Chupinazo Sanfermines 2026 / EFE
Respeto en las fiestas o fiestas con respeto. Una combinación que hay que seguir reclamando, aunque sea triste. San Fermín da el pistoletazo de salida al rosario de fiestas que tienen lugar en la época estival en pueblos y ciudades de nuestro entorno.
El aviso a la necesidad de tener la fiesta en paz y nunca mejor dicho, y de que impere por encima de todo el respeto, para que todos y todas puedan, podamos disfrutar de la fiesta, viene siendo una constante en los últimos años.
La llamada empieza en los días previos a las fiestas de la capital navarra, y se centra sobre todo en evitar los abusos sexuales, y se mantiene en todas las celebraciones. Desgraciadamente y a pesar de la información, la concienciación y los ruegos, este puede ser otro verano en el que tengamos que hablar de denuncias de mujeres por comportamientos deplorables por parte de algunos hombres. De hecho, ya en la primera noche de las fiestas de Pamplona se computaron dos detenidos por presuntos delitos sexuales.
A la justicia le sigue faltando agilidad y, en más de un caso, empatía y tacto
Se cumplen precisamente estas fiestas de San Fermín, diez años del caso de “La Manada” que supuso, sin duda, un antes y un después en lo que a la violencia sexual se refiere. Aquellos asquerosos hechos denunciados y condenados fueron un auténtico revulsivo en muchos aspectos. Como sociedad, desde entonces somos aún más conscientes, si cabe, de las situaciones que, amparándose en la fiesta, sufren algunas mujeres. Fue precisamente la sociedad al grito de “Yo sí te creo”, en un movimiento antes nunca visto, la que logró remover conciencias y formas de actuar ancladas en el pleistoceno.
10 años después, y con cientos de denuncias más interpuestas por violencia sexual, es evidente que cada vez callamos menos, que a pesar de todo y sobre todo, a pesar de las reiteradas revictimizaciones que sigue sufriendo la víctima, denunciamos. Sí, lo hacemos, aunque tengamos que ser nosotras quienes sistemáticamente tenemos que demostrar los hechos. Así lo vivió la víctima de “La Manada”, señalada una y otra vez por propios y extraños, en un largo proceso judicial. Aquella joven de 18 años entonces tuvo que soportar la fiscalización íntegra de su vida, antes, durante y después de los hechos. Un calvario que no se merece nadie, y menos una víctima.
Por supuesto, también hay un antes y un después de aquel caso para la justicia. Mientras en Navarra se tildaba el delito de abuso sexual, finalmente otras instancias reconocieron que se trató de una violación en grupo. Costó, pero se logró y evidentemente se tradujo en penas mayores.
Aun así, a la justicia le sigue faltando agilidad y, en más de un caso, empatía y tacto. Eso que algunos juristas justifican, amparándose en la aplicación de la ley, es lo que hace que las denuncias no sean más, porque los plazos son disuasorios, porque con vivir las cosas una vez, hay mujeres que ya lo consideran más que suficiente y porque a veces la víctima queda totalmente desamparada y eso es inasumible.
Han empezado las fiestas. Y han empezado las denuncias
En el proceso de esta década, se ha puesto en marcha también, y no sin polémica, la ley del consentimiento, conocida como la ley del “sí es sí”, con el objetivo no siempre fácil de que, sin un sí claro y expreso, no hay consentimiento.
Hemos avanzado, pero los pasos son tan lentos y lastimosos que generan desazón y tristeza. Aun así, hay que seguir peleando para conseguir avances. Se lo debemos a quienes han tenido la valentía de ir por delante en esta incansable lucha, y han pagado una factura tremenda.
Han empezado las fiestas. Y han empezado las denuncias. Parece que los llamamientos al respeto y a disfrutar de la fiesta sin agresiones no sirven para algunos. Pero los que no quieren oír, los que abusan, deben saber que nos van a encontrar en frente. Que la mayoría de la sociedad es absolutamente contraria a estos comportamientos asquerosos que ya no tienen cabida, y que vamos a seguir denunciando.
Las fiestas son para todos y el respeto es un requerimiento mínimo. Quien no lo ejerce no puede compartir espacio con el resto y, si la educación no es suficiente, hay que aplicar lo punitivo.
Tengamos la fiesta en paz.