Una persona introduce su sobre con voto en una urna. iStock
En política se puede tener la cara más dura que el turrón de Alicante y salir indemne. O con la pupa justa. Pero ojo si metes a todos los que cobran de ella en el mismo saco de la sinvergonzonería. Te caerá la del pulpo.
Mira José Mota. De no ser porque lógicamente ya solo se habla de la maniobra imperialista yanqui contra Venezuela, todavía le estarían chirriando los oídos. Fue terminar su especial de Nochevieja y tenía sentencia. Culpable de perpetrar el más imperdonable de los delitos: dar alpiste a la desafección ciudadana.
Sí, de acuerdo. El discurso de "todos son iguales" es injusto por falso. Irreal por simplista. Un atajo intelectual más peligroso que hacer puenting con hilo dental porque alimenta la frustración, regala gasolina a la ultraderecha y deslegitima el valor del servicio público, que tanta falta hace. Y si encima te lo sirven en prime time, entre jijisjajas y langostinos, voilà: el mensaje entra solo, sin masticar.
Hasta ahí, compro la crítica de la progresía tuitera y tertuliana. Ni un milímetro más.
Porque esta gente ha hecho lo de siempre: aprovechar la polémica para desviar el tiro. Fustigar al humorista en lugar de hacernos mirar a quienes han provocado que cientos de miles de personas piensen exactamente lo mismo.
"Hasta ahí, compro la crítica de la progresía tuitera y tertuliana. Ni un milímetro más"
Seamos claros. Todos tenemos nuestra parcela de responsabilidad sobre lo que opinamos, hacemos o dejamos de hacer. Mota más, que dispone de altavoz pagado con nuestros impuestos. Pero hasta cierto límite. El perímetro ciudadano termina, exactamente, donde empieza el de quienes pilotan las instituciones.
Son ellos, no el sketch ni el amigo que ya no vota ni tu frutero que empieza a tener sueños húmedos con VOX, los que se están encargando de desprestigiarlas. A pulso, con el pico y pala de la corruptela, la ocultación, el conchaveo y las mentiras.
Yo llevo los valores de la izquierda incrustados en el chasis, entre El Capital y la cuenta de Amazon Prime. Sin embargo, me niego a comulgar con esa guardia de las virtudes democráticas que nos trata como a párvulos: o te comes las lentejas o, si las dejas, viene el coco fascista.
Basta ya de invertir la carga de la prueba mediante una falacia causa-efecto tan insultante. Tu náusea ante los titulares del partido que se dice obrero y ese impulso de borrarte del mapa electoral no son el motor del colapso. Solo defensa propia. La consecuencia lógica de sus actos. Una reacción de lo más natural ante un sistema que te mea y encima pretende convencerte de que es lluvia fina, sostenible y resiliente.
Afirmo esto asumiendo el riesgo de lapidación con croquetas congeladas de algún gastrobar de Malasaña. Porque, claro, es mucho más fácil matar al mensajero que enfrentar el diagnóstico real del hartazgo de buena parte de la población: la asimetría de la traición.
"Por tanto, cuando los que se llenan la boca de decencia, feminismo y escudo social acaban comportándose como un comercial de preferentes, la traición es doble"
Entiéndeme. Si eres un neoliberal de libro y los tuyos desguazan la sanidad para bajarte el IRPF y te vas al otro barrio esperando cita con oncología, chapeau. No te vas a llevar las manos a la cabeza, digo yo. Acatarás por pura coherencia con tu cinismo. En cambio, si militas en el bando de la justicia, si crees de verdad que nadie ha de ser más que nadie en la cola de la carnicería o en la del quirófano, en el sobre metes un contrato ético.
Por tanto, cuando los que se llenan la boca de decencia, feminismo y escudo social acaban comportándose como un comercial de preferentes, la traición es doble.
Inciso importante. La diestra recorta derechos por ideología. La izquierda adulterada los traiciona por codicia o supervivencia. Las causas no son equivalentes. Las consecuencias tampoco llegarán a ser iguales, obvio, pero las habrá. Ya se aprecian en el deterioro de la educación, la crisis de la vivienda o ese gustito impune por el clientelismo.
Por eso duele. Más. Porque la vileza es política y moral. Se te rompe algo por dentro que no arregla el Loctite ni la esperanza en que la próxima vez será distinto. Y entonces, ¿qué se supone que debes hacer?
