El tiempo es el mejor antídoto contra los bulos. Y contra las ilusiones vanas, dicho sea de paso. Pongamos un ejemplo esclarecedor. Resulta que desde hace meses todos dábamos por hecho, tanto en Euskadi como en el resto de España, que habría elecciones generales en 2026.
"Sánchez no puede aguantar hasta 2027, es imposible". "La corrupción ha quemado al Gobierno y habrá elecciones generales antes de que acabe el año". "Va a convocar antes del verano". "Estoy segura de que votaremos esta primavera". "Tengo la certeza de que las hará coincidir con las andaluzas".
Son frases reales, no inventadas, que hemos escuchado. No las hemos oído en los bares, el lugar propicio para este tipo de vaticinios sin base alguna, sino que las han repetido una y otra vez, cada uno con sus matices propios, en las tertulias, sean de radio o televisión.
Ahora, cuando más claro parece que Pedro Sánchez aguantará hasta 2027 -y ojo, esto también es un vaticinio sin demasiada base-, sea porque la guerra de Irán ha apagado las polémicas aquí, sea por los errores de la oposición o sea por lo que sea, pienso mucho en todos esos vaticinos que nos daban por seguros.
Por traer la cuestión a Euskadi, en las últimas semanas me ha dejado boquiabierto ver a gentes que participan en tertulias, sean de grandes cadenas de televisión o sean de aquí mismo, hablando con total ligereza y sin datos fiables sobre la Korrika o sobre los beneficios penitenciarios concedidos a presos de ETA.
Los debates son superficiales. Las personas expertas brillan por su ausencia. Los mensajes tienen que ser rápidos y altisonantes. Si hay pelea, más audiencia. La ignorancia no penaliza, sino que se premia, siempre y cuando se grite lo suficiente.
Siempre me han fascinado los tertulianos profesionales, esos seres que tanto saben de todo y tan poco aciertan. No me refiero, por supuesto, a los periodistas que se baten el cobre buscando información cada día y ocasionalmente acuden a un par de tertulias para comentar asuntos que dominan
Siempre me han fascinado los tertulianos profesionales, esos seres que tanto saben de todo y tan poco aciertan. No me refiero, por supuesto, a los periodistas que se baten el cobre buscando información cada día y ocasionalmente acuden a un par de tertulias para comentar asuntos que dominan. Y no lo digo por corporativismo.
Me refiero a esos seres a los que no se conoce más mérito que las propias tertulias. Son personajes necesarios, que nadie me malinterprete, pero lo que más me llama la atención es la carencia de cualquier responsabilidad por lo que dicen y de cualquier asomo de rigor en sus argumentos. En algunos casos, además, es obvia la absoluta falta de preparación para abordar temas que abordan.
Gentes que creemos informadas auguran acontecimientos que jamás ocurren, manejan conceptos que no conocen y aportan opiniones basadas en la nada o, peor aún, en el argumentario del partido de turno. Todo vale en la fiesta de la polarización.
Aunque suene contradictorio, creo que estos guiñoles cumplen con su papel de interpretar la realidad y de entretener al personal. Podría decirse que hasta son imprescindibles para el debate público, ya que dan voz a otras personas que se identifican con sus reflexiones.
El problema, a mi entender, viene cuando el común de los mortales, la gente no adicta a la información de último minuto, es decir la mayoría de la sociedad, suele considerar a estos tertulianos profesionales como periodistas
El problema, a mi entender, viene cuando el común de los mortales, la gente no adicta a la información de último minuto, es decir la mayoría de la sociedad, suele considerar a estos tertulianos profesionales como periodistas. Cogen la parte por el todo. Se equivocan y atropellan a quienes intentan informar con honestidad.
La palmaria ausencia de credibilidad de los tertulianos profesionales se identifica con el trabajo de los periodistas, como si fueran cosas sinónimas cuando en realidad son géneros diferentes. Ahí está uno de los grandes errores en estos tiempos de confusión.
Una cosa es informar tras buscar y contrastar noticias. Y otra es comentar e interpretar esas noticias mediante opiniones, casi todas ellas respetables, por supuesto, pero eso, meras opiniones que representan sólo a quien las profiere y que habitualmente entroncan con una ideología, un partido o un colectivo.
El espectáculo y la información son conceptos divergentes. Los hechos son sagrados y las opiniones son libres, en suma, como bien sabemos en este oficio tan maltratado como necesario, tan denostado como consumido, tan bonito como ingrato.
Si usted ha llegado hasta aquí, se preguntará a qué viene este artículo que tampoco descubre la pólvora. La respuesta es que en tiempos de bulos, likes y selfies es urgente repetir lo obvio. Otra cosa es que a alguien le interese, claro.
