Una madre y su hijo en una foto de archivo Unsplash
No tengo hijos: caprichos de la biología. Tampoco gatos. Soy de perros.
Pero vivo rodeada de ellas. Madres primerizas, madres entrenadas y madres al cuadrado, o sea, abuelas. A todas, bravo. No hay bouquets de tulipanes ni tarjetas con corazoncitos suficientes para reconocer vuestro papelón en este mundo que os exprime por sistema y resta valor por costumbre.
Otros llevan los mandos del Ibex 35, pero no lo dudéis: esto es más difícil. Asumisteis la gerencia de una pyme 24/7 donde cada necesidad ha de estar cubierta. Las materiales, para empezar. El calendario de vacunas, los estudios, la verdura camuflada en puré de patata, el disfraz de última hora para la función del cole, esas zapatillas que ayer iban justas y hoy ya no entran.
Y luego, las que no se ven pero se sienten como plomo en el pecho. El gobierno de los afectos que vigila el llanto en la cuna, sostiene el naufragio de la primera ruptura amorosa y activa el sexto sentido aunque la chavala ande de colonias por Cuenca.
Psicólogas de guardia
Decir que la maternidad cansa se queda más corto que Marianico. Lo que sentís habita en otro plano de la existencia. Y también está la presión nivel escape room, porque el instinto siempre deambula descifrando pistas: será hambre o gases, ese silencio significa que está leyendo o se tragó el pintauñas de Frozen, se queda este sábado en casa porque quiere o los amigos le dejaron de lado.
Sois proveedoras, psicólogas de guardia, detectives de lo invisible y artificieras de la frustración ajena, continuamente atentas al cable rojo para evitar que el planeta explote porque las mangas molestan o “no me puedes prohibir el concierto”.
Es lógico que, en ocasiones, colapséis, incluso cuando la maternidad fue deseada
Pero además, esa maniobra de equilibrismo extremo, esa intendencia sin convenio, os la echáis al hombro en territorio enemigo: un sistema que os obliga a producir fuera como si no tuvierais prole y a custodiar el hogar como si las facturas se pagaran solas. La conciliación en este país es lo que tiene. Una falacia que obliga a elegir entre el sentimiento de culpa por abandono filial y el ansia de autorrealización.
Y el colmo: encima toca aguantar el sermón de quienes defienden las maternidades de antes. Esa corriente que parecía sepultada por el sentido común y ha regresado a lo grande con un reaccionarismo que da ganas de vomitar o de sacar las tijeras de Lorena Bobbitt.
Todas, las que no parimos y quienes os plantasteis en uno, somos las causantes de que la población envejezca y el primer bebé del año tenga apellido musulmán. Nos señalan con el índice, cuando no lo están usando para rascarse el bajo, por esa manía tan descabellada de querer tener identidad propia al margen del pañal y la cocina, de aspirar a ser algo más que la infraestructura gratuita del Estado.
Lógico que, en ocasiones, colapséis. Incluso cuando la maternidad fue deseada, planificada al milímetro, con estimulación ovárica y péndulo egipcio. Hasta en los momentos de subidón en los que desaparece la sensación de renuncia. Spoiler: siempre la hay.
Al tiempo y a vuestro cuerpo. A las resacas con derecho a sofá, mantita y hamburguesa. A empezar una serie y seguir atentas en el capítulo dos. A hacer el amor donde os pille. O, simplemente, a tener ganas de hacerlo.
Claudicación, incluso, a tener nombre. Porque de pronto ya no os llamáis Lorea, Beatriz o Natalia. Ahora sois la madre de. Así, en genérico, como si todo lo que fuisteis se hubiera archivado en un disco duro del que habéis olvidado la contraseña.
Cuando los polluelos emprenden el vuelo no solo aterriza el silencio, también el estruendo de su egoísmo
Ahora bien, más pronto de lo que pensáis ocurrirá. Llegará el día, si no ha sucedido ya, en que conquistaréis el derecho a evacuar sin que os llamen desde la otra punta del piso ni encontrar el rollo vacío. Al orden en todas y cada una de las habitaciones. A dejar de gritar "los deberes", “la cena”, “las manos”.
A dejar de contar las manchas del techo porque son las cuatro de la mañana y aún no ha sonado la cerradura. A construir un pensamiento completo, de principio a fin, sin interrupciones. La paz con la que soñabais.
La paradoja
Y pasará. La paradoja. Unas cuantas descubriréis que ese nuevo estado vital muerde.
