Año nuevo, vida vieja
Si me estás leyendo, enhorabuena. Has desbloqueado el siguiente nivel: 2026. Sigues vivo y, quiero creer, perreando. Pero no cantes victoria. Aún.
Ahora que se disipa la niebla de la indulgencia festiva, llega la resaca. La del cava, no. La otra. Esa presión sorda que se agarra a la nuca para recordarte el inicio de una nueva cuenta atrás. O adelante. Nunca tuve claro cómo corren las agujas del Universo.
En todo caso, inauguras calendario. Y solo por eso, toca volver a cargar con la penitencia de hace doce meses: revisar tus metas cumplidas, detectar las pendientes y reescribir tu lista de buenos propósitos. Lo que sea para, esta vez sí, convertirte en una versión de ti mismo más pulida, más eficiente, tan impecable que casi sea irreconocible.
Te repiten la frasecita como un mantra inofensivo, casi con cariño, pero qué pereza da y cuánta perversidad esconde. Si lo piensas un poco, cosa que no está de moda, te darás cuenta. Es el jingle perfecto del capitalismo tardío
Ya lo dice el eslogan: año nuevo, vida nueva.
Te repiten la frasecita como un mantra inofensivo, casi con cariño, pero qué pereza da y cuánta perversidad esconde. Si lo piensas un poco, cosa que no está de moda, te darás cuenta. Es el jingle perfecto del capitalismo tardío.
Con los cantos de sirena de la renovación, te inoculan la idea de que lo que fuiste hasta el 31 de diciembre era todavía un borrador sucio. Una versión beta que urge sustituir porque está llena de bugs, ya sea ese inglés que solo fluye a partir del tercer gintonic o la manía de posponer el gimnasio. Y como te pillen con flojera, ahí caes, en la trampa.
Es lo que tiene vivir en la tiranía de la hipótesis. Un sistema malintencionado que te convence de que lo nuevo siempre es potencialmente mejor. De que si sigues estrenando, una dieta, pareja, trabajo, lo que sea todo lo que puedas, serás como Shakira. Más dura, más buena, más level. Más feliz.
Pues mira. No. Me planto. Frente al brillo cegador de la vida nueva, este año voy a hacer apología de la vieja.
Y no me refiero a la nostalgia reaccionaria de quienes creen que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque ni en las ágoras griegas todo era debate socrático ni con Franco se vivía fetén.
Ese refugio que has levantado a base de tropiezos, madrugones, decepciones y risas, y que esta sociedad líquida amenaza de oficio, más aún cada enero, con declarar en ruina técnica para venderte un solar vacío llenito de posibilidades
Pienso en la resistencia sensata. En la urgencia de poner en valor todo eso que ya eres. En reivindicar la estructura que te sostiene, no a pesar de sus goteras, sino con ellas integradas en la fachada como heridas de guerra. Ese refugio que has levantado a base de tropiezos, madrugones, decepciones y risas, y que esta sociedad líquida amenaza de oficio, más aún cada enero, con declarar en ruina técnica para venderte un solar vacío llenito de posibilidades.
Inciso. No soy el 'Grinch' de los propósitos. Perfilar nuevos proyectos es signo de vitalidad. La ilusión, necesaria para levantarse los lunes. Pero una cosa es querer aprender a tocar la guitarra y otra comprar una guía de superación que solo da ansiedad.
Estoy harta de los catálogos de objetivos que en realidad, bajo la piel de la sana ambición, funcionan como inventarios de nuestras supuestas taras. Hasta las narices de esta industria del descontento que subraya las carencias personales para empujarnos a una agotadora carrera de obstáculos hacia una perfección que no existe. Como si siempre nos faltara algo. Y jamás fuéramos suficiente.
Por eso, mi propuesta para 2026 es crear una lista de mantenimiento.
Piénsalo. En un mundo enfermo de reinvención y obsesionado con el crecimiento infinito, reparar en lo ya construido y cuidarlo es el acto más punk que puedas hacer.
Hablo de proteger, acariciar el lomo, custodiar con ahínco.
¿Por ejemplo? Esa amistad de hace veinte años que adivina el desbarajuste de tu mente antes de abrir la boca. La rutina humilde de leer un ratito antes de caer rendido. Las tres tardes de cardio a la semana, que no eliminan michelín pero cómo ayudan a desconectar de todo. La complicidad con esas dos personas llamadas padres a las que ahora también conoces como humanos. Tu pareja, que tal vez, solo tal vez, no se parece a Henry Cavill o Sydney Sweeney, pero te trae el café a la cama y soporta tus cambios de humor mejor que cualquier antidepresivo.
Se trata, en definitiva, de estabilidad. Pero al mercado no le gusta nada. Tu suficiencia es su ruina. Y así contraataca
La huerta, los domingos de vermú con la familia, el orden en los armarios. Tu paz.
Eso es patrimonio. Identidad. Y no necesita renovación. Ha de blindarse.
A fin de cuentas, tu vida vieja te conoce. Tiene la solidez de lo probado. Es la que te permite andar por casa sin encoger la tripa y te cobija cuando el mundo exterior se pone hostil. Esas zapatillas deformadas que no hacen ampollas. El plato de lentejas que te sale de memoria. La conciencia de clase, indemne al viento electoral.
Se trata, en definitiva, de estabilidad. Pero al mercado no le gusta nada. Tu suficiencia es su ruina. Y así contraataca. Te mantiene en la rueda de hámster tras una zanahoria llamada mañana, a tope de cortisol y soñando con una vida nueva que, si llega, tampoco será completa.
No sé, seguramente lo que quiero decir es: relaja. La versión 1.0 de ti mismo, con sus cicatrices, digestiones pesadas y esas rodillas que predicen las lluvias mejor que el telediario, ha llegado hasta aquí sorteándolo todo. Crisis financieras, pantalones de campana, procrastinación, ghosting y pandemias mundiales.
Y eso, amigo mío, tiene un mérito brutal que jamás de los jamases cabrá en ninguna impoluta lista de propósitos de año nuevo.