Donald Trump firma un documento.
Trump y su política de inmigración acaban de cobrarse su primera víctima directa. Mujer, blanca, viuda y madre. Tiroteada por los enmascarados del ICE, esa especie de Gestapo MAGA donde han encontrado acomodo muchos de los que hace cinco años asaltaron el Capitolio. Tres disparos a la cabeza, justificados por la administración como respuesta a un acto de terrorismo doméstico que la persona asesinada cometió al no obedecer a los embozados.
A medio Estados Unidos, media América y media Europa les parece bien.
Trump y su política exterior ha atacado un país, ha bombardeado un poquito, ha matado a más de cien personas, entre ellas a gran parte de la escolta del presidente de ese país, pero también a civiles. Bajas colaterales.
Luego ha procedido a secuestrar a dicho presidente y a su mujer y los ha encarcelado en Nueva York a la espera de juicio por narcotráfico. El país es Venezuela y el presidente es Maduro. No puedo resumirlo mejor que Jimmy Kimmel: “Y sí, es un criminal y un dictador que ha llevado a su país a la ruina financiera, con su familia y él llenándose los bolsillos, pero Maduro tampoco es ningún santo”.
La reacción de los damnificados por la dictadura venezolana y sus terminales mediáticas en España y en Europa ante el evento reseñado fue un poco como la de la señora aquella del meme de la proclamación de la independencia en Catalunya ¿recuerdan? Primero un ¡¡¡¡Biennn!!! enorme y treinta segundos después un ¡¡¡Ohhhh!!! más grande aún. Porque parece que Trump no le perdona a la premio Nobel de la Paz su premio Nobel de la Paz, y ha preferido que el país siga, de momento, en manos de los chavistas a cambio de, sorpresa, el petróleo.
Así que la transición democrática tendrá que aplazarse indefinidamente hasta que el presidente de los USA quiera. Los venezolanos, su presidente encargado, Guaidó, el que venció en las elecciones, González, la que delegó en González, luego ganó el Nobel y después quiso compartirlo con Trump, Machado, y los opositores al régimen han sido ninguneados y apartados. No por la dictadura venezolana, no. Por Marcos Rubio y por Donald Trump.
Aún así, medio Estados Unidos, media América y media Europa están de acuerdo. Sin ir más lejos, en nuestro país, que ha acogido a más de medio millón de venezolanos, parte de ellos y de sus terminales mediáticas, piden a Trump que haga lo mismo con Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno que les ha proporcionado refugio. Intragable.
Medio mundo aprueba lo que hace Trump. Indultar al expresidente de Honduras, y narcotraficante condenado a cuarenta años de cárcel por la justicia de Estados Unidos, solo porque es del mismo partido amigo que gobierna ahora ese país. Abrazar y halagar a un sátrapa como Bin Salman, que ordenó el asesinato y descuartizamiento de un periodista del 'Washington Post'.
Ocultar y dificultar la difusión de unos documentos que, presuntamente, pueden implicarle en una red de pedofilia. Transigir y halagar a un invasor y agresor como Putin y humillar al presidente que defiende su país invadido. Amenazar con derrocar el régimen cubano, con atacar México, con anexionarse Groenlandia. Y no cito todo lo que se le permite y justifica.
¿Desde cuándo defender la democracia, el comercio internacional, la inviolabilidad de la soberanía de los países o la reivindicación de la diplomacia y la negociación frente a la violencia y la guerra se han vuelto woke y cosas de zurdos? ¿Vamos a asistir impávidos a la destrucción de la Unión Europea desde fuera y desde dentro? ¿Hemos abandonado Ucrania? ¿Acabarán los gazatíes en Sudán del Sur? ¿Taiwán está fuera? ¿Vamos derechos a un conflicto de proporciones épicas inimaginable hace solo unos años?
Todo ello tiene defensores, divulgadores, analistas, periodistas y politólogos que argumentan, defienden y desvían la responsabilidad a cualquiera menos a Trump. No me pregunten cómo lo hacen, pero lo hacen. Y la peña traga. Será porque la gente no quiere problemas, tiene miedo y prefiere no ponerse enfrente del abusón, del gorila, del maltratador. Y menos si tiene armas nucleares y carece de empatía y conciencia. Así que entre los que le apoyan activamente y la mayoría silenciosa, estamos muy, pero que muy apañados.
¿Desde cuándo defender la democracia, el comercio internacional, la inviolabilidad de la soberanía de los países o la reivindicación de la diplomacia y la negociación frente a la violencia y la guerra se han vuelto woke y cosas de zurdos? ¿Vamos a asistir impávidos a la destrucción de la Unión Europea desde fuera y desde dentro? ¿Hemos abandonado Ucrania? ¿Acabarán los gazatíes en Sudán del Sur? ¿Taiwán está fuera? ¿Vamos derechos a un conflicto de proporciones épicas inimaginable hace solo unos años?
Tantas preguntas, tanta desazón, tanto miedo.
Barbari ad portas.