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Daniel Ramírez (Pamplona, 1992) es un hombre joven pero antiguo. Viste mocasines, exhibe pelo en pecho y se adorna con pañuelos de seda en las americanas. Lee y hasta escribe poesía. Ama la España de la Transición casi tanto como la de la Guerra Civil. Conoce la Historia, con mayúsculas, y bucea en ella en bibliotecas y archivos. Y es de Osasuna.

Algunos creemos, de hecho, que llegó encapsulado desde otro momento a una época que no es la suya, como si fuera un personaje a caballo entre 'El Ministerio del Tiempo' y 'Regreso al futuro'.

Si a todo ello le sumamos la nobleza navarra y las maneras exquisitas, estamos ante un 'viejoven' de manual. Que además posee una desbordante pasión por contar historias, sean periodísticas o literarias. Es, como servidor lo bautizó años atrás, un Quijote de la actualidad.

Como no podía ser de otra manera en su caso, debuta en la novela con una historia sobre nazis y miembros de ETA, que afortunadamente nos quedan lejos pero desafortunadamente tanto nos marcan todavía. 'Los días que no existieron' (Espasa) es una novela apasionante que, como buena literatura, utiliza historias viejas para hablarnos de nosotros mismos.

¿Cuántos árboles ha plantado? Porque a su edad ha escrito un montón de libros ya.

Bueno, un montón, varios libros, son varios.

¡Pero de dónde saca el tiempo!

Con esto procuro no hacer mitología del escritor o del periodista porque cualquiera de tus lectores en en Crónica Vasca tiene vidas muy parecidas, sólo que no trascienden. Es decir, una persona que se levanta por la mañana, hace encaje de bolillos para llevar a los niños al colegio, luego se va su empresa, tiene una startup que ha montado con un amigo, se va al gimnasio o luego pinta porque le gusta pintar. Creo que cualquier ser humano en los tiempos que corren combina como puede el oficio con la vocación.

Y tú sabes, nos conocemos hace mucho tiempo, que tengo una vocación literaria y la compagino con la suerte además añadida de que mi territorio literario muchas veces tiene cosas que ver con mi territorio del oficio, que es el periodismo.

Una novela sobre nazis ocultos y terrorismo de ETA. ¿Por qué le interesa tanto el pasado?

La verdad es que no lo sé. Desde que tengo un uso un poco adulto de las cosas, o mejor dicho, desde que tengo un uso adolescente de las cosas, ya me ocurre. La novela responde a dos circunstancias muy concretas. Una es que una fuente pone en mis manos unos papeles sobre la ubicación de los nazis refugiados en España, principalmente en Euskadi.

Y entonces esa fuente, con un argumento que yo considero absurdo, me dice, 'pero no puedes publicar'. Le digo 'pues si están todos muertos, ha pasado mucho tiempo'. Pero él no quería revolver las cosas. Entonces decidí crear una protagonista, Julia, que persiga a esos viejos nazis, encuentre uno con vida y que pueda, mediante una trama de acción, un tanto misteriosa, novelesca, hacerle las grandes preguntas sobre la banalización del mal.

Cuando yo estoy escribiendo esa novela, mi abuelo, con 95 años, me cuenta algo que no había contado a mi madre y al resto de los hijos: que él fue extorsionado por ETA.

Es tremendo que se lo contase sin haberlo contado antes.

Es una generación que muchas veces se tragaban todo para dentro. Y hay historias que yo creo que necesitan el paso de una generación para ser contadas.

Cuando él me cuenta esto, me produce un impacto brutal y me obliga a una revisión de los recuerdos un tanto catártica, que era la de comprender a mi abuelo.

Pero tú (lo siento, lector, pasarse al tuteo es obligatorio en este caso) ya estabas escribiendo sobre nazis y refugiados.

Claro, lo que pasa es que cuando me cuenta esto mi abuelo, yo voy revisitando los recuerdos. Y tenía que entender que el abuelo feliz que se tiraba en la alfombra a jugar con sus nietos era al mismo tiempo un hombre que salía de casa todos los días a horas distintas, que miraba en el buzón si había alguna carta para que no la cogiera nadie de la familia, que si sonaba el teléfono a deshoras lo cogía rápido por si era una amenaza.

Todo eso provoca en mí sensaciones tan poderosas que digo, 'con esto tengo que hacer literatura pero no puede ser que a mi protagonista no le pase algo similar'. Entonces empiezo de nuevo 'Los días que no existieron' y doto a Julia de su condición de nieta de un asesinado por ETA. Está el crimen a punto de prescribir y entonces eso funciona como motor de combustión de la novela, por el paso del tiempo que le urge a Julia encontrar a los asesinos.

