Tolostarra de nacimiento. Joven de espíritu y madre de Max, de ocho años. Mujer de retos, su infancia transcurrió entre los montes vascos, especialmente el Txindoki, al que más subía, y que hoy sigue considerando su hogar en la montaña. Desde muy pequeña comenzó a escalar y descubrir su pasión por el alpinismo.
Enamorada del deporte y de la montaña, decidió mudarse al Valle de Arán tras conseguir el desafío de los 14 ochomiles. Allí, junto a su pareja, construye su vida entre carreras de montaña y aventuras con su hijo, mientras comparte con todos sus aprendizajes sobre los riesgos, la disciplina y la superación que le han enseñado las grandes alturas.
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Al principio nunca se marcó el objetivo de subir los 14 ochomiles, sino que poco a poco se dio cuenta de que podía ser su objetivo…
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Es verdad. Yo nunca pensé en los 14 ochomiles. No tenía referentes, no había mujeres que lo habían hecho y había muy pocos hombres, contados con los dedos de las manos, que lo estaban logrando. Entonces, yo no tenía un referente en poder decir: "jolín, pues puedo hacer esto".
Yo hacía estas montañas, las más altas del mundo, porque me gustaba, siempre me apasionó desde muy joven y fue un proceso en el que un hobby empezó a convertirse en mi profesión. Pero siempre pensé que mirar tan a largo plazo, con el objetivo de los 14 ochomiles, cuando nadie los había hecho, no era viable.
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Pepe Garcés fallece en 2001, una expedición a su lado y valora no seguir adelante. ¿Qué le impulso a seguir su camino?
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En el camino han pasado muchas cosas. Como la primera vez que pierdo a un compañero en una expedición, Pepe Garcés. Entonces te das cuenta de que todavía es mucho más difícil pensar en tan grande y en tan lejos cuando veías que en el deporte que practicabas podías perder la vida en cualquier momento. Fue uno de los motivos por los que no pensé en los 14 ochomiles hasta muy al final.
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De hecho, en la ascensión al Dhaulaghiri decide dar la vuelta y renunciar a subir por las condiciones tan extremas que hay ese día. Es decir, sabía al riesgo al que se enfrentaba.
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Hay un punto concreto por el que hay que pasar y en el que yo decido darme la vuelta. Al ver por dónde había que pasar, cómo estaba la montaña y las condiciones que había, no me veía capaz de seguir.
Reconocí que no tenía la capacidad de superar ese tramo. Era un lugar del que ya había oído hablar, que había analizado y sobre el que me había informado. Sabía que era un punto peligroso, donde un fallo, un resbalón o un error podía significar la muerte. Si me caía, eran dos mil metros de caída.
- ¿Llega a pensar en algún momento que el alpinismo no es para usted?
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Sí. En ese momento, cuando me di la vuelta, pensé que no era para mí. Pensé que no tenía el nivel.
Normalmente, cuando a algún alpinista profesional le ocurre esto —no solo en el Himalaya, sino también a nivel personal—, cuando no nos atrevemos a hacer algo, pensamos que no estamos al nivel, nos automachacamos y decimos: “joder, ¿qué estoy haciendo aquí?
La alpinista, ingeniera y empresaria, Edurne Pasaban, en la cima del Dhaulagiri el 1 de mayo de 2008 tras no lograrlo en un primer intento
- Pero le ha dado la vuelta, porque sí lo ha conseguido…
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Sí. Siempre he pensado que si quiero hacer algo, “tengo que aprender más”. Y en estos casos, por ejemplo, en el caso del Dhaulaghiri, me di cuenta de que para enfrentarme a esa montaña tenía que entrenar y aprender más.
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Edurne, ¿qué piensa que es lo más importante que lleva en la mochila de su pasado?
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Todo. El aprendizaje, las vivencias, y la gente que he conocido en la montaña. Yo he vivido una época del Himalaya y del alpinismo y de los ochomiles que es muy diferente a la que viven ahora los jóvenes. Yo no he vivido todas esas colas que hay ahora, sobre todo en el Everest.
