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Una turista consultando un mapa

Una turista consultando un mapa Pixabay

Opinión

El turismo como apropiación

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Con la llegada del verano se refuerza una de las inclinaciones más afanosas de nuestro tiempo: viajar. Pronuncio el verbo con prevención supersticiosa. No me cuesta decir que no me gusta demasiado ese ejercicio.

La gente pone los ojos como platos ante semejante confesión. Asoma, en primer lugar, la incredulidad; si insisto, la conmiseración. Que no me guste viajar denuncia mi pobreza de espíritu, mi escasa vitalidad, acaso mi condición de ser aburrido, monótono y rutinario.

Si alguien me describe su última ascensión en globo siento un poco de vergüenza: no puedo corresponder con el relato de un vuelto en ala delta.

Que no me guste viajar denuncia mi pobreza de espíritu, mi escasa vitalidad

Cuando alguien transmite su fascinación por los hoteles de las islas Maldivas (donde abres el ojo y desde la cama ves, por una cristalera en el piso, peces tropicales, tortugas marinas y acaso algún pequeño cetáceo) me sonrojo porque apenas puedo contraponer mi afición al sesteo estival en un pueblo de La Rioja. Nunca estoy a la altura de sus fotos y eso pulveriza la imagen que tienen de mí.

Puedo jurar que he estado en Londres, París o Lisboa. Ciertas playas lejanas no me son desconocidas. He viajado poco pero he viajado. Lo he hecho por trabajo y por placer. Hay una tercera opción en la que me sitúo con frecuencia: lo he hecho para evitar una demanda de divorcio.

Esa hoja de servicios, relativamente digna, no me salva. Si la conversación sobre los viajes se prolonga, acabo confesando mi espantosa verdad: que una de las noches más terribles de mi vida aconteció en Madrid.

Jamás podré olvidarla. Llovía cruelmente; se avecinaba, con adelanto, el cambio de hora; debíamos tomar un vuelo a las 7 de la mañana; haríamos escala en Roma; tomaríamos un nuevo vuelo a Nueva York; e iba a dejar el coche en manos de un desconocido cuyos servicios habíamos contratado a distancia.

Ciertas playas lejanas no me son desconocidas. He viajado poco pero he viajado. Lo he hecho por trabajo y por placer

Sé que para cualquier viajero todo eso es puro costumbrismo, pero dudo que un girondino, cuando lo llevaran en carromato a la Plaza de la Concordia para ser guillotinado, se sintiera peor que yo aquella noche atroz que pasé en blanco, con el corazón oprimido por garras invisibles.

Me asombra que mucha gente deba huir de su vida privada para pasarlo bien. ¿Acaso viven a diario en un infierno? Se ponen tristes cuando, entre trabajo y viaje, les quedan un par de días perdidos, un par de días en casa, sin nada que hacer.

Debe de ser duro concebir tu hogar como un espacio vacío cuya única justificación es pasar las noches que preceden a los días en que vas a trabajar.

Hay otra necesidad mucho más poderosa que potencia el turismo: la apropiación. En cierto modo, el que viaja se apropia del lugar que visita. El que ha hollado Buenos Aires, Tasmania o Vladivostok almacena ese lugar en su particular carpeta de recuerdos.

Debe de ser duro concebir tu hogar como un espacio vacío cuya única justificación es pasar las noches que preceden a los días en que vas a trabajar

El ser humano, a lo largo de la historia, ha peleado por distintas formas de preeminencia social. Con el tiempo (y por fortuna) esa preeminencia excluye ya la fuerza física, pero no formas de superioridad económica. La modernidad ha incorporado el turismo al catálogo de espacios de emulación.

Por supuesto, mucha gente gusta realmente del viaje. Aún más, hay gente que hace del viaje una empresa interesante, enriquecedora, y regresa del lugar más alejado de la tierra (o de una aldea cercana pero desconocida) con observaciones y comentarios interesantes.

He disfrutado con esas personas y sus relatos. Pero el interés no está tanto en el exotismo del lugar referido como en la agudeza del observador, en su capacidad para desdoblar la realidad y acceder a matices no evidentes.

Hay gente que hace del viaje una empresa interesante, enriquecedora, y regresa del lugar más alejado de la tierra con observaciones y comentarios interesantes

En cierta ocasión, un turista me relató su último viaje a Egipto. "Egipto, qué maravilla", dijo, "me fascina Egipto: sus monumentos, su cultura…". Yo siempre he sido un ingenuo.

Por ejemplo, tiendo a imaginar que la gente, cuando habla, dice la verdad. "¿De veras?", repliqué, "¿Visteis alguna iglesia? ¿Cómo es la situación de los coptos en estos momentos?". El otro abrió mucho los ojos, poseído por alguna clase de asombro. "¿Los coptos? ¿Quiénes son los coptos?".

A mí también me fascina Egipto: sus monumentos, su cultura… Pero no tanto como los turistas inquietos y curiosos que suelen visitarlo.