Hablas del pasado. Pero hablas de violencia. De cómo responder ante ella en una época como la actual. Y hablas de la venganza. La pregunta es cuánto te interesa la violencia y si vas a seguir investigándola.

Cuando tenía 15 o 16 años me regalaron un libro de Andrés Trapiello donde ya estaba ese universo que a mí me apasiona de los libros viejos, la violencia política, las guerras, la literatura en las guerras. A partir de ahí mi formación periodística y literaria ha ido siempre por esos caminos. Supongo que es un territorio que no abandonaré porque me gusta mucho.

Además, como dices son asuntos que están muy enraizados en la actualidad. De hecho, la novela es contemporánea en el sentido de que la protagonista vive en nuestro presente, lo que pasa es que va encontrando cosas que tienen que ver con sucesos del pasado. Pero el rastro que deja la violencia política es ominoso.

El periodista y escritor Daniel Ramírez. Araba Press

¿Cuánto de Julia hay en Daniel Ramírez o de Daniel Ramírez en Julia?

Intenté marcar mucha distancia con todos los protagonistas. El caso más difícil era el de Julia porque es una periodista de mi edad que trabaja en un periódico en Madrid, etcétera. Pero yo creo que Julia tiene virtudes que yo no tengo y Julia tiene también defectos que yo no tengo.

Claro, partiendo de la circunstancia que Julia vive su vida marcada por un acontecimiento brutal que era ese abuelo con quien pasaba tantas horas durante el día. Y de repente lo matan por escribir en un periódico lo que pensaba.

Eso ya marca una distancia brutal entre el autor y protagonista. Ahí quería dejar claro cómo estos asesinatos, cómo la violencia política marca a todos los seres humanos que hay alrededor de una manera abismal durante el resto de su vida.

El caso más ilustrativo quizás sea cuando cuando Julia, una mujer de 30 años con su propia historia de amor, en un momento da la novela dice que 'si no hubieran matado al aitona quizás yo habría sido madre'. Es decir que toda la vida de Julia está marcada por ese dolor.

Sí, en ese sentido hay una frase en la novela sobre cómo un asesinato que solo dura un segundo puede explicar toda una vida.

La vida de Julia se explica absolutamente ahí. Además, su manera de entender al ser humano, su manera de entender el poder, la ambición, el periodismo, la manera de vivir, todo está marcado por eso. Esto desde luego lo sabemos bien todos a los que nos interesa el asunto de las víctimas del terrorismo.

¿Crees que en España quedan muchos Gustav Hafner (nazi oculto de la novela)?

Por edad ya es imposible. Yo llevo merodeando estos personajes desde hace muchos años porque tenía el sueño de encontrar a Gustav Hafner en la realidad. Y era verosímil porque en Estados Unidos todos los años hay titulares sobre que han encontrado un viejo guardián de un campo de concentración.

Iba persiguiéndolos y se me morían. Y el último que he encontrado murió en Donosti, en el barrio de Amara, en el año 2014. Llevo seis años con la novela, así que por los pelos... Por eso permito a Julia en la ficción alcanzar lo que no he conseguido en la realidad. Cada vez es más difícil por la edad, claro.

Yo junté a un soldado requeté con un soldado republicano hace unos años y han muerto ya los dos. O sea, quedan muy pocos. Pero de la Alemania nazi queda un poco más porque los hechos se prolongan hasta un poquito después.

Te voy a contar una anécdota que me parece muy divertida.

Adelante, Quijote.

En la presentación del libro Madrid, en la cola de firmas viene una señora y me dice 'oye, vengo aquí porque me interesa mucho el tema de la novela porque cuando yo tenía 20 años, me llamaron de 'La clave' de José Luis Balbín para que yo, como soy bilingüe alemana, hiciera de cicerón en Madrid del hijo de Rudolf Hess'.

Me dijo que 'me torturo todos los días pensando cómo fui yo tan inmadura con 22 años porque no le hice las grandes preguntas al hijo de Hess sobre la banalización del mal'. Y me cuenta que le regaló un libro con una tarjeta dentro con su dirección. Entonces me dio el teléfono del hijo de Rudolf Hess y fui a buscarlo en Google y estaba muerto.

Hay una cosa que es mollar en el libro y además es muy personal en este caso. Me refiero al silencio sobre la extorsión. Esto retrotrae a 'Patria' y a otras obras como 'La carta'. ¿Crees que hay mucho aún callado por contar?

La gente que ha sido extorsionada no es que solo tenga que callar por un tema de seguridad, sino que hoy en día parece que está hasta mal visto haberse dejado extorsionar, haber pagado.

