Corría el mes de noviembre de 2008 cuando Garikoitz Aspiazu Rubina, alias Txeroki, jefe de los comandos de ETA, era detenido en Cauterets (Francia).

Cuando los agentes de la Gendarmería y la Guardia Civil terminaron el registro de su vivienda en la rue de Richelieu, sacaron a Garikoitz para introducirlo en un vehículo policial. El terrorista, que iba tapado con una manta, se resistía con feroces movimientos y profería "goras" a ETA como un poseso.

Pese al cordón policial que había por medio, quienes lo vivimos nos quedamos de piedra al escuchar esos alaridos tan fanáticos como orgullosos. Nos parecieron una voz y un movimiento que rezumaban odio. Tengo grabados ese instante y esos gritos.

Ahora este exdirigente etarra también se cubre, pero con gorra y capucha, sospecho que ya menos orgulloso de su pasado, cuando sale de la cárcel de Martutene (Donostia) para irse a hacer voluntariado.

Es la misma persona, con el mismo rostro, con esos ojos desafiantes y ese pelo cortado al raso, pero tal vez ya no sea el mismo. Porque la cárcel deja demasiadas cicatrices, algunas invisibles e imborrables, como el dolor que provocaron sus atentados, claro, que se pega en el alma para siempre. Así lo atestiguan las víctimas a quien quiera escucharlas. 

El malvado Estado español y sus organismos derivados, incluido el Gobierno vasco, tan opresores todos ellos, han permitido que este bilbaíno de 52 años haya cumplido condena en una prisión vasca y ahora busque la reinserción en cumplimiento de la legislación penitenciaria.

Txeroki acumula condenas de 400 años de cárcel. Está probado que intentó asesinar a la exteniente de alcalde de Portugalete (Bizkaia) Esther Cabezudo en 2002. Y también en esas fechas pretendió matar con un paquete bomba a la delegada de Antena 3 en el País Vasco María Luisa Guerrero.

Se sabe que también estuvo involucrado como inductor en otros atentados como el asesinato de los guardias civiles Raúl Centeno y Fernando Trapero en Capbreton en 2007 y se sospecha que también ordenó otros como el atentado de la T-4 en 2006 que costó la vida a Carlos Alonso Palate y Diego Estacio.

En ninguno de los juicios en Francia y España mostró arrepentimiento alguno. Tampoco pidió perdón a las víctimas. No se acogió a la Vía Nanclares o similares posibilidades para alejarse de la ortodoxia de la organización terrorista. De hecho, siempre hizo lo contrario. 

Al finalizar el juicio por los crímenes de Capbreton, celebrado en París en 2013, se produjo un incidente entre los familiares de las víctimas y los miembros de ETA. Los primeros dieron "vivas" a la Benemérita y los segundos, entre ellos Txeroki, lanzaron "goras" a la banda.

El etarra Txeroki (de azul) junto a otro acusado durante un juicio. Efe

Durante estos años hemos visto su imagen en muchas manifestaciones a favor de los presos de ETA. Como contó este periódico, la pasada Nochevieja en su barrio natal, Santutxu, se colocó una mesa simbólica que le recordaba como un "preso político" ausente.

Ahora, Txeroki, ese hombre que profería "vivas" al terrorismo al ser detenido en 2008 y al ser juzgado en 2013, logra un régimen de semilibertad tras algo menos de 18 años en prisión. Duerme en la cárcel pero está fuera de ella desde las 8.00 a las 21.00 horas los cinco días laborales de la semana.

No creo que pueda decirse que 18 años encerrado sean pocos. Si nos ceñimos a los números, lleva entre rejas sólo el 4,5% de los 400 años que suman sus condenas. Algo más de un tercio de su vida tras los barrotes

Todos los colectivos de víctimas de ETA, que a veces se enfrentan por otras cuestiones, están de acuerdo en clamar contra esta decisión que se basa en un artículo del reglamento penitenciario, el 100.2, que tildan de "coladero" para una "amnistía encubierta".

Podrá argüirse, aunque servidor no lo comparta, que la opinión de las víctimas es demasiado emocional en este caso. Los hechos desnudos son que Txeroki ha pasado 18 años entre rejas por intentar varios asesinatos y por coliderar una organización que perpetró crímenes bajo su mandato.

¿Es mucho o poco tiempo en la cárcel? ¿Cómo medir una condena? No creo que pueda decirse que 18 años encerrado sean pocos. Si nos ceñimos a los números, lleva entre rejas sólo el 4,5% de los 400 años que suman sus condenas. Cifra que supone algo más de un tercio de su vida tras los barrotes. 

Pienso en todo esto y se me amontonan las preguntas mientras huyen las certezas. ¿Cómo pueden Sare, Etxerat o EH Bildu hablar a menudo de la "legislación de excepción" contra los presos de ETA teniendo en cuenta casos como este, el final de la injusta dispersión o los terceros grados concedidos?

¿Por qué todavía existe, porque está ahí aunque no queramos verla, una ETA sociológica que considera a este hombre un "preso político" o habla de "lucha armada" en lugar de "terrorismo" o elude la palabra "condena"?  

¿Quién va a devolver todo lo perdido a las víctimas de ETA? ¿Cuándo alguien alumbrará de una vez el homenaje pendiente a todos aquellos amenazados por Txeroki y compañía que tuvieron que dejar Euskadi porque los iban a matar? 

¿Por qué la sociedad vasca se olvida de los que tanto sufrieron y premia con su silencio o su empatía o su comprensión a los que hacían sufrir precisamente porque dejaron de hacerlo? 

¿Cómo es posible que sólo unos pocos, siempre los mismos y casi siempre vistos por el resto como cenizos, nos empecinemos en recordar todo lo que pasó? ¿Cómo podremos curar tantas heridas si persisten la desmemoria colectiva y la absurda lucha de relatos que hoy vivimos en esta tierra?

¿Será factible que se abra camino por fin una visión inclusiva, polifónica y basada en la verdad de los hechos acerca del terrorismo y otros tipos de violencias derivadas del mismo que se vivieron en Euskadi? ¿Qué podemos hacer para lograrlo? 

Y, sobre todo, me martillea una pregunta: ¿Qué pensará de todo esto Garikoitz Aspiazu Rubina? Quiero pensar que en algún recoveco de su mente habrá espacio para el arrepentimiento por lo que hizo y representó, aunque, como se ha dicho, por sus hechos no lo parezca.   

Al menos, eso sí, Txeroki ya no grita.