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Opinión

Versiones de igualdad

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“Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son”. El aserto, atribuido a Abraham Lincoln, es demasiado generoso: ni siquiera al nacer las personas son iguales. Portan distintas marcas genéticas, si no exhiben ya enfermedades, síndromes o deficiencias congénitas.

Ni en el inicio de la vida los seres humanos parten en igualdad de condiciones. Cuanto antes aceptemos la evidencia más margen habrá para, en lo posible, enmendarla.

Somos feos o guapos, altos o bajos; somos seres sensibles o tenemos la sutileza de un ladrillo; nos asaltan resfriados o terribles enfermedades sin remedio; disfrutamos de padres inteligentes y amantísimos o de otros que se pegan y se insultan.

La combinación de variables tiende a infinito: eres feo y listo o eres guapo y tonto. Todavía peor: eres guapo y listo, o eres feo y tonto. Diría que estoy dramatizando si no fuera porque puede y suele ser así.

Un móvil, demuestra ya la experiencia, no puede sustituir a una biblioteca y a unos padres. El móvil “tecnifica” la ignorancia, pero no alivia los lastres culturales de su poseedor, si este no cuenta con una buena educación

He olvidado una dicotomía relevante: eres pobre o rico. En política, es la que más preocupa a los profesionales de la cosa. Se habla mucho de brechas económicas. Con asombro, casi nadie de la brecha cultural.

Algunos confían en que el Estado, con políticos y funcionarios, enmiende el estropicio diario de la desigualdad económica, física y mental. Pero hay que ponerse en lo peor: no ha nacido tecnócrata al que le importe tu suerte más que a ti. Por eso conviene asegurar la igualdad en los dos únicos frentes viables: la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades en la educación.

La igualdad ante la ley tiene numerosos enemigos: es la única igualdad realmente posible. Por eso la detestan los que imaginan que hay otras igualdades a su alcance: todo intento de buscar igualdades imposibles exige violar la igualdad ante la ley.

Pero quería poner la atención en la otra igualdad viable, aunque sea siempre imperfecta y relativa: la igualdad de oportunidades en la educación. La igualdad educativa, en rigor, no es plenamente factible como la igualdad ante la ley, pero sí hay margen para que atenúe las diferencias culturales, que son mucho más profundas (y más terribles) que las diferencias económicas.

Las familias marcan enormes diferencias, pero es obligación de la escuela reducirlas a la mínima expresión. Por eso la disminución de los estándares de exigencia en la escuela pública (hoy también en la concertada) es una implacable condena para las personas más desfavorecidas

La escuela difícilmente podrá igualar del todo al niño de un hogar con padres que practican un lenguaje complejo, conceptos abstractos y variedad de registros, y al niño de un hogar con escasos recursos intelectuales.

Las familias marcan enormes diferencias, pero es obligación de la escuela reducirlas a la mínima expresión. Por eso la disminución de los estándares de exigencia en la escuela pública (hoy también en la concertada) es una implacable condena para las personas más desfavorecidas.

Todas las medidas adoptadas en el campo educativo, desde hace décadas, se dirigen a una pérdida de calidad del servicio. Ahora el fracaso escolar se enmienda bajando los niveles de exigencia. Se permite la promoción de curso y la obtención de títulos con asignaturas suspensas. Con esto el político apaña su gestión, pero remite el fracaso de las personas a un momento posterior: cuando él se vea libre de responsabilidad y cuando más grave sea el fracaso para su víctima.

Los paganos de las medidas demagógicas son siempre las personas más humildes. Por eso una educación exigente es el mejor modo de compensar los lastres de un entorno familiar y social desfavorable.

El descenso de la exigencia educativa, en las familias cultas (y que, en muchas ocasiones, son además más ricas) será solventado por sus propios medios, pero el joven sin estímulos familiares, sin un ambiente amable, está condenado si la escuela no le ayuda. Un móvil, demuestra ya la experiencia, no puede sustituir a una biblioteca y a unos padres. El móvil “tecnifica” la ignorancia, pero no alivia los lastres culturales de su poseedor, si este no cuenta con una buena educación.

Todo nuevo ciudadano necesita una escuela de calidad. Pero sólo el desfavorecido la necesita desesperadamente. Los que desmontan decreto a decreto la calidad del servicio quizás ganen simpatías (y acaso algunos votos) pero lo que deberían ganarse, más bien, es nuestro desprecio.