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¿Cómo era su época?
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Gracias a Dios era una época diferente. Era un alpinismo de verdad. Un alpinismo que te lo currabas. Siempre doy las gracias de haber podido vivir aquello. Y esta es una de las cosas que me llevo.
Pero, también he aprendido a cómo enfrentarme a cosas complicadas que nos presenta la vida. A día de hoy me sigue poniendo cosas complicadas y yo siempre digo que todo lo que he vivido en las montañas me ha hecho ver y valorar la vida de otra manera.
Así que, además de la gente, me llevo otras dos cosas: el hecho de haber vivido aquella época y los aprendizajes de valores que me ha dado la montaña.
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Dice en una entrevista a ‘El Diario Vasco’ que el 2012 fue un antes y un después en la montaña, cuando empezó el boom del alpinismo… ¿Está desvirtuando este fenómeno al alpinismo tradicional?
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Sí, de alguna manera, se está desvirtuando el trabajo que hicimos nosotros. No solo porque no llegan a ver el valor de lo que hicimos, sino porque la gente que consigue este tipo de logros —que alguien haya subido al Everest en un tiempo récord, o que haya completado los 14 ochomiles en menos de un año— suele tener un gran desconocimiento del alpinismo. No sabe diferenciar entre dos formas de alpinismo muy distintas: la que practicábamos nosotros y la que se está viendo hoy en día.
La alpinista, ingeniera y empresaria, Edurne Pasaban, en la cima del Everest la cual califica de "masificada", el 23 de mayo de 2001
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¿En qué se diferencian?
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Hoy van con cuerdas fijas, con helicópteros, con sherpas… Con todo preparado. Nosotros, en cambio, íbamos a una montaña y teníamos cuatro mil metros de desnivel por delante. Estabas en el campo base, a 4.800 metros, y tenías que subir hasta los ocho mil y pico. Allí no había nada más que roca, nieve… y buscarte la vida.
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¿Cómo ha condicionado esta confluencia de prácticas?
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Pues, mira. Creo que los verdaderos alpinistas se han alejado de estas rutas y buscan otros picos en el Himalaya, que aunque no sean ochomiles, tienen cosas muy interesantes desde el punto de vista del alpinismo. Que, como deporte, puedes hacer cosas muy interesantes.
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¿Te gustaría volver a repetir algún ochomil?
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Sí. El Everest. De los 14 ochomiles es el único que me gustaría volver a repetirlo porque lo hice con oxígeno artificial y precisamente creo que este monte puede hacerse sin oxígeno, porque todos los demás los hice sin.
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Y, ¿por qué no va?
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Precisamente, por lo que me preguntabas. Por todo lo que voy a encontrar. Porque todas las rutas comerciales no me lo van a poner fácil para poder subir en unas condiciones que yo quiero y en las que creo que se debe hacer esa montaña, y no me lo van a poner fácil.
Voy a encontrar un montón de gente, un montón de colas y un montón de cosas, en general, que a mí me van a fastidiar y me van a hacer mal. Sí.
La alpinista, ingeniera y empresaria, Edurne Pasaban, en su segunda ascensión al Everest en 2011, tras lograr los 14 ochomiles
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¿Cuál es la fecha del año óptima para ir al Everest?
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Ahora, no hay. Porque la mejor época para ir al Everest por clima y, por lo tanto, por seguridad, es primavera, pero es cuando también se llevan a cabo las expediciones comerciales.
Es cierto que hay otras rutas que no son las normales. Que se pueden hacer. Pero, claro, igualmente vas a compartir campamento base con gente y eso es una fiesta. No te voy a contar todo lo que hay…
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Las expediciones comerciales al Everest son muy caras…
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La gente que va al Everest tiene mucho dinero y pagan mucho por ir ahí. Es gente empresaria, gente que —creo—, ha llegado a algo en su vida y se preguntan que “qué pueden hacer después” y piensan: “Pues me voy al Everest”. La gente llega a ponerse unos retos y unos objetivos que a mi juicio son un poco ridículos.
