La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayudo, en su visita a Mexico Europa Press
El pasado 3 de mayo, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, realizó un viaje a México. A primera vista, podía parecer una visita institucional orientada a promocionar la comunidad y a abrir oportunidades de negocio e inversión para empresas madrileñas, como hacen otros presidentes autonómicos con mayor discreción. Pero Ayuso no es una presidenta cualquiera. Su estrategia política consiste en ocupar el centro del debate, provocar y marcar perfil, incluso a costa de tensionar relaciones diplomáticas y desplazar a otras figuras de su propio partido.
La presidenta no fue discreta. Acudió a México para provocar; habló de aquello que sabía que podía despertar reacciones en una parte importante de la sociedad mexicana y del Gobierno federal, liderado por Claudia Sheinbaum.
Escribió “Méjico” con “j” para provocar —a pesar de la RAE y de la ortografía española—, habló de Hernán Cortés, de hispanidad, de mestizaje y de herencia compartida, y descontextualizó estos conceptos de tal manera que quedó claro que no solo la provocación motivaba a la presidenta. También lo hacía un profundo nacionalismo español anclado en hechos históricos como la conquista de América que, como mencioné en abril en estas mismas páginas, construye una idea del ser español profundamente racista y excluyente.
La batalla ideológica y cultural que libra la extrema derecha —y figuras como Ayuso— consiste en disputar quién define la identidad española. Y eso importa porque, cuando esa identidad se concibe en términos etnicistas, también se arrastra una idea jerárquica del vínculo con América Latina.
El objetivo es glorificar un relato para construir una identidad superior a otras
De ese modo, se desdibujan la identidad mexicana y la latinoamericana, mientras se borran los excesos, las matanzas y la violencia con que castellanos y aragoneses —España como entidad política aún no existía— arrasaron América, junto con otras potencias europeas. El objetivo es glorificar un relato para construir una identidad superior a otras, apoyada en una supuesta civilización cristiana homogénea que nunca existió como bloque único y en la evangelización como justificación moral.
La sola intención de llevar la identidad española a marcos étnicos, además de falaz, refleja la lógica de un relato colonialista: son los europeos —y los españoles en particular— quienes pretenden conservar la capacidad de definir no solo nuestra propia identidad, sino también la de los demás, de acuerdo con un relato conveniente para estas latitudes del globo.
México ha construido su identidad desde la integración de su riqueza cultural histórica, fortaleciendo su pluralidad y recuperando las culturas que el colonialismo español quiso borrar
Nada resulta más molesto para muchos mexicanos que ese gesto de paternalismo colonial que ya no aceptan, más aún si se tiene en cuenta que México ha construido su identidad desde la integración de su riqueza cultural histórica, fortaleciendo su pluralidad y recuperando las culturas que el colonialismo español quiso borrar del mapa.
La provocación no fue solo un gesto hacia México, sino también una forma de hablarle al electorado español. En tiempos de polarización, el conflicto exterior sirve para reforzar una identidad interna: la de quien se presenta como defensora de una España imaginada, amenazada por la corrección política, el feminismo, el pluralismo y cualquier revisión crítica del pasado. Por eso no es casual que Ayuso no apelara a una relación diplomática sobria, sino a un imaginario sentimental y colonial que convierte la historia en arma política.
Tampoco conviene confundir mestizaje con reconciliación. En muchos discursos de la derecha, el mestizaje se usa como una palabra amable que oculta la violencia fundacional de la colonización. Presentarlo como una síntesis feliz entre mundos desiguales es una manera de borrar jerarquías, despojos y resistencias. Pero México, como otras antiguas colonias, ya no acepta que su historia sea narrada desde la antigua metrópoli ni que su identidad quede subordinada a una versión edulcorada del pasado.
La intención es conservar resortes morales, económicos y culturales para que las antiguas colonias sigan inscritas dentro del espacio de influencia de las viejas metrópolis
Definir la historia de las colonias desde Europa ha sido una práctica común de las antiguas potencias coloniales. Lo ha hecho Francia en África, y también el Reino Unido en ese mismo continente y en Asia. La intención es conservar resortes morales, económicos y culturales para que las antiguas colonias sigan inscritas dentro del espacio de influencia de las viejas metrópolis. Pero la realidad es tozuda, y tanto en América como en África cada vez más países reclaman soberanía y autonomía respecto de sus antiguas potencias.
México, Chile, Colombia y otros Estados ya no aceptan la superioridad moral e histórica de España. Buena prueba de ello fue la petición del Gobierno federal mexicano de López Obrador a la Corona Española para que reconociera el daño causado por sus antecesores durante el periodo colonial en América.
Ese reconocimiento llegó recientemente y supuso, por un lado, una mejora de las relaciones diplomáticas con el país azteca y, por otro, la constatación de que México es un actor diplomático relevante y que ya no puede ser tratado como una antigua colonia. El sur global está ganando relevancia y capacidad de influencia.
La vieja asimetría colonial ya no funciona igual
Lo que está en juego, en el fondo, es soberanía simbólica: el derecho de un país a definirse a sí mismo sin tutela exterior. Y ese cambio es decisivo, porque muestra que la vieja asimetría colonial ya no funciona igual. España puede seguir apelando a la hispanidad como si aún ocupara el centro del relato, pero México ya habla desde otro lugar, con otra fuerza y con otra autonomía.
Hoy México es el país con más hispanohablantes del mundo. Es una economía atractiva, dinámica y en crecimiento, a la par de la española. En términos de PIB, México y España se disputan desde hace años el duodécimo puesto en el ranking global. A México ya no se le puede hablar desde la superioridad moral, y menos cuando parte de la responsabilidad de los problemas que hoy sufre el país también tiene raíces históricas y económicas ligadas a España.
El nacionalismo español, que por definición es colonialista y racista, no puede asumir fácilmente esta realidad. Hacerlo significaría reconocer la pérdida de centralidad de su idea nacional y cultural en el mundo latino, especialmente cuando los países a los que pretende someter culturalmente tienen una concepción distinta de la suya.
Si el relato nacional se construye en términos de recuperación del legado cultural precolombino o desde marcos no etnicistas, esos países pasan a ser vistos como enemigos de la nación española
Mientras las excolonias se mantengan dentro de marcos culturales, lingüísticos y religiosos afines, serán aceptadas; pero si ese relato nacional se construye en términos de recuperación del legado cultural precolombino o desde marcos no etnicistas, esos países pasan a ser vistos como enemigos de la nación española y como la antítesis del concepto de españolidad.
Ayuso, como buena nacionalista española, no es capaz de asumir que no puede tratar a México como a una excolonia. Mantener buenas relaciones diplomáticas con los mexicanos implica tratarlos en pie de igualdad, abandonar el tono imperial y asumir una lectura crítica del pasado. La visita de la presidenta fue el lugar donde esa visión quedó en evidencia.
Quienes hemos vivido y trabajado en México sabemos bien las dificultades y retos que afronta el país norteamericano, pero también tenemos claras dos cosas: merece ser tratado de igual a igual y, además, México marcará tendencias culturales e ideológicas en el mundo hispanohablante.