Después de años siendo el eje gravitacional, no sabréis hacia dónde propulsar el cohete ni cómo hacer comida para los únicos ocupantes que quedan en casa. Tal vez dos. Quizá solo vosotras y el cactus.
Les sucedió a nuestras madres. El famoso síndrome del nido vacío y sus consecuencias: cuando al fin el ajetreo amainó, se miraron al espejo y les costó reconocerse. Hasta que, con suerte, lo consiguieron. Me refiero a abrazar ese viejo yo que llevaba siglos aguardando con la copa a medias y el armario por renovar, y entender que llegó su turno.
Nunca será fácil, pero toca ponerse las pilas. Además, seamos claras. Cuando los polluelos emprenden el vuelo, no solo aterriza el silencio. También el estruendo de su egoísmo. Del nuestro. Que no todas seremos madres, pero todas tenemos una. Y sabemos lo que demasiadas veces ocurre.
Para Instagram siempre hay hueco. Para devolver la llamada a mamá, vaya por Dios.
Cuántas urgencias se ponen por delante: el pedido de Amazon, la compra semanal, el gym…
Los hijos ocupados, por no decir ingratos, son un clásico. Pero hay algo peor: los parásitos. Esos que usan a las señoras que tuvieron a bien no abortarles como un abierto 24 horas all inclusive. Para rellenar tuppers, que les froten las zurraspas y volver a la madriguera si pierden su quinto curro. Hombres, casi siempre.
Se puede querer con todo sin desaparecer en el intento
Disfuncionales para la vida, pero especialistas en aprovecharse de la buena voluntad materna y seguir chupando de la teta hasta encontrar a una ingenua que tome el relevo.
Perdón que perdí el hilo. Puro calentón. Retomo donde lo dejé. En el nido que se vacía y el vínculo que permanece. Porque vuestro niño puede tener 50 años y presidir una financiera, pero el oficio no caduca: le seguiréis diciendo que se ponga chaquetica que refresca, guardareis el plato un rato más por si consigue liberarse de la oficina y despertareis antes de que llame porque sentisteis que algo ha sucedido.
Y eso es bonito, mucho. Seguir ahí, remendando en la distancia, conteniendo desde el silencio, reprimiéndoos para no mandar el tercer whatsapp del día y que os llamen pesadas. Pero qué maravilla aprender a ser vosotras mismas después de décadas siendo de otros. Apuntaros a la dichosa clase de cerámica. Ver a las amigas tres tardes por semana. Viajar donde antes no se pudo.
Y de paso, abrir camino a las nuevas generaciones. Para que algunas no tengan que aprenderlo tarde: se puede querer con todo sin desaparecer en el intento.
En serio. Una mujer entera vale más que una madre agotada. Deberíais buscar momentos para poneros en primer lugar. No es egoísmo. Es el mejor legado que podéis construir juntas: las felices y las que coleccionáis dudas, las satisfechas y las arrepentidas, las de teta y las de biberón, las de colecho y las de walkie talkie.
Os merecéis un primer domingo de mayo cargado de abrazos y libre de penitencias
Además, ahí estaremos el resto para hacer red. Vuestras parejas, si tenéis y descubrieron el secreto de la corresponsabilidad. Y, desde luego, nosotras: tías, amigas, profesoras, vecinas. Las que no tuvimos hijos y estaremos encantadas de enseñar matemáticas, jugar a las casitas, preparar macarrones y sacaros del apuro cada vez que el mundo se os venga encima. Listas para eso, y también para compartir vuestra felicidad.
Porque, por supuesto, bajo el ruido del día a día palpita un amor diferente a lo hasta ese momento conocido. Tan profundo que no sois capaces de describir. Tan visceral, que se cuela en los detalles más minúsculos: los besos con sabor a Gusanitos, un “te quiero” sin apartar la vista de los dibujos animados, cuando el primer mensaje al salir de la entrevista de trabajo es para mamá.
Y tan transformador, que descubre cosas de vosotras que ignorabais. ¿Por ejemplo? La paciencia al volver a explicar por qué el cielo es azul, la fuerza para trabajar tras cuatro noches de llantos y diarreas o, bien lo sabéis, la capacidad de perdonar la mala contestación de quien se cree el más listo pero necesita refugio.
No sé, seguramente todo esto era para decir que os lo merecéis: un primer domingo de mayo cargado de abrazos y libre de penitencias. Y, más aún, la ovación del público. Sois amas. Sí. Las verdaderas amas de la barraca.