Pásate al MODO AHORRO
David Uclés

David Uclés RTVE

Opinión

Lo que importa del 'caso Uclés'

Publicada

Qué será, será, eso que tiene David Uclés para estar en todas las salsas del columnismo patrio. Desde que el Nadal lo sacó a bailar, o quizá fueron otros un poco antes, se ha convertido en diana de mil debates y neuras: cada cual proyecta en él lo que quiere ver o necesita odiar. Ni el test de Rorscharch se atrevió a tanto.

También apunto. Sorpresa, ninguna. Con la boina que parece que le cayó del cielo, paseándose entre canapés cual Wes Anderson versión rural y abrazado al relato doliente de una guerra que nunca vivió, el chaval tenía infinidad de papeletas para que le dieran como a piñata en un Dulces 16.

Ahí están los intelectuales de derechas. Dirán misa de la calidad literaria del jienense, pero que sean honestos. Lo que les irrita es lo que representa: la mezcla de modernidad líquida y memoria histórica de autor mártir, que sepa jugar a las máscaras igual que ellos y les sostenga la mirada con ojos de novillo a punto de pasar por el matadero.

Luego tenemos a la gente, de cualquier cuerda, con pundonor. Esa no usa la obra de excusa para ponerle verde porque todavía no se ha leído sus libros y la vida es demasiado corta para perder el tiempo haciendo trampas. Sin embargo, siente cierta incomodidad y le cuesta explicar la razón. ¿Serán prejuicios contra la intensidad woke? ¿O la condescendencia que provoca quien parece esforzarse tanto en encajar en las hechuras de una figura polarizable?

Ahí entro yo. No solo por estas cuitas, o quizá sí. Porque Uclés me despierta ternura con su mirada al pueblo y esa americana customizada de la Generación del 27. También admiración: dirán lo que les venga en gana, pero un premio como el de Ediciones Destino no lo logra cualquiera. Creo.

Y, a la vez, experimento una ligera y rarísima tirria que me alinea peligrosamente con esos señores marinados en Varón Dandy que tanta urticaria dan. Lo cual obliga a pensar. O a iniciar un proceso de deconstrucción, que aconsejaría el susodicho. Y eso siempre está bien.

El caso es que si escribo este artículo es por algo más: el plantón que el escritor de moda ha dado a las jornadas “Letras en Sevilla”, más su jolgorio posterior porque se hayan aplazado. Y no me anima un impulso personal. Respeto absoluto a sus convicciones, a su instinto de conservación o lo que sea. Ojalá mimando statement prospere y pueda al fin, si no sus lectores él, comprar piso.

Yo de lo que intento hablar es del trasfondo político tan delicado del asunto, ese argumento que él esgrimió pero repite la nueva izquierda como un mantra bendecido por Bluesky: que con el fascismo, o lo que cada uno decida etiquetar tal que así mientras apura el primer café de la mañana, no se dialoga.

La democracia, por desgracia, no es un salón de té donde solo entran caballeros y damas de reputación almidonada sosteniendo la copa con el meñique en alto. Se trata, simple y llanamente, de la herramienta que logramos inventar para no matarnos a palos

Para sostener el envite, sus defensores han tirado de hipérbole. Al parecer, sentarse en la misma mesa que Aznar y Espinosa de los Monteros es como poner a un judío, un nazi y un gitano a debatir en alegre comandita sobre la eficiencia de los hornos de Mauthausen.

Pues mira, no, eso como mucho da para chiste. Y te lo digo yo, que mi tío abuelo sobrevivió a semejante atrocidad y aún recuerdo cómo le escocía el número de exiliado y muerto en vida que llevó grabado en la piel sin el reconocimiento ni la ayuda de España.

Esos tipos, Aznar y Espinosa de los Monteros, decía, representan una ideología que a muchos nos puede parecer rancia, tóxica o directamente anticonstitucional. Pero aun así, elevarlos a la categoría de Hitler o reducirlos a expolíticos sin legitimidad en la materia con el único propósito de justificar la espantada es una pirueta retórica tan burda que sonroja por su infantilismo.

Y yo ya pasé de los cuarenta.

Por supuesto, no ha ayudado que el arquitecto de la velada fuera Arturo Pérez-Reverte. Mi otrora referente en el periodismo bélico se las sabe todas en latín y jerga de barra vieja. Si no, cómo es que salió a matizar con esa retranca militar suya que el título del evento, “La guerra que perdimos todos”, debía llevar interrogantes y la imprenta metió la diestra hasta el zancarrón.