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Respecto a estas metas… ¿Cómo valora que cada vez alpinistas más jóvenes conquisten las 14 cimas? Nima Einji se convirtió en el 2024 en el alpinista más joven en hacerlo con solo 18 años.
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El caso de Nima Rinji es un caso que conozco muy bien. Le conozco a él y a sus padres también muy bien. Es hijo de un sherpa en Nepal que tiene una agencia de estas muy potentes donde llevan a gente a ochomiles, y que su hijo se haya convertido en la persona más joven en hacer los 14 ochomiles, seguro que es muy gratificante.
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¿Qué le gusta hacer ahora en su tiempo libre?
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Pues mira, corro mucho.
La alpinista, ingeniera y empresaria, Edurne Pasaban, en su ascensión al Everest en 2011
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¿Por dónde?
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Vivo en el Valle de Arán, así que corro mucho por la montaña sola y con mi hijo. Me lo paso bien y también hago carreras de montaña. Me gusta entrenar, cuidarme y verme bien físicamente. Muchas veces me comparo con gente de veintipocos años y pienso que, ahora mismo, me traspasaría a esa edad. Pero, con la experiencia que tengo, esto es imposible.
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Fue tras los 14 ochomiles, ¿cuándo decidió irse a vivir a Valle de Arán?
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Sí. Cuando era pequeña siempre venía porque mis padres tenían casa. Pero cuando me vine para quedarme fue tras los 14 ochomiles. Mi pareja vivía aquí y era un sitio donde yo tenía muchos amigos.
Eso sí, estoy muy vinculada a Euskadi, a Tolosa, y esta semana venía con nostalgia la tamborrada de Donosti. Muchas veces echo mucho de menos casa, pero voy mucho y no estoy mal aquí tampoco.
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¿Con quién iba a la montaña cuando era pequeña?
- Primero, con los aitas, porque los aitas siempre te llevaban al monte cuando eras pequeña. Es tradición en Euskadi, es como que viene en nuestro ADN, pero es cierto que ya a los 14 años empecé en un club de montaña de mi pueblo.
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Y, ¿qué hacía con el club de montaña?
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Empecé a escalar, concretamente lo que se conoce como escalada deportiva. Aprender a escalar en roca y estas cosas. Aquí encontré un grupo de gente con quien me encontraba bien y que me apoyaban, y es cuando empezamos a ir a los Alpes y luego a los Andes, entre otras.
Creo que los clubs de montaña en Euskadi tienen una importancia y un peso muy grande.
La alpinista, ingeniera y empresaria, Edurne Pasaban, se aproxima a la cima del Nangaparbat, a 23 de julio de 2005
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¿A qué monte era al que más iba cuando era pequeña?
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He crecido debajo del Uzturre. Pero, creo que al que más he ido ha sido al Txindoki.
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Y, ¿el monte vasco que más le gusta?
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El Txindoki, sin duda. Para mí, es casa.
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¿Lo ha subido recientemente?
- No, la verdad es que no. Llevo tiempo sin subirlo.
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¿Ha notado el efecto del cambio climático en la montaña entre antes y ahora?
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En Euskadi, al no ser tanto un lugar de glaciares, no he notado tanto cambio. Pero aquí, donde yo vivo, en la zona de los Pirineos, sí que se nota el cambio climático, no solo porque hay menos nieve, sino por las temperaturas.
- Y, ¿en el Himalaya?
- Una locura. Es donde más lo he notado. La primera vez que fui al Dhaulagiri fue en 1998 y, la última vez, diez años más tarde, en el 2008. En las fotos se puede apreciar. No sabes cómo ha cambiado. Los glaciares… Es exagerado. Las fotos son totalmente diferentes.
La alpinista, ingeniera y empresaria, Edurne Pasaban, en su expedición al Annapurna el 17 de abril de 2010
