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La tragedia ferroviaria de la loclaidad cordobesa de Adamuz tras el accidente

La tragedia ferroviaria de la loclaidad cordobesa de Adamuz tras el accidente Guardia Civil

Opinión

No seas gente de mierda

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Lloro. Con cada foto. A cada víctima mortal que se confirma. Casi como si hubiera compartido bocata en el recreo. O las conociera del barrio. Se me encoge ese espacio indeterminado entre el estómago y el corazón al pensar en sus familias. Y en la llamada que les partió la biografía en dos. Lo normal, supongo.

Sufro porque soy sensiblona. Buena gente, quién sabe. La buena gente hace más cosas. Dona sangre, organiza la logística del consuelo, difunde información útil o, en un alarde revolucionario de decoro, se grapa la boca para no estorbar. Empatiza y actúa en consecuencia. Lo que nos debería exigir el código genético para ser algo más que materia orgánica.

Pero aquí llega la arcada. En mitad del drama en Adamuz, cuando intentas agarrarte a esa humanidad compartida como a clavo ardiendo, te das de bruces con la evidencia: la altura moral no viene de serie en todos los modelos. Quiero decir. Igual que hay gente buena, existe la gente de mierda.

No uso el término a modo de insulto gratuito, por desahogarme. Es categoría taxonómica. Y como la propia materia fecal, créeme, se presenta en muy variadas texturas. 

Me refiero a esos individuos que, apenas se desató el horror, antes de poder asimilar el golpe, con tantos viajeros desaparecidos, ya estaban salivando. No por sed de verdad, qué va. Por hambre de rapiña

La que se me hace más bola, esa que se atasca donde ya tú sabes y no baja ni con tres litros al día de agua, es la del buitre carroñero. O la hiena. Y que me perdonen los animales por la comparación porque a ellos les mueve el instinto, no la perversidad. Pero ahora mismo cuesta pensar otra mejor.

Me refiero a esos individuos que, apenas se desató el horror, antes de poder asimilar el golpe, con tantos viajeros desaparecidos, ya estaban salivando. No por sed de verdad, qué va. Por hambre de rapiña.

Inciso. Obviamente, la política lo atraviesa todo. Desde la esfera doméstica, ya sea dónde compras la barra de pan o cómo trasladas tu culo al trabajo, hasta la administración de lo común. Por tanto, exigir cuentas a quienes pilotan la nave y gestionan el andamiaje que sostiene nuestras vidas trasciende la condición de derecho. Es deber cívico. Una obligación sagrada, si te pones.

Ahora bien, existe un abismo ético, una fosa de las Marianas infranqueable para cualquier persona con alma en vez de una caja registradora de inquina en el pecho, entre reclamar justicia y politizar la tragedia. Lo primero busca reparar el daño. Lo segundo, rentabilizarlo. Pura necrofilia ideológica.

Antropológicamente, el fenómeno resulta digno de estudio clínico. Fascinante, si no diera ganas de vomitar. Mientras la buena gente busca pañuelos y respuestas, la gente de mierda de la que te hablo traza balísticas: su única inquietud es calcular el ángulo de tiro para que la desgracia impacte en la línea de flotación del adversario.

La compasión no existe. Los tipejos estos la han extirpado en una suerte de lobotomía voluntaria para convertir a heridos y muertos en munición de grueso calibre. Todo les vale con tal de hacer del sufrimiento ajeno una ventana de oportunidad desde la que escupir bilis, colocar su relato y ganar el frame. Antes, incluso, de que se seque la sangre.

Lo peor es que su vileza no predica en el desierto. Tienen altavoz. Tribu. Disponen de una caja de resonancia mediática que amplifica la infamia hasta ensordecer la verdad.

Da mucho asco, lo sé. Pero no te tapes la nariz aún. El pozo séptico es profundo. El catálogo de la inmundicia, diverso. Y hay que seguir. No por morbo, te lo aseguro. Es cuestión de higiene pública. Necesitamos identificar todos los tipos de gente de mierda para que no se nos peguen a la suela del zapato. O peor: para comprobar si nos hemos convertido en uno de ellos.

