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Clase de euskera

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Opinión

Un problema más para el euskera

Lo cierto es que conservamos un tesoro lingüístico y cultural. Lo cierto, también, es que se halla en peligro

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Desde hace siglos, más bien desde hace dos mil años, el euskera se halla en situación de inferioridad ante las lenguas latina y neolatinas que tuvo y tiene alrededor. Antes no fue así, pero eso nos lleva a un tiempo mucho más lejano que aquel en que los mexicas disfrutaban de un paraíso infanticida, ajeno al hierro y a la rueda. Así como un mexica sería hoy incomprensible para un mexicano, un vasco anterior a Roma se nos haría no menos incomprensible. El mismo euskera, despojado de su léxico latino y anterior a siglos de evolución sintáctica y fonética, nos sería ininteligible. Como quizás demuestra la mano de Irulegi.

Lo cierto es que conservamos un tesoro lingüístico y cultural. Lo cierto, también, es que se halla en peligro. A la situación de crónica desigualdad se le añade ahora un nuevo problema: la llegada de un enorme contingente humano, procedente de distintos lugares del planeta.

El otro día vi en Bilbao a dos inmigrantes hablando en español: uno tenía aspecto magrebí; otro, subsahariano. El español de ambos era muy defectuoso, pero su uso señalaba algo más: que no tenían otra lengua común. Paradójicamente, la ignorancia del español refuerza su posición en un contexto como el nuestro, porque se convierte, de modo inevitable, en lengua franca.

Koiné diálektos, decían los griegos; lingua franca, decían en latín los medievales. Cuando nos dirigimos hacia un melting pot lingüístico y racial se impone una lengua común para el intercambio. Y entre nosotros, por razones demográficas, sociales y culturales, ese papel corresponde al castellano.

La política puede y debe garantizar que los servicios públicos atiendan siempre en euskera a los euskaldunes, y eso demanda un cuerpo funcionarial al que, en número significativo, se le exija el dominio del euskera. Pero la política no puede ir más allá, porque extender la coacción al uso de la lengua en el ámbito privado sería, para el euskera, firmar su sentencia de muerte

De la población actual de Estados Unidos, sólo una pequeña minoría procede de Inglaterra. Pero el aluvión de millones de personas venidas de los lugares más diversos nunca puso en peligro el lugar preeminente del inglés que usaron los viejos fundadores. Del mismo modo, Argentina recibió durante décadas ingentes cantidades de inmigrantes europeos. Eso nunca debilitó al español: en Buenos Aires, un italiano, un irlandés o un polaco tenían que recurrir a él para entenderse entre sí.

El idioma que accede al estatus de lengua franca alcanza una posición de enorme fortaleza. Y ese estatus, claro, no se establece por ley. Es una deriva: millones de decisiones concretas de millones de personas. Por eso el euskera se encuentra ahora ante un nuevo problema, un problema mucho mayor al que representaba, en un contexto bilingüe, la condición de lengua minoritaria.

Esto solo es una constatación, una constatación triste y melancólica. La política lo tiene muy complicado para encontrar solución. La política puede y debe garantizar que los servicios públicos atiendan siempre en euskera a los euskaldunes, y eso demanda un cuerpo funcionarial al que, en número significativo, se le exija el dominio del euskera. Pero la política no puede ir más allá, porque extender la coacción al uso de la lengua en el ámbito privado sería, para el euskera, firmar su sentencia de muerte.

Una vaga orientación acerca de cuál podría ser un futuro viable se contiene en la conocida reflexión del poeta Joxean Artze: "Hizkuntza bat ez da galtzen ez dakitenek ikasten ez dutelako, dakitenek hitz egiten ez dutelako baizik" (*). Corresponde a los euskaldunes más comprometidos llevar esa sentencia hasta sus últimas consecuencias: apostar por hablar en euskera cada vez que haya ocasión.

Claro que, siendo opciones personales, también hay opciones intermedias. Por mi parte, seguiré hablando con mis hijos en euskera, pero no voy a hacerlo ahora con personas con las que siempre he hablado en castellano. Y, por supuesto, ni se me pasa por la cabeza dejar de escribir en esta lengua, a la que amo apasionadamente. Eso sí, puedo garantizar a todo euskaldún con vocación monolingüe que, si se dirige a mí en su lengua, responderé en ella, que también es la mía.

En todo caso las sombras son mayores que los claros en el futuro del euskera. Y esto ya no es una constatación sino una opinión, una opinión, como aquella constatación antecedente, igual de triste, igual de melancólica.

(*) Un idioma no se pierde porque los que no lo saben no lo aprenden, sino porque los que lo saben no lo utilizan.