El expresidente del Gobierno Mariano Rajoy en una imagen de archivo Efe
El fútbol lleva décadas siendo un terreno fértil para las exageraciones. En torno a un balón se construyen epopeyas nacionales, rivalidades históricas y discursos patrióticos que rara vez sobreviven al pitido final.
Sin embargo, hay ocasiones en las que el partido deja de jugarse sobre el césped y se traslada al terreno de la política. Eso es precisamente lo que ha ocurrido tras el artículo del expresidente, Mariano Rajoy, sobre la selección francesa que trasciende al resultado del choque entre España y Francia.
La frase era breve, pero cargada de significado: Francia tiene una selección de "altísimo nivel, eso sí, sin franceses".
Bastó esa afirmación para desencadenar una tormenta diplomática que llegó hasta el Gobierno de Emmanuel Macron, obligó al Ejecutivo español a desmarcarse públicamente y ha abierto un intenso debate sobre identidad, inmigración y responsabilidad institucional.
¿Quién decide quién es francés? ¿El lugar de nacimiento? ¿El origen de los padres? ¿El color de la piel?
La cuestión va mucho más allá del fútbol. Lo que realmente está en discusión es la idea de ciudadanía. ¿Quién decide quién es francés? ¿El lugar de nacimiento? ¿El origen de los padres? ¿El color de la piel? ¿O la nacionalidad reconocida por un Estado? Un debate que se ha desencadenado en plena tormenta política sobre migración y la regularización extraordinaria, la identidad cristiana de Europa defendida por las derechas y la ultraderecha, así como, la prevalencia de la blanquitud que nos lleva a una teoría ultraconocida como la del gran reemplazo.
Cómo habrá sido el despropósito que hasta el partido de la líder de ultraderecha francesa Marine Le Pen ha salido al paso para llamar racista a Rajoy. Julien Odoul, diputado de la Asamblea francesa por Reagrupament National, se ha referido en los medios galos como escandalosas, vergonzosas y lamentables lo escrito por el expresidente. Porque serán muy reaccionarios, pero los franceses otra cosa no, a chovinistas no les gana nadie.
Quienes han ocupado las más altas responsabilidades públicas deberían ser conscientes de que una frase que no va más allá de un chascarrillo en palabras puede alimentar debates que trascienden con mucho la rivalidad
Europa atraviesa un momento especialmente sensible en todo lo relacionado con la inmigración, la identidad nacional y el auge de discursos excluyentes. En ese contexto, quienes han ocupado las más altas responsabilidades públicas deberían ser conscientes de que una frase que no va más allá de un chascarrillo en palabras de Borja Sémper, portavoz nacional del Partido Popular, puede alimentar debates que trascienden con mucho la rivalidad entre dos selecciones.
Ni disculpas ni rectificación por parte de Rajoy, y tampoco desmarque o desautorización de la dirección actual del partido que ha elegido la estrategia del patadón y para adelante.
No es una cuestión de corrección política, eso solo lo reduciría a una explicación demasiado cómoda. Un expresidente del Gobierno de España no escribe como un ciudadano cualquiera. Sus palabras conservan un peso institucional incluso después de abandonar el cargo.
La diferencia entre una opinión personal y una posición nacional puede desdibujarse con facilidad
En política exterior, la diferencia entre una opinión personal y una posición nacional puede desdibujarse con facilidad, especialmente cuando la declaración trasciende las fronteras.
Quizá la mayor enseñanza sobre esta polémica sea que la diplomacia ya no depende únicamente de embajadores y cancillerías. Hoy también se juega en columnas de opinión, entrevistas y redes sociales.
Cuando quienes hablan representan, aunque sea de forma simbólica, a un Estado entero, la frontera entre la libertad de expresión y la responsabilidad institucional se vuelve más estrecha que nunca.
Además, si sumamos el pestilente racismo de la frase desacomplejada, digna de una barra de bar a las tantas de la madrugada aromatizada con whisky barato, retrata a quien por escrito se ha deslenguado para dejarnos ver quién hay detrás.
Los partidos de fútbol terminan a los noventa minutos, las palabras, en cambio, pueden seguir jugando durante mucho más tiempo para acabar derrotándote.