Se ha demostrado que lo del signo de puntuación era mentira podrida. Pero aunque sí hubiera pasado, da igual. Evidentemente, el cebo siempre estuvo en la provocación del casting. Y eso ha de tenerse en cuenta. Por eso he matizado. Ahora bien, a mi juicio, el conflicto más profundo de esta polémica late en la negación del debate.

Me explico. La democracia, por desgracia, no es un salón de té donde solo entran caballeros y damas de reputación almidonada sosteniendo la copa con el meñique en alto. Se trata, simple y llanamente, de la herramienta que logramos inventar para no matarnos a palos. Está llena de defectos, casi tantos como los que tú y yo atesoramos. Y usarla tiene precio. En el Congreso se ve mucho: bajar al barro.

Hay que presentarse en la mesa redonda, en el Pleno, en eso que a otros les gusta llamar ring pero no lo es. Y toca hacerlo aunque el de enfrente huela a azufre. Aunque el árbitro parezca estar comprado. Porque la alternativa, con todos sus sapos, no es la pureza moral. Se llama derrota

Te guste o no, así es la vida en común cuando el mundo te coloca en el altar de la relevancia. Empuja a compartir diálogo con tipos que dicen “ni machismo, ni feminismo” y confían en privatizar hasta el aire que respiras. Conlleva aceptar que muchos te criticarán no por ética, sino porque son superhipócritas: les escuece que tu personaje haya conseguido el foco y el suyo siga en el borrador. Les revienta que tu disfraz venda más entradas. 

Exige, incluso, tener paciencia, inteligencia y estómago, todo a la vez. ¿Para qué? Para que des el paso y evidenciar ante ellos y audiencia por qué su postura es un retroceso civilizatorio y da más asco que tu pie el primer día de verano en sandalias.

Uclés, y hablo de él pero mañana será otro, cree haber protegido la democracia con su decisión de desistir. Más aún, considera una victoria la cancelación del evento. Y sus acólitos le hacen la ola. El problema es el tufo que deja al paso: a victimismo mal entendido, a buscar los titulares fáciles y likes que regala la silla vacía, a enfervorizar a la parroquia convencida en lugar de aceptar la oportunidad de un espacio donde te quieren pintar la cara. Y del que puedes salir con la camisa sucia pero la dignidad intacta, porque mucha gente necesita esperanza. De la buena.

La superioridad moral no la demuestras blindándote en un torreón de marfil revocado con barro para parecer genuino. La evidencias a través de la palabra: estando y diciendo. De lo contrario, creo, acabas sirviendo en bandeja de plata esterlina la conclusión que los otros soñaban: “La izquierda no tiene argumentos, solo miedo”.

Insisto. ¿Qué es la democracia si no, entre otras cosas, la gestión pacífica del disenso? De estar solo dispuestos a debatir con quien piensa como nosotros, o como mucho con quien discrepa en el color de las cortinas, nos condenaremos a la endogamia de un grupo de WhatsApp que silencias cuando te viene en gana.

Esta es la trampa del "cordón sanitario" intelectual. Acaba convirtiéndose en un gueto de lujo donde nos decimos lo guapos y listos que somos mientras fuera, en la calle, el discurso del odio avanza como la mancha del Prestige porque nadie se molesta en ponerle el dique de contención argumental que realmente merece. Y ese muro, aviso, no se construye llamando facha a todo obrero o aspirante a clase media que vote a Vox. 

No sé, tal vez esté equivocada y debamos dar la espalda a quienes no estén en nuestra cuerda. Mutis por el foro y a otra cosa. Pero déjame pensar, de momento, diferente a Uclés y su tribu.

Salvo que queramos volver a las andadas del 36, o que este auge reaccionario nos pase por encima y al fin tengamos ganas de quemar la Bastilla, la única escaramuza legítima hoy es la de las ideas.

Y para ganarla, por lamentable que suene, hay que presentarse en la mesa redonda, en el Pleno, en eso que a otros les gusta llamar ring pero no lo es. Y toca hacerlo aunque el de enfrente huela a azufre. Aunque el árbitro parezca estar comprado. Porque la alternativa, con todos sus sapos, no es la pureza moral. Se llama derrota. O peor: postureo.