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Aquel 22 de febrero de 2000 Fernando Buesa le dijo a su hija menor, Sara, que tenía frío. Este 22 de febrero de 2025 ella contaba en el acto In Memoriam que "ahí fuera todavía hace mucho frío" en referencia a que en la sociedad vasca aún hay personas, muchas, sin duda demasiadas, que no sienten empatía o calidez por las víctimas del terrorismo.

Aquel 22 de febrero de 2000 un estallido quebró la tarde y el caminar de los pasos en Vitoria, como recordaba el documental de Elías Querejeta sobre el asesinato de Buesa y del ertzaina que le escoltaba, Jorge Díez Elorza. Este 22 de febrero el padre del agente, José Antonio, recordaba que se habían encontrado pocos minutos antes del atentado. "Tengo que llamarte, papá". Pero los asesinos, ahora en tercer grado, también quebraron esa llamada nunca hecha. 

Aquel 22 de febrero de 2000 yo estudiaba para un examen cuando mi madre me avisó porque en la tele interrumpieron la programación para informar del atentado. Recuerdo pegarme al televisor, junto a mi padre, que hoy también vaga en la oscura penumbra del más allá, para informarnos de lo que había pasado. 

No podía vaticinar entonces que el pasado sábado estaría hablando con Sara, con José Antonio, con Nati o con Eduardo. Vidas que se cruzan. Acaso destinos entrelazados por el azar. Quizás sólo ríos que confluyen en un mar de bellos sufrimientos. Pero, sea como fuere, lo importante es que estábamos allí, escuchando testimonios de los que dejan cicatrices necesarias. 

En el escenario se habló de la soledad de quienes protestaban contra los atentados, de las crueles llamadas a las casas de las víctimas ya asesinadas, del calvario que vivieron los dueños de la librería Lagun, de los casos silenciados de terrorismo de estado o tortura, de la perenne exaltación de los terroristas en el espacio público, del desconocimiento de los más jóvenes en la actualidad...

Aquellos días de febrero ETA arrebató dos vidas (o muchas, porque las existencias de sus familiares también fueron robadas) y volvió a dinamitar la convivencia en Euskadi. Hoy, cinco lustros después, "estamos mucho mejor, pero la mentalidad de tribu, los rescoldos del odio y la exclusión del otro persisten", como nos explicó Sara, toda ella luz, clarividencia y compasión. 

Todo es distinto tanto tiempo después, claro. Aunque hay cosas demasiado parecidas, si se mira con la profundidad que otorga la experiencia. Uno piensa que, en el fondo, seguimos inmersos en la misma noche que hace ennegrecer los mismos árboles. Pero en la Euskadi actual no se estila hablar así, no vaya a ser que molestemos a esos nuevos demócratas de camisa blanca que parecen merecer sólo nuestro premio. 

De la mano de Sara, que como cada año convirtió este homenaje en una suerte de ritual para reconciliarnos con lo mejor de la humanidad, al final los presentes en el Palacio de Congresos Europa recobramos la energía y nos sumergimos en un ambiente de optimismo y confianza. Rememoré aquellas palabras del poeta en el exilio: "Memoria que le convenza / a esta tarde que se muere / de que nunca estará muerta".

En hermosa comunión, entre recuerdos y lágrimas y aplausos, enviamos metafórica y literalmente luces con deseos para el futuro. Yo deseé, por supuesto, que el pasado siga muy presente.  

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