El presidente del PNV, Aitor Esteban (i) y el lehendakari Imanol Pradales (d), saludan en su llegada al mitin que el PNV ha organizado este domingo en Durango.
La ratonera
Fue el PNV, en junio de 2018, quien decidió la suerte de Pedro Sánchez y, de algún modo, la nuestra
Pedro Sánchez accedió a la Moncloa cuando el PSOE, Podemos y un variopinto ramillete de fuerzas políticas le permitieron saldar con éxito una moción de censura contra Mariano Rajoy. El PNV acababa de aprobar los presupuestos de Rajoy y fue su cambio de criterio el que decidió la suerte de la moción.
Desde entonces, y protagonizando toda clase de fenómenos paranormales, Pedro Sánchez sigue en la Moncloa. Perdió las últimas elecciones; no ha conseguido aprobar en el mandato unos presupuestos generales; no aparece por una de las cámaras legislativas, que le es manifiestamente hostil; no cuenta con apoyo para aprobar nuevas leyes; gobierna mediante decreto-ley; sacrifica a ministros leales enviándolos a aventuras imposibles; obliga a su partido a perder más y más poder territorial; coloniza ideológicamente altas instancias del Estado; y tiene a sus espaldas una hilera de responsables políticos, antaño amigos, condenados por corrupción y con franca vocación prostibularia. Orillemos hoy al expresidente Zapatero, por prudencia procesal, o indulgencia moral.
Siendo todo esto conocido, apenas se recuerda la evidencia del principio: fue el PNV, en junio de 2018, quien decidió la suerte de Pedro Sánchez y, de algún modo, la nuestra. Hay que recordar las palabras del entonces portavoz del PNV en el Congreso y actual presidente del EBB: la sentencia de la trama Gurtel “tiene un indudable impacto”, y el PNV cambió el sentido de su voto “por ética”.
Por alguna razón, la ética rigurosa que guio al PNV entonces se ha convertido en la ética flexible de una pértiga de fibra de carbono. A veces, a modo de autodefensa, el PNV sustituye la ética por la táctica: si el PP era entonces un pozo de corrupción, ahora es aliado de Vox. Siendo así, no hay ética que valga. Y aún maneja advertencias retóricas frente a Sánchez, pero todo el mundo sabe que no moverá un dedo en su contra.
A medio plazo, el PNV puede ver condicionado su futuro hasta un punto inimaginable: la recomposición del tablero político se ha convertido, para la formación jeltzale, en una auténtica ratonera. Su conversión al socialismo democrático (y la moderación a la que, a trancas y barrancas, va llegando EHBildu) le lleva a competir con partidos similares. Del PSE le separa solo la cuestión nacional; de EHBildu ni siquiera eso.
Había una enorme diferencia entre un partido democrático como el PNV y otro que vomitaba falacias cuando ETA asesinaba policías, empresarios, concejales, jueces o periodistas, pero la “memoria histórica” se está encargando de diluir esa diferencia a velocidad de vértigo. A ello contribuye que la izquierda abertzale maneja en exclusiva el decorado simbólico de Euskadi.
El PNV es el partido de la amama. No importa que la amama fuera de misa diaria y el PNV se muestre ahora encendidamente abortista: sigue siendo el partido de la amama. Votarle conlleva, para muchos, una suerte de fidelidad sentimental
El coste de la aventura que emprendió el PNV en junio de 2018 es difícil de calcular. En las últimas elecciones generales, perdió más de 100.000 votos. Fue primer partido en Bizkaia (pero con el PSOE pisándole los talones), tercer partido en Gipuzkoa y cuarto partido en Álava. Daba pena Andoni Ortuzar, en la noche electoral, haciendo contorsiones para afirmar que el PNV lidera este país.
En un contexto tan complicado, un solo elemento, pero de singular eficacia, juega a favor del PNV: que gran parte de su voto tiene inspiración sentimental, emocional, incluso familiar. El PNV es el partido de la amama. No importa que la amama fuera de misa diaria y el PNV se muestre ahora encendidamente abortista: sigue siendo el partido de la amama. Votarle conlleva, para muchos, una suerte de fidelidad sentimental.
Ese naipe poderoso funciona aún sobre el tapete. La prueba es que del considerable número de votantes que el PNV perdió en las últimas elecciones una mayoría de desplazó a la abstención, como si, sintiéndose traicionados, se resistieran a pagarle con la misma moneda.
El PNV debe explotar a fondo esa carta emocional porque, en términos ideológicos, ante las otras dos versiones de socialdemocracia, nada de original, renovador o distintivo puede exhibir. El día en que cambie el inquilino de Ajuria Enea (no antes) los jeltzales se encontrarán en una dramática crisis de identidad. Falta tiempo para que eso ocurra. En todo caso ocurrirá.