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Federico García Lorca.

Federico García Lorca. EFE

Opinión

¿Qué hacemos con la generación del 27?

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El nonagésimo aniversario del asesinato de Federico García Lorca ha servido para levantar un palmo más la pared entre españoles y recordarles que la cultura no está a salvo del guerracivilismo reinante, sino precisamente a su servicio.

Y es que, para algunos, ese ejercicio de memoria desemboca en una conclusión estrictamente política: que García Lorca no es de todos, ni siquiera de aquellos que gusten de su obra. García Lorca pertenece a la izquierda y no a los fascistas (lo que sea que albergue ese término: alrededor del 50%, o más, de la ciudadanía española). En suma, nadie puede ni debe reivindicar a Lorca si no cuenta con el pedigrí correspondiente.

Hubo gente que lo vio de esa manera el pasado 18 de agosto y se encargó de subrayarlo en medios de comunicación y redes sociales. Curiosamente, casi todos los que recordaron (de esa manera) el asesinato de Lorca no tuvieron tiempo de recordar también su obra: cuando un escritor se convierte en instrumento (ya sea víctima o verdugo) lo que haya escrito cuenta bastante poco.

"García Lorca fue una víctima del franquismo y la historia de su denuncia, detención y asesinato es bien conocida"

Por supuesto, no se trata de negar la historia. Tampoco de orillarla. No se trata de urdir biografías neutrales ni olvidar hechos execrables. García Lorca fue una víctima del franquismo y la historia de su denuncia, detención y asesinato es bien conocida. El siniestro personaje que activó ese proceso, Ramón Ruiz Alonso, terminó sus días en Estados Unidos porque, con la llegada de la democracia, los medios de comunicación empezaron a buscarle.

Desde luego, no hay asesinatos más o menos condenables, pero el de Lorca reúne, en términos simbólicos, características extraordinarias y retrata la dictadura de Franco. Por mucho que Luis Rosales o Dionisio Ridruejo apartaran al delator del aparato del Estado, eso ni absuelve al régimen de Franco ni atenúa su responsabilidad.

Durante la democracia nadie ha silenciado, ni disimulado, ni maquillado el trágico fin del poeta granadino. Nadie pudo (ni quiso) edulcorar lo que fue un crimen repugnante. Pero lo que ahora ha cambiado es la intencionalidad política del recuerdo: este sí es un fenómeno reciente.

Por alguna extraña razón, si el final de la violencia terrorista se acompaña en Euskadi de una retórica enternecedora (cerrar heridas, reconocer todos los daños, condenar todas las violencias…) esa retórica está radicalmente proscrita al hablar sobre una guerra civil que ocurrió hace casi un siglo, y cuyas heridas, ya cerradas, se han abierto de nuevo con el declarado propósito de convertir a los adversarios políticos de hoy en imperdonables enemigos.

"Los agentes políticos que azuzan esta visión de la cultura tienen un auténtico desafío a corto plazo"

Pero los agentes políticos que azuzan esta visión de la cultura tienen un auténtico desafío a corto plazo. El próximo año se celebrará el centenario de la Generación del 27. ¿Qué hacemos con ella? En el grupo asoman escritores firmemente comprometidos con partidos republicanos (Alberti, Bergamín), escritores exiliados por su profundo desacuerdo con el régimen franquista (Salinas, Guillén, Cernuda), escritores que se sumieron en un exilio interior y evitaron cualquier oposición al franquismo (Aleixandre), escritores que sirvieron sin recato en altas instituciones del Estado (Dámaso Alonso) y escritores que claramente simpatizaron con el régimen de Franco (Gerardo Diego).

¿Cómo afrontarán los sectarios la conmemoración del centenario de una de las generaciones más brillantes de la literatura española? ¿Ensalzarán a autores concretos? ¿Silenciarán a otros?

Hay que ser muy sectario para imaginar que Pablo Neruda “pertenece” a los comunistas y Gilbert K. Chesterton a los católicos. O, en términos simétricos (y aún más dramáticos) que Antonio Machado pertenece a la izquierda y Manuel Machado pertenece a la derecha.

Con el recuerdo de García Lorca hemos recibido una grosera indigestión de sectarismo. Ojalá en el centenario de la Generación del 27 alguien vea una oportunidad para obrar en sentido contrario y no solo dejar de levantar paredes aún más altas, sino derribarlas para siempre.