En realidad, los que quedan no gastan ni de lejos la misma ruindad. Son más lerdos que malos, más temerarios que depravados. Pero su capacidad para la impertinencia es tan patética, tan inoportuna, que logran lo imperdonable. Que la mala leche te interrumpa el duelo. Tener que secarte las lágrimas, no porque al fin se hayan agotado sino para poder mandarlos a paseo

En realidad, los que quedan no gastan ni de lejos la misma ruindad. Son más lerdos que malos, más temerarios que depravados. Pero su capacidad para la impertinencia es tan patética, tan inoportuna, que logran lo imperdonable. Que la mala leche te interrumpa el duelo. Tener que secarte las lágrimas, no porque al fin se hayan agotado sino para poder mandarlos a paseo. 

Es el caso de los tolosa, esa fauna con una incontinencia opinativa patológica. Cuñados digitales y tertulianos de guardia a los que no les pidas montar una maqueta de tren, porque te mirarán como vacas al Alvia, pero de pronto tienen un doctorado en ingeniería ferroviaria por la Universidad de ChatGPT. Y se ponen a pontificar. Sobre balizas, frenos y sistemas ASFA, cuando hasta ayer no sabían distinguir una traviesa de un churro.

¿Qué mecanismo cerebral les impide pronunciar un honesto "no lo sé"? ¿Tan atrevida es la ignorancia? ¿O será el pánico a la irrelevancia? El caso es que así acaban, difundiendo bulos y confusión por el placer de tener una frase en el guion de la catástrofe. Aunque sea mentira, aunque solo añada dolor al dolor.

Y sí, puede que algunos intenten actuar de buena fe. Pero poco importa. En la zona cero, la opinión desinformada no suma. Es desecho. Pura diarrea mental.

La bilis se me agolpa. Así que iré zanjando el inventario de la infamia con el residuo que flota: la caca que se niega a marchar por el desagüe de la discreción.

Hablo de los narcisos del drama. Esa panda de ombliguistas cuyo primer impulso neuronal ante una desgracia atroz no es la empatía, sino el yoismo. Los que tuitean "ay, qué fuerte, yo cogí esa línea hace tres días". ¿Y? ¿Tu ángel de la guarda reclamaba likes? ¿En serio crees que necesitábamos saber que te salvaste por pura estadística?

Ojo. Entiéndeme. Cuando el terror golpea lugares que son mapas de nuestra vida, a todos nos asalta el vértigo de la coincidencia. Yo misma he recorrido mil veces paseos que luego se tiñeron de sangre y lo he pensado: "podría haberme ocurrido a mí". La reacción es natural, un reflejo humano, el cerebro calibrando el miedo.

Sin embargo, existe un océano de pudor entre sentir ese escalofrío en la cocina con tu pareja y proclamarlo en redes sociales. Entre procesar el susto en la intimidad y compartir públicamente la foto de tu billete clase turista justo donde ahora hay escombros.

Ahí radica la miseria de estos personajes: necesitan coprotagonizar la fatalidad, actuando de figurantes con suerte al no haber mejor alternativa. Una exhibición casi tan pornográfica como el historial de navegación de un adolescente.

Quizá yo también tenga mi porcentaje de mezquindad por haber gastado tantas palabras en describir la basura en lugar de ensalzar la decencia. A fin de cuentas, es en estos momentos de oscuridad cuando se mide la verdadera talla moral de una civilización. Y de cada individuo

Te lo juro. Lucho contra la náusea. Odio que la rabia me gane la partida. Intento apartar la vista del fango para fijarla en quienes realmente importan. Las víctimas y sus seres queridos. Los vecinos que corrieron a las vías con lo puesto para ayudar. Los bomberos que no han dormido. Los periodistas que persiguen la noticia con escrúpulo. En esa, quiero creer, mayoría que espera sin elucubrar, sin jugar a los detectives, que se pone en el lugar de quien perdió lo más importante.

Quizá yo también tenga mi porcentaje de mezquindad por haber gastado tantas palabras en describir la basura en lugar de ensalzar la decencia. A fin de cuentas, es en estos momentos de oscuridad cuando se mide la verdadera talla moral de una civilización. Y de cada individuo.

No sé, seguramente el imperativo es, o debería ser, muy sencillo. Exijamos toda la verdad, toda la responsabilidad y toda la justicia. Que rueden cabezas si hubo negligencia. Pero mientras llegan los datos, y los técnicos se afanan por buscarlos, tengámoslo claro. La única trinchera que nos separa de la barbarie se construye con tres antiguas virtudes: prudencia, piedad y respeto.

Qué tal si las volvemos a poner de moda, abrimos las ventanas y sacamos el olor a mierda.