Sánchez, la némesis de Trump.
Sánchez, la némesis de Trump
No es, como sabemos, una cuestión de principios, sino de estrategia electoral para tratar de acumular votos de cara a las próximas elecciones generales
Sánchez quiere convertirse en la némesis de Donald Trump, o sea, en su enemigo acérrimo, su antagonista, su antítesis. Por ser más preciso: no es que quiera serlo sino, sobre todo, parecerlo. No es, como sabemos, una cuestión de principios, sino de estrategia electoral para tratar de acumular votos de cara a las próximas elecciones generales.
No es política internacional de altos vuelos sino soflama interna para engatusar a los incautos. Y como Trump goza de escaso predicamento entre los ciudadanos cuyos votos Sánchez aspira a lograr, el empeño como estrategia electoral es objetivamente sensato… aunque sea una insensatez pasarse de la raya, lo que sería una grave irresponsabilidad.
Es decir, oponerse estentóreamente a Trump es popular, gusta a la ciudadanía y da votos (salvo que te conozcan lo suficiente y no te voten ni por esas). Además, como sabe Sánchez, sirve para distraer a la opinión pública y hacer que no se hable de lo que debería hablarse: la dificultad de acceso a la vivienda, la carestía de la vida, la generalización de los empleos precarios o los casos de corrupción que lo asolan, por no hablar de sus cesiones ante los independentistas, sus pactos con Bildu o sus mentiras.
Como Trump casi siempre se equivoca, la jugada no es que sea perfecta, es que es la única a la que puede agarrarse para mantenerse con vida y con ciertas esperanzas que le permitan soñar con permanecer en la Moncloa
Y como Trump casi siempre se equivoca, la jugada no es que sea perfecta, es que es la única a la que puede agarrarse para mantenerse con vida y con ciertas esperanzas que le permitan soñar con permanecer en la Moncloa. Y como además Vox suele apoyar a Trump, profundiza en su eslogan del muro que hay que levantar contra la extrema derecha.
Así que Sánchez hace lo que le conviene, como ha hecho siempre; y la cuestión ahora es saber si, además de lo que le conviene, hace lo correcto, cosa que ha hecho pocas veces. Y lo incorrecto en este caso es pasarse de frenada innecesariamente, bien sea por torpeza o por incompetencia. Por listo o por insensato o por la causa que sea. Y no tanto para sí mismo, lo cual importa poco, sino para el común de los ciudadanos, posibles víctimas provocadas por su demagogia.
Porque una cosa es tomar a los ciudadanos por tontos, lo cual suele ser rentable, y otra jugar con sus lentejas, lo cual no suele serlo tanto, ya que pasar penurias económicas a mayor gloria de un gobernante lo aceptan más difícilmente. Porque oponerse a Trump o criticar sus políticas puede ser no sólo razonable sino incluso necesario, el problema es cuando Sánchez lleva su audacia hasta la temeridad más irresponsable, se pasa de frenada y hace que Trump se enerve y nos amenace con tomar represalias.
Cuando lo hace con otros países puede ser entretenido observarlo desde la distancia; pero si lo hace con nosotros la cosa se pone seria y se complica. Y el problema no son tanto sus amenazas, habituales en su proceder político, sino que las ponga finalmente en marcha y decida, por ejemplo, cortar el comercio con España. Y ahí se acaba la broma. Y aquí Sánchez, al provocarlo, se equivoca y lo hace gravemente. Y no planteo ni subordinación ni sumisión ante Trump sino cierta prudencia y la máxima inteligencia posible para al menos no echarnos piedras sobre nuestro propio tejado.
Porque una cosa es no compartir la intervención americana en Irán por los peligros que la guerra implica y sus consecuencias económicas y otra parecer que eres tú quien debe parar a Trump o, mucho peor, que eres el máximo defensor de Irán, como si su régimen fuera legítimo. Porque, además, si la eliminación de la dictadura criminal de los ayatolás es una noticia a celebrar por cualquiera que sea demócrata, ¿a qué tanto arriesgar y poner nuestra economía y nuestro bienestar en peligro?
Sánchez, además, en lugar de usar las redes sociales para publicitar sus ocurrencias, lo que debe hacer es acudir al Congreso de los Diputados, explicar su posición sobre la contienda y pedir el refrendo parlamentario, a los que son sus socios, a los que no lo son tanto y a los que son oposición política, para tomar las decisiones que correspondan. O sea, actuar como si fuera un representante democrático.
No puedes clamar contra la intervención militar y, al mismo tiempo, enviar una fragata al Mediterráneo disimuladamente, en lugar de explicar las razones por las que lo haces
Además, interesa ser hábil en su relación con la Casa Blanca, como si tuviéramos un gobierno medianamente serio. Y, finalmente, corregir el error al que nos tiene acostumbrados y que es su proceder diario: decir la verdad en lugar de recurrir a las medias verdades, a las falsedades o a las mentiras. Porque esta cuestión no puede saldarse recurriendo al lema del "No a la guerra" que nació para descabalgar al Gobierno de Aznar, como si estuviéramos en una clase de Primaria, sino con argumentos que entiendan los ciudadanos.
Contra las guerras estamos genéricamente todos; sin embargo, el problema es triple: que hay guerras que son inevitables (la del terrorismo), que a veces te las declaran (la de Ucrania) y que es mejor ganarlas que perderlas (todas); y, en cualquier caso, que es recomendable no elegir el bando equivocado.
Sánchez debe ser coherente, en lugar de dar una de cal y otra de arena, prometer una cosa y hacer la contraria o contradecirse permanentemente. No puedes clamar contra la intervención militar y, al mismo tiempo, enviar una fragata al Mediterráneo disimuladamente, en lugar de explicar las razones por las que lo haces.
Hay razones de peso para celebrar, cuando se produzca, la caída del régimen criminal de los ayatolás iraníes; y hay razones para defender que España no participe en la intervención militar, al menos directamente. Pero la cuestión es lo suficientemente relevante como para enfrentar el asunto con rigor, sinceridad, seriedad y responsabilidad, o sea, como si España fuera una democracia plena y Sánchez un dirigente responsable. Porque los ciudadanos somos adultos, por mucho que nos traten como si fuéramos idiotas, que es, en el fondo, lo que a muchos les gustaría.