Imagen de archivo en la que aparecen dos enfermeros liberianos mientras revisan sus equipos de protección individual
La reciente advertencia de la Organización Mundial de la Salud sobre la posibilidad de una nueva pandemia más destructiva que la del Covid 19 debería provocar algo más que titulares alarmistas. No solo nos están diciendo que va a volver a pasar, como históricamente han demostrado otros episodios pandémicos; la llamada gripe española, la viruela, el SIDA o la peste bubónica, sino que la advertencia está señalando directamente a la comunidad política mundial.
Si algo dejó claro la crisis del coronavirus en 2020 es que los virus no destruyen sociedades por sí solos, lo hace la improvisación, el cortoplacismo y la incapacidad de los gobiernos para cooperar.
La Junta global de Monitoreo de Preparación apunta en esta dirección en su informe titulado “Un mundo al límite: prioridades para un futuro resiliente ante pandemias” y sinceramente, solo el encabezado nos pone en preaviso. No se trata de si va a ocurrir, la pregunta es, ¿cuánto tiempo pasará hasta la siguiente crisis sanitaria mundial?
Con el Covid ocurrió algo extraordinario, en tiempo récord se desarrollaron vacunas, se compartió información y tecnología para lograr parar la pandemia cuanto antes, se consolidaron sistemas de vigilancia epidemiológica… La comunidad científica, a la que tanto tenemos que agradecer, fue un ejemplo de todo lo que se puede hacer bien y se hizo.
¿Volveríamos a confinarnos en nuestro hogares tal y como lo hicimos hace seis años?
Políticamente el balance va por barrios. Intereses exógenos a la ciencia derivaron en desinformación y una creciente desconfianza ciudadana hacia las instituciones. ¿Volveríamos a confinarnos en nuestro hogares tal y como lo hicimos hace seis años? Me ronda la idea de que la sociedad no respondería de la misma manera. Muy probablemente el individualismo que resultó de aquello no nos haría tan obedientes, a pesar de que objetivamente el confinamiento salvó vidas, muchas vidas.
En el contexto global algunos gobiernos parecen haber ido en la dirección opuesta al camino que marcó 2020. En lugar de fortalecer los sistemas públicos de salud, países otrora referentes han retomado políticas de austeridad, recortes ingentes en investigación o han abandonado los organismos oficiales referentes tales como la OMS. Lo han hecho EE.UU. y Argentina, este último lugar de origen de la última crisis sanitaria por hantavirus.
La confianza en la ciencia se ha convertido para algunos gobiernos en una cuestión partidista o ideológica, haciendo creer que se trata de un derroche de recursos. La elección del secretario de Sanidad estadounidense, un antivacunas declarado, no es baladí. Robert F. kennedy ha virado el timón 180 grados en política sanitaria tras décadas de consensos.
Eliminar algunas vacunas reducirá coberturas frente a enfermedades, aumentará contagios previsibles y afectará especialmente a los niños con menores recursos
Sin evidencia científica que lo certifique, ha modificado el calendario de vacunación infantil y ha eliminado algunas de las vacunas de las recomendaciones rutinarias. No hay que ser ningún experto para advertir que esto reducirá coberturas frente a enfermedades, aumentará contagios previsibles y afectará especialmente a los niños con menores recursos.
A este otro lado del charco, sin embargo, algo parece que hemos aprendido, y es que no podemos ser tan dependientes de terceros. La soberanía estratégica centra todos los debates en el viejo continente sobre suministros sanitarios, sobre recursos energéticos o la seguridad de Europa.
Otro elemento incómodo es la desigualdad. Con el Covid 19 vimos cómo la maquinaria para encontrar una solución se aceleró a su máxima potencia logrando hitos nunca antes vistos. En estos momentos, una crisis sanitaria de enorme gravedad renace en el corazón de África con el virus del ébola. Hay detectados 500 casos sospechosos y más de 130 muertes, al menos son las cifras que las autoridades han podido contrastar.
Tanto la extensión geográfica como la velocidad a la que se propagan los contagios ha despertado todas las alarmas en la OMS, aunque en la sociedad de occidente no nos parezca que la cosa va con nosotros.
La salud global sigue funcionando bajo una lógica profundamente desigual, donde la capacidad económica pesa más que el principio de solidaridad y por si este principio no fuera suficiente por si solo, recordemos que los virus no conocen de fronteras.