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Estatua de Octavio Augusto en Roma.

Estatua de Octavio Augusto en Roma. Daciana Cristina Visan (Pexels)

Opinión

Progreso y reacción

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A veces, en política, surge la tentación del regreso: la reacción. La izquierda denuncia con frecuencia la condición de reaccionario. Es un sambenito no tan insistente como el de fascista, pero resulta más verosímil, ya que, por supuesto, existen reaccionarios.

La reacción es una obsesión inútil: no hay, en política, ninguna posibilidad de regreso, no hay regreso a ninguna parte. La reacción, más que criticable, es imposible.

No ha habido en la historia un solo proyecto reaccionario que haya conseguido su objetivo: regresar a un estadio histórico anterior. En términos políticos, económicos, jurídicos o morales es imposible regresar al pasado, por más que este suscite añoranza en algunos.

La Edad Media fue una sucesión de reyes francos y alemanes que proclamaban la reconstitución del imperio romano. No importan títulos, denominaciones o ceremonias de coronación o juramento: ninguno de aquellos proyectos logró revivir el imperio de Octavio Augusto. Ni siquiera (seamos posibilistas) los más recientes de Constantino o Justiniano.

Ese proyecto, rigurosamente reaccionario, jamás se saldó con el éxito. Uno entiende la nostalgia de la antigua Roma, incluso siente la de la lengua latina, pero en la historia no hay vuelta atrás, nunca la ha habido.

La cruz de Borgoña, símbolo durante siglos de las unidades terrestres y navales (aún hoy de las aéreas) del ejército español, la trajo Felipe el Hermoso. Quedó relegada con la bandera rojigualda de Carlos III, pero el emblema borgoñón ha revivido varias veces, siempre animado por la misma voluntad de recordarnos un pasado acaso esplendoroso. De nuevo, afán inútil: nunca pensarán o vivirán o vestirán del mismo modo un piquero de los tercios del siglo XVI, un requeté del siglo XIX o un voxista del siglo XXI.

La reacción existe, pero su imputación es indiscriminada. Cualquier conservador o liberal puede recibir semejante apelativo, en una operación dirigida a descalificarlo al margen de ideas o creencias.

La diferencia entre conservadores y liberales, que es real, se difumina por dos causas distintas y complementarias

Como escribió Edmund Burke, el conservadurismo no niega la evolución social, sino que la orienta en función de los valores culturales y religiosos de una sociedad. El liberal, al contrario del conservador, propone una evolución desprejuiciada, liberada de ataduras tradicionales. Y lo que diferencia al liberal del socialista es que este último propone una evolución “dirigida”, y que esa dirección corresponde a los políticos y a su nutrida banda de funcionarios.

La diferencia entre conservadores y liberales, que es real, se difumina por dos causas distintas y complementarias. Por un lado, desde la izquierda, no hay el más mínimo interés en establecer diferencias conceptuales entre sus adversarios. ¿Por qué hacerlas, si es más fácil encajonar a todos en la categoría de fascistas?

La propia derecha desfigura también la diferencia, y no porque quiera introducir a ambos en la misma bolsa electoral sino porque, interiorizado el complejo de inferioridad al que le somete la izquierda, la derecha renuncia a valores más allá de la práctica política diaria.

Recuérdense, al respecto, las palabras del nefasto Mariano Rajoy en un congreso de hace años: que conservadores y liberales se vayan del PP a un partido conservador o liberal. No aspiraba a integrarlos, sino a expulsarlos. Y no hacía un mal cálculo electoral porque, gracias a su responsabilidad, y a la de sujetos como él, la derecha política aspira a desideologizar a su electorado, frente a una izquierda que, muy al contrario, sí está orgullosa de lo que piensa y significa.

El progresismo establece ciertos avances (presuntos avances) y exige que todo el mundo los acepte sin rechistar. Quien no lo haga será por tanto un reaccionario

Una glosa habitual de la izquierda es situar a la derecha en el inmovilismo. Si uno se apropia del “progreso”, ¿qué puede significar el adversario que no sea la reacción?

El progresismo establece ciertos avances (presuntos avances) y exige que todo el mundo los acepte sin rechistar. Quien no lo haga será por tanto un reaccionario.

Pero convendría a este respecto un poco de humildad política: todos (o al menos muchos) queremos que la sociedad avance. Lo que no hacemos es resignarnos a que otros dicten el sentido de ese avance y que a nosotros sólo nos quede la sumisa aceptación.