Cambio de hora EFE
En otra vida fui clorofila. Creo, porque mi relación con la luz roza lo patológico. Necesito despertar con ella y lamerla al salir del trabajo, aunque sea de refilón. Si sucede, soy. Cuando no, sobrevivo. Por eso, cada vez que llega el cambio de hora y por ende el dichoso debate sobre su eliminación, sufro una pereza cósmica nivel lunes de octubre a las siete de la mañana.
No es solo el vaivén de biorritmos. Hay algo que me sienta peor: perder el tiempo en conversaciones ridículas. Y ahí está el quid de mi lamento. ¿Qué sentido tiene dar vueltas y revueltas al dislate franquista, la posición de los meridianos o qué huso le encaja bien al cuerpo, mientras seguimos anclados a jornadas dignas de una fábrica del XIX?
Te respondo. Lo mismo que discutir el color de los botes salvavidas del Titanic.
El reloj de la Puerta del Sol podrá marcar UTC+1 para siempre, dar un pasito atrás o alternarse. Da igual. Continuarás perdiendo calidad de vida si no cambia lo importante. Me refiero al hueso que, al parecer, nadie desea roer: currar bajo los parámetros horarios de 1919 en pleno 2025.
Disponemos de tecnologías, conocimiento y evidencias para organizarnos con bastante más atino. Sabemos medir la productividad, teletrabajar, coordinar equipos a distancia, automatizar, optimizar procesos y esas cosas que llenan los powerpoints de Recursos Humanos.
Pero no hay forma de romper la inercia, ya ves tú. Seguimos arrastrando la jornada de ocho horas como quien se hizo un tatuaje a los veintitantos y olvidó repasarlo. Nadie termina de atreverse a meter mano. Quizá porque cuesta reconocer que el problema es, vaya por Dios, el capitalismo.
Seguimos arrastrando la jornada de ocho horas como quien se hizo un tatuaje a los veintitantos y olvidó repasarlo
Apuntar en esa dirección tiene más riesgo que disfrazarse de comunista para un congreso de Donald Trump y disparar a la oreja. Tampoco creo que haya muchas ganas, porque implicaría una transformación profunda para la que solo está preparado el papel donde se imprimió la Agenda 2030.
Y así estamos, hablando mucho de derechos, salud mental y descanso, mientras seguimos entregados de sol a sol al dogma de la productividad como virtud y del estrés como medalla, confundiendo presencia, con compromiso y horas con resultados. Todo un deber patriótico el de calentar silla para luego salir pitando cual pollos descabezados a aprovechar el bonus track.
Ahora bien, lo más delirante no es eso. Es seguir imponiendo la jornada partida. Llámame exagerada y lo volveré a gritar: a estas alturas ni un Estatuto de los Trabajadores redactado por Charles Dickens incluiría la genialidad ibérica del parón al mediodía.
Evidentemente, hay servicios que lo requieren pero, en general, olvídate. Ese paréntesis de dos o tres horas ya no sirve más que para sostener el menú de los polígonos y disparar la venta de lexatines.
Te levantas antes del alba, comes a las dos, sales a las siete, supermercado, gimnasio, cerveza, extraescolares, muerte, destrucción, para cuando terminas de cenar son las diez y como andes enganchado a una serie la remataste. Un país mediterráneo funcionando cual vampiro energético.
Y así estamos, hablando mucho de derechos, salud mental y descanso, mientras seguimos entregados de sol a sol al dogma de la productividad como virtud y del estrés como medalla
Hace tiempo que Europa, buena parte, al menos, entendió que trabajar así no es trabajar mejor. A las cinco, puerta. Turnos, los que hagan falta. Y mañana será otro día. Aquí, en cambio, con lo disfrutones que somos, todavía organizamos el calendario como si desconectar fuera necesidad secundaria y dormir a pierna suelta un privilegio. Incomprensible.
Nunca te lo perdonaré, Pedro Sánchez. Este no era el momento para debatir sobre el cambio de hora. Era para hacerlo sobre la hora del cambio.
El juego de palabras es de Junts, maldita sea. Pero me viene al dedo como a los políticos el guante blanco. Mantener el huso de invierno, o sucumbir a la idea ingenua de que renta más el estival, no servirá de nada si seguimos como hasta ahora: dentro de la rueda de hámster, confundiendo desconexión con poner una mesa de ping-pong en la oficina y flexibilidad con responder emails a las once de la noche.
Mientras el debate sea lo que dicta la aguja corta y no cuánto tiempo robamos a la vida, qué importa si amanece a las siete o a las ocho. Despertaremos en la misma oscuridad.
Para vivir mejor habría que currar menos. Y de una tacada. Ya lo he dicho. Pero también conciliar de verdad. No solo tú con tu horario y la luz. Todo. Las tiendas, el médico, el banco, el colegio, la administración.
Mientras el debate sea lo que dicta la aguja corta y no cuánto tiempo robamos a la vida, qué importa si amanece a las siete o a las ocho
Claro que por dónde empezar. Nos han acostumbrado a enfrentar la búsqueda de equilibrio entre trabajo, tiempo familiar y desarrollo personal como un asunto privado. Es problema tuyo si el pediatra atiende cuando estás en la oficina, Correos cierra antes que tu jefe y el turno escolar está diseñado por alguien que no tiene hijos o los odia. Ahí te las compongas, en medio del caos y al borde de una neurosis, para resolver la ecuación.
Al final, pasa lo que pasa. Las ciudades respiran a un ritmo y la gente a otro, a través de una coreografía torpe y desincronizada que noche tras noche acaba fatal: con el prime time a la hora en que medio continente está durmiendo, la cocina aún sin recoger y hasta las narices de fluorescentes.
No sé, seguramente quiero decir que tienes todo el derecho del mundo a cometer la estupidez de debatir un año más con tu cuñado sobre el cambio de hora. Pero el dilema no está en atrasar o adelantar el reloj. Es que ya vamos tarde para lo urgente: la implantación de un sistema laboral basado en la racionalidad, la eficiencia, la confianza y, qué escándalo, el bienestar de la gente.
Ya vamos tarde para lo urgente: la implantación de un sistema laboral basado en la racionalidad, la eficiencia, la confianza y, qué escándalo, el bienestar de la gente
Por supuesto, esto conlleva un cambio drástico de modelo. También lo mencioné antes. De cultura, de prioridades, de sentido común. Hablo de aceptar que no todo puede crecer hasta la eternidad, que habrá que producir menos, consumir con cabeza, medir el progreso por el propósito y no por el brillo 24 horas de los ordenadores. Igual el domingo no compras, pero respiras. Quizá el PIB se resienta, pero tú no.
O sea, un proyecto colectivo capaz de devolvernos el tiempo. Ese fulgor deslumbrante que jamás cotizará en bolsa y qué más da, si lo sostiene todo. Estoy loquísima.