Marjane Satrapi.
Vas a morir. Con suerte, a los ochenta y tantos por pura obsolescencia. Antes, si se da la fatalidad de pasar bajo una maceta de geranios una tarde de viento o tocar donde previamente tosió el paciente cero del virus no sé qué. En todo caso: edad, accidente, enfermedad. Una, o dos, de tres. Eso dicta la lógica. Y tú lo eres, una persona normal y corriente a la que le suceden cosas comunes.
No como ella. Marjane Satrapi.
La artista francoiraní, internacionalmente conocida por “Persépolis”, ha fallecido de tristeza apenas un año después de perder a su compañero de vida. Cuando leí el titular, me revolví. Es un desenlace bastante marciano. Casi, casi, sacrilegio: acabar como Isolda en la era de las pantallas frías y la memoria corta.
Hoy todo lo que rechina a novelero e incondicional, a vínculo sellado con Loctite, se observa con recelo. Qué es eso de hacer puenting de la mano solo porque es el sueño de tu pareja, si te da vértigo una entreplanta. A qué viene mudarse a una ciudad feísima, Charleroi mismamente, para seguirle en sus aspiraciones laborales. Cómo vas a poner “Sin ti no soy nada”, de Amaral, en la entrada nupcial. O llorar 19 días y 500 noches cuando te deja por whatsapp.
Si quieres o sufres más de lo que estipula el actual convenio del amor propio, ese tratado inventado un domingo de resaca por los mismos autores que Tinder, ya sabes el diagnóstico. Eres dependiente, cicuta concentrada, una persona endeble incapaz de gestionar su individualidad. ¿A qué esperas para pedir cita con psicología y trabajar el desapego?
Me atrevo a pensar que la última línea en la historia de Satrapi abre una grieta de esas por las que pasa la luz, deslumbra los miedos y revela la verdad
Yo siempre me he sentido algo fuera de cronología por esconder notitas cariñosas en los cajones y llorar hasta en las bodas de gente que veo de Pascuas a Ramos. O quizá es que me falta una caja entera de tornillos. A fin de cuentas, haber encanecido de la noche a la mañana junto a un narcisista y, aun así, volver a sentir ganas de compartir sofá, proyectos y pedos con un señor, no se explica.
Lo mío carece aparentemente de sentido. Per se y porque vivimos en tiempos de dejar fluir, desechar en cuanto caduca la adrenalina y poner por delante de una relación hasta el skincare de antes de dormir. Así que, por mismo motivo, el final de Satrapi ha provocado en el personal una confusión incómoda.
Marjane ha abandonado el mundo a los 56 porque ningún motor funciona sin bujía y la suya se la había llevado Mattias. Demasiado para el siglo de los amores líquidos. Pero es que además no le pega. Ella era diametralmente opuesta a la dama de las camelias. Una tía dura con el cigarro en la boca y los pies en la tierra, icono femenino de resistencia, capaz de plantar cara a las amenazas de muerte de Irán y mandar a hacer gárgaras a Emmanuel Macrón con su medallita.
Esta semana debería de haberme sumado al columnismo patrio para incendiar La Casita de Bad Bunny, llamarada no faltaba, pero el drama gana. Y aquí estoy, intentando encontrar respuestas sin caer en una oda al XIX
Supongo que se necesita un corazón de acero para sostener la mirada a la hipocresía de Occidente y al fanatismo que intenta aterrorizarte mientras calcina el progreso. Y, a la vez, un afecto terriblemente puro, enraizado a las entrañas del otro, para apagar el latido cuando el lado opuesto de la cama amanece frío uno y otro y otro día más durante 14 meses.
Cierto. Esta semana debería de haberme sumado al columnismo patrio para incendiar La Casita de Bad Bunny, llamarada no faltaba, pero el drama gana. Y aquí estoy, intentando encontrar respuestas sin caer en una oda al XIX.
Me encantaría volver a ser la adolescente que devoraba las novelas de las hermanas Brontë para concluir que Satrapi no murió de debilidad ni de dependencia, sino de incondicionalidad. Y así, considerar el hecho la mayor revolución imaginable en este mundo adicto al consumo rápido de proteínas, reels y ligues. Solo que no he conocido hombre en el planeta Tierra merecedor de tamaño sacrificio y tampoco se me ocurriría romantizar una pena letal.
En cambio, me atrevo a pensar que la última línea en la historia de Satrapi abre una grieta de esas por las que pasa la luz, deslumbra los miedos y revela la verdad. A fuerza de protegernos del dolor, vamos camino de rebajar la relación de pareja a una transacción segura: un hasta que el aburrimiento nos separe o interfiera con la rutina del gym, blindando el ego a costa de vaciar el pecho donde Cupido clavaba sus flechas. Y eso sí que es trágico.
No sé, seguramente quiero decir que la vida se hace eterna de lunes a viernes, pero en realidad dura un parpadeo. Para qué la vas a pasar escatimando las dosis de entrega, como si a cambio te exigieran un riñón o la contraseña de Netflix. Ya que te quedan tres telediarios, mejor morir de amor (y con Camilo Sesto sonando en el funeral) que atropellado por un patinete sin carnet a la salida del geriátrico. Creo.