Nosotros en la familia tuvimos una inmensa suerte. A mi abuelo, primero, no lo mataron. Y segundo, no quiso pagar. Había otros o que los secuestraron o que los mataron por eso. Me considero una gran afortunado. Más que nada porque no estaría aquí.

¿Vendrán más novelas o más poesías? O sea, ¿'Cantar del mío cid' o 'El Quijote'?

Siempre Quijote (risas). Yo escribía una poesía muy narrativa en el sentido de que era hacer poemas sobre cosas que nos suceden. Pero es verdad que en la novela he encontrado un lugar más natural, he disfrutado mucho. Tengo la sensación de que voy a ir hacia la novela de nuevo cuando pueda.

Pero la poesía sigue siendo muy importante para ti. En el libro hay una cita de Goytisolo...

Es un hilo conductor que sale varias veces.

¿Por qué ese poema y qué quiere decir para ti?

Ese poema para mí siempre ha sido un ejercicio de belleza en sí mismo. Además está la coincidencia entre el nombre de Julia, mi protagonista, y la obra 'Palabras para Julia'.

¿Una coincidencia buscada o no?

Ni lo recuerdo, pero hay una cuestión muy importante en ese poema para hablar de la violencia política y de la relación que Julia tenía con su abuelo y con su padre. Y conecta con toda la polémica que hay en la gestión del dolor entre las familias de las víctimas.

Hay unas víctimas que quieren un acercamiento con los asesinos y otros que quieren una distancia. Eso pasa en la familia de Julia. Ese poema me permitía hablar de eso. Es el hilo invisible que me permitía ir de generación en generación en la novela.

El periodista y escritor Daniel Ramírez junto a Alberto Lardiés, director de Crónica Vasca. Araba Press

¿Por qué San Sebastián y Madrid? Son ciudades que esconden secretos y son muy literarias...

Respecto a Madrid, evidentemente porque vivo allí y creo que las novelas que funcionan son esas en las que el escritor escribe de cosas que sabe. Para mí recrear los ambientes de Madrid, las calles, los olores, las lluvias, todo eso me era muy sencillo.

A Julia tenía que darle un lugar de origen y me apetecía mucho que fuera San Sebastián. Por la belleza evidente del lugar, por el pasado que tiene relacionado con la violencia política y porque es un sitio donde yo me instalo los veranos unos días, que es cuando más escribo literatura.

Es evidente que este libro incluye una cantidad ingente de documentación. Has hecho muchas entrevistas, incluidas algunas a terroristas de ETA. ¿Cómo ha sido hacerlas?

La verdad es que solo he conseguido hablar con terroristas arrepentidos. Intenté hablar con terroristas no arrepentidos porque me parecía necesario para la novela, pero no lo conseguí. Ninguno quiso hablar conmigo. Eso ya cambia el prisma, claro.

Es verdad que con un terrorista arrepentido tienes más margen de maniobra para intentar abordar ese momento en el que se convirtió en miembro de una banda terrorista y puedes preguntar con mucha más flexibilidad.

¿Y qué sentías al hablar con ellos?

La primera sensación que generaban en mí esas conversaciones, antes que la violencia, antes que el perdón, antes que la indignación o la rabia, era siempre la incomprensión.

Tú eres un poco más mayor, pero yo era un niño con el terrorismo de ETA. Mi adolescencia y mi edad adulta han sido con ETA después de matar. Y el niño asiste a las cosas de una manera excepcional, porque es testigo de lo que ocurre, pero lo asume con gran naturalidad.

Tú lees los libros de Martín Gaite y Ana María Matute sobre la guerra civil, y ves que la guerra estaba ahí, fue parte de su vida y no se puede entender esa vida de otra manera. En mi caso, cuando mataban a un tío, asaltaban un periódico o secuestraban a un empresario, era lo 'normal'.

Cuando me acerqué a ellos y pude mantener estas conversaciones, resucitó en mí esa gran incomprensión.

Para mí, siendo mayor, también es todavía hoy incomprensible. Lo que pasó y cómo se vivía.

Pienso en que mataron a José Luis López de Lacalle, que era un señor jubilado que iba con una bolsa de periódicos y su paraguas. O pienso en Tomás Caballero, al que mataron en Pamplona a tiros justo en el lugar por donde mi familia y yo entramos a la piscina, al lugar de los días felices.

Todo esto sucedía y lo vivíamos con una asombrosa naturalidad. Y es increíble que ocurriera aquí. Estamos en Bilbao, en el Hotel Ercilla. Uno de los mercenarios que entrevisté tenía aquí su centro de operaciones.