut, Jean-Luc Godard, Éric Rohmer, Alain Resnais o Claude Chabrol, entre otros muchos, encabezarían el movimiento cinematográfico conocido como 'Nouvelle Vague' (Nueva Ola). Y con él nacía el libérrimo cine de autor.
Mucho había tardado el cine en homenajear aquel momento y aquella gente que logró lo que solo unos pocos han podido en el mundo de la cultura: cambiarlo todo. Para empezar, porque entendieron el cine, precisamente, como parte de la cultura, como una herramienta artística de primer orden a través de la cual el director, de manera absolutamente personal, celebraba y reivindicaba su idea de la vida y del hombre.
Después, porque se atrevieron a rodar calles y suburbios, a trabajar con cámaras ligeras, presupuestos baratos y actores no profesionales que se vestían con ropa normal y no estaban maquillados ni iluminados como grandes estrellas, sino como vecinos de al lado, corrientes como tú y como yo. Y, lo más importante, porque se atrevieron a fragmentar los guiones, a crear historias sin final, o sin principio, donde se mezclaban géneros, se improvisaba todo el rato o se rompía la cuarta pared con, de nuevo, total libertad.
La 'Nouvelle Vague' lo cambió todo. Pero, ojo, para el que quiso, para el que se dejó, para el que les compró esta idea. Que fueron muchos.
Uno de ellos, Richard Linklater, el personalísimo director de la trilogía 'Antes de…' o de la original 'Boyhood' y que ha realizado y coescrito la película, homenajea aquella nueva ola que surgió a finales de los años 50 y que duró apenas unos años, los justos para inspirar a aquellos jóvenes franceses que se atrevieron a levantar los adoquines.
Maravillosamente, bien planificada, ambientada, caracterizada y disfrutada, 'Nouvelle Vague' gira en torno a la creación de la inefable 'Al final de la escapada' de Jean-Luc Godard, considerada junto a 'Los cuatrocientos golpes' de François Truffaut, la película fundacional del movimiento.
Linklater rinde honores al cine que renunció a la estética, con un filme que es puro esteticismo. Qué bellísima paradoja.
Rodada en francés y en escenarios reales de París, por supuesto, con un blanco y negro poderoso a cargo del no menos poderoso director de fotografía David Chambille, embaucan aún más las caracterizaciones de Guillaume Marbeck como Godard, de Zoey Deutch como Jean Seberg, de Aubry Dullin como Jean-Paul Belmondo, de Adrien Rouyard como François Truffaut o de Côme Thieulin como Éric Rohmer.
'Nouvelle Vague' es una fiesta, un delirio fetichista, plagado de clichés y de ilusiones nostálgicas que se miran con más benevolencia que condescendencia desde nuestro insulso presente cultural. Los cinéfilos la adorarán, los neófitos no la verán y todos tan felices. Porque de eso va el cine de Linklater, de que le gusta solo a algunos (como pasó con la 'Nouvelle Vague').
Y esta es su película más redonda, la más disfrutable, la más enamorada del cine. Y decir esto de un cineasta que se mirará en el futuro, como hoy miramos muchos a Chabrol o Truffaut es mucho decir.
