Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal en un acto oficial.
¿Ha perdido Alberto Núñez Feijóo una oportunidad, la última quizá antes de ir a elecciones, de recuperar sintonía con el centro-derecha catalán? Yo diría que no porque no la ha buscado, sino al contrario, da la impresión de que ha ido esta semana a Cataluña a comunicar a ese centro-derecha que no cuenta para su proyecto de gobierno.
El partido de Feijóo siempre ha tenido una relación extraña con el centro-derecha en Euskadi (PNV) y Cataluña (CiU-UDC y ahora Junts). Esos centro-derecha vasco y catalán proceden de la oposición al franquismo, mientras que el PP nunca completó debidamente una ruptura con el pasado que, sobre todo por la vía de Alianza Popular, le unía con el régimen.
Como fue este partido y no la UCD quien acabó generando la derecha española actual, siempre ha arrastrado consigo ese lastre que en ocasiones se muestra pertinaz.
Las mayorías absolutas del PP de 2000 y 2011 fueron de algo más de 180 diputados y hoy la mayor parte de las encuestas sitúan a la derecha por debajo de los 150 escaños. El resto lo tiene Vox, y el dilema que este dato plantea parece haber sido ya despejado por la derecha española
En el pasado reciente, sin embargo, la derecha española sí ha llegado a mantener relaciones políticas estables con nacionalistas vascos y catalanes. Las tuvo, y muy buenas, Adolfo Suárez, pero también José María Aznar en su primer gobierno sin mayoría absoluta.
Memorables son aquellas alubias con almejas que sirvieron a Xabier Arzalluz para certificar que el castellano (pero de orígenes navarros) era de fiar y los pinitos del líder popular en la lengua de Ausiàs March, bien que fuera en la intimidad.
Derechas vasca, catalana y española supieron llevarlo más o menos bien hasta que en el año 2000 el PP obtuvo 183 diputados y si te he visto no me acuerdo. Con Rajoy en 2016 (y todavía sin Vox en el Congreso) la relación estaba ya muy descafeinada. Con el procés en marcha desde 2013, el PP pudo contar solo con el PNV para aprobar presupuestos poco antes de ser defenestrado Rajoy en 2018, también con los votos del centro-derecha vasco.
Puede que ahora esté ocurriendo más o menos lo mismo. Las mayorías absolutas del PP de 2000 y 2011 fueron de algo más de 180 diputados y hoy la mayor parte de las encuestas sitúan a la derecha por debajo de los 150 escaños. El resto lo tiene Vox, y el dilema que este dato plantea parece haber sido ya despejado por la derecha española.
Quizá no fuera la idea original de Núñez Feijóo cuando alcanzó el liderazgo del partido tras la trece catorce que Isabel Díaz Ayuso hizo a la dirección de Pablo Casado en abril de 2022. Detrás del operativo se encontraba el inefable Miguel Ángel Rodríguez, hombre de campo, pero en la inspiración política de aquel tour de force estaba el aznarato.
Ni a Aznar ni a Federico Jiménez Losantos les gustaba aquel muchacho que le había leído dos años antes la cartilla a Santiago Abascal. Por cierto, que arrancó espetándole una verdad como un puño: se había pasado Abascal quince años viviendo de mamandurrias al abrigo del PP antes de romper el partido.
Alberto Núñez Feijóo tomó muy buena nota del rapapolvo que Jiménez Losantos le propinó cuando, a su llegada a Madrid, se mostró cercano a los nacionalistas de la periferia (el “bilingüismo amable”) y lejano a Vox. Cambia de rumbo o te vas
La opción de la derecha que se ponía al mando del PP y que ungió al líder gallego era hacer como si el PP siguiera existiendo solo que con dos grupos, ellos y Vox, el residuo franquista del que nunca se habían desprendido.
Cierto que a Vox de franquista le queda solo algo decorativo, pues ha sabido muy bien entender cómo funciona hoy la extrema derecha. Como entre otros postulados esta extrema derecha defiende un etnonacionalismo, español por supuesto, resulta bastante incompatible con las derechas nacionalistas vascas y catalana. O ellos o Vox.
Alberto Núñez Feijóo tomó muy buena nota del rapapolvo que Jiménez Losantos le propinó cuando, a su llegada a Madrid, se mostró cercano a los nacionalistas de la periferia (el “bilingüismo amable”) y lejano a Vox. Cambia de rumbo o te vas, ese era el mensaje y dicho y hecho, bajo su mandato el partido más que nunca fía su futuro a una coalición con la extrema derecha. Las cuentas les salen, al menos en la teoría que siempre son las encuestas.
El líder gallego ha ido a Barcelona a presentar al empresariado catalán del Cercle d’Economia este PP, el que irá ya decididamente con Vox al gobierno de España. De ahí que les haya dejado tan fríos, ellos que pensaban que había esperanza para volver a los años noventa. No la hay. Al lado de ese PP que Feijóo presentó en Cataluña, Illa es la moderación en persona, con todo y el procés metabolizado.