Pedro Sánchez en el 15.º Congreso del PSOE en una imagen de archivo
La verdadera batalla política se libra en el lenguaje. Y en el terreno de los símbolos, como he expuesto en alguna ocasión (las palabras, al fin y al cabo, también son símbolos) y quien domina los símbolos tiene ganada la partida desde el principio.
Quien domina las palabras, controla el campo de juego y también el reglamento. Cuando las palabras van en tu contra, debes hacer un esfuerzo sobrehumano por clarificar tu posición, pero esa “posición” importa ya un demonio: en el debate público no se confrontan datos ni argumentos. Se confrontan imaginaciones, presupuestos, emociones y prejuicios.
Recuerdo la respuesta, hace muchos años, de un socialista vasco, ya fallecido, ante la pregunta de un periodista: “¿Es usted abertzale?”. El socialista, acorralado, se vio en la obligación de contestar: “si por abertzale se considera amar a mi país, por supuesto que sí”.
¿Realmente el político socialista se consideraba abertzale?
Evitando el debate al que nos abocaría el término “país”, tenemos que situarnos en los primeros tiempos de la Transición, en el hervidero político y social de aquellos años. ¿Realmente el político socialista se consideraba abertzale? Más bien se vio atrapado por una terminología que operaba entonces como una apisonadora.
Cuando hasta el PSOE se sumaba al Aberri Eguna, la negación de un abertzalismo, siquiera emocional, era una herejía. La presión del término, con el tiempo, cedió: por suerte para todos, se puede amar el país que uno prefiera sin la consecuencia política de ser abertzale, opción, por cierto, perfectamente respetable.
Las palabras ponen al político y al ciudadano en compromisos insuperables. El término fascista es hoy una apisonadora argumental. Resulta inútil posicionarse a favor del principio de legalidad, la igualdad ante la ley, la separación de poderes, la libertad de expresión, la presunción de inocencia, el pluripartidismo o la celebración de juicios públicos, orales y con contradicción de partes: una sola objeción al discurso dominante (y a su lenguaje) supone la acusación de fascista.
Todo el lenguaje que caracteriza a la religión católica está teñido de una polvorienta inmoralidad
Pero el ejemplo más claro de la eficacia con que el manejo connotativo del lenguaje condiciona reputaciones está en el catolicismo. Todo el lenguaje que caracteriza a la religión católica está teñido de una polvorienta inmoralidad. No hay un término que se salve de la quema: limosna, pecado, púlpito, sermón, caridad, beato, jesuita, letanía, dogma… Ni uno solo se salva.
En una entrevista radiofónica, tras el reciente nombramiento de Joseph Ratzinger como papa romano, una periodista preguntó a algún teólogo o experto en asuntos vaticanos: “Pero, este nuevo papa ¿no es demasiado dogmático?”.
Pensé que la única respuesta posible era decir que el primer deber de un papa supone, en todo caso, defender el dogma católico. Pero ¿cómo exponer esa obviedad, sabiendo la idea prejuiciosa que la abrumadora mayoría tiene de los términos “dogma” y “dogmático”? El teólogo, claro, ejecutó toda clase de contorsiones argumentales con tal de no exponer una evidencia: que es imposible que un papa católico no sea “dogmático”, en el sentido profundo y radical de la palabra.
El partido Vox recibe toda clase de (des)calificaciones
Lo curioso, y no tantas veces constatado, es que el lenguaje connotativo opera también por omisión. El partido Vox recibe toda clase de (des)calificaciones. Pero, asombrosamente, unos y otros (hunos y hotros, como dijo Unamuno) se resisten al calificativo que, sin la más mínima duda, toda persona con dos dedos de frente podría y debería aplicarle sin rubor: el de nacionalista.
Vox, además de muchas otras cosas, es un partido nacionalista. Un partido nacionalista español. Se funda en un proyecto nacional no menos explícito que el que mantienen PNV o EHBildu. Pues bien, absolutamente nadie lo califica de ese modo.
Como el lenguaje da extraños volatines, no puede descartarse que, en plena lógica, llamemos abertzales a los voxistas. Al fin y al cabo, en términos ideológicos, Espainia es una aberri como cualquier otra.
El lenguaje siempre sorprende, pero lo importante es quién lo administra.