Ahí, en ese momento de fragilidad, te sirven el plato frío: la trampa del mal menor. Te convierten en rehén de tu propio asco, empujándote a votar en contra del enemigo evidente ya que a favor de una convicción honesta es imposible. Un chantaje más fino que el de las cintas de Bárbara Rey.
"Lo cual me lleva a la siguiente unpopular opinion: aceptar semejante claudicación ante la mediocridad por miedo a que ganen los “otros” es la muerte lenta de la democracia"
Lo cual me lleva a la siguiente unpopular opinion: aceptar semejante claudicación ante la mediocridad por miedo a que ganen los “otros” es la muerte lenta de la democracia.
Quiero decir. Te han intentando convencer de que ir a la urna con la pinza en la nariz siempre será mejor que entregarle las llaves del reino a la barbarie. Lo que pasa es que esa lógica encierra un error de cálculo terrible. Como lo hagas demasiadas veces, te acostumbrarás tanto al hedor que acabará pareciendo el aroma natural de las cosas.
Dejarás de exigir. Y ellos, de cumplir. Fallo total de la Matrix.
Ya, lo sé. Con la extrema derecha al acecho, no podemos permitirnos el lujo de la pureza ideológica. Hay mucho en juego. Derechos reales, conquistas sociales, vidas concretas. El riesgo es tan innegable como la enésima subida en la factura del gas.
Y precisamente por eso, me parece repugnante que se siga empujando al votante desafecto a ejercer de bombero mientras los políticos contribuyen a prender el fuego. Si quieren que la gente vuelva a creer, que empiecen por ser creíbles.
Así que voy a por la última. Ampolla que levantar, me refiero. Quizá la desafección no sea lo peor. Tal vez podríamos hacer de ella la antesala para un auténtico cambio.
Me explico. Ahora mismo estamos en un estado comatoso donde la queja se diluye con tuits furiosos y poco más. ¿Pero y si la desconfianza, la rabia y la frustración pudieran ser, paradójicamente, el primer paso para mover el culo?
Sí, adivino lo que estás pensando. En teoría el 15M era eso y mira en qué quedó: spin-off, fractura, Gucci y Galapagar. Hirió y dejó en mucha gente la certeza de que la maquinaria institucional tiene una capacidad fagocitadora infinita. Bajona total.
No obstante, permite que le demos una vuelta a esto tú y yo. Al margen del ruido.
"No obstante, permite que le demos una vuelta a esto tú y yo. Al margen del ruido"
Tal vez el primer error fue pensar que el objetivo residía en asaltar el cielo del Congreso en lugar de seguir agitando el subsuelo de la sociedad. El segundo, olvidar que el 15M, pese a su decepcionante deriva institucional, sí transformó la conversación. Introdujo en la agenda asuntos que escuecen y nos hizo muchísimo más sensibles a la hipocresía política. Arrancó la venda.
Puede que por eso hoy vivamos tan desconfiados. Vimos que el rey estaba desnudo, cómo el sistema devoraba las buenas intenciones y convertía la indignación en marketing. Y llegó la conclusión paralizante: el muro es irrompible; intentar tumbarlo, perder el tiempo. Mejor ni pestañear.
Falso. Aunque apenas salgan en los telediarios, conozco movimientos funcionando como caballos de Troya. Cooperativas de consumo, asambleas de barrio, proyectos de vivienda colaborativa. Esa gente no hace la Revolución, así en mayúsculas, pero opera como un virus benigno. A poquitines, sin prisa ni pausa, inyectándose en el tejido de la sociedad para modificar su estructura celular desde dentro.
Ahí es donde detecto, llámame loca, el punto de inflexión. Esa es la desafección activa a la que me refiero. La que deja de esperar que Papá Estado o el libre mercado nos salven, y empieza a construir por sí misma. Creyendo en la utopía, por supuesto. No como una arcadia feliz, sino como tensión para enfrentar la desesperanza con acciones tangibles.
Y ojo. No digo que no votes. Hazlo siempre que te veas capaz. Pero si los escrúpulos te paralizan y la mano no obedece, no permitas que te señalen con el índice. O te acusen, ay qué pereza, de hacerle el juego a la fachosfera. El problema no eres tú. Lo es quien te puso en semejante brete.
"No sé, seguramente todo este tostón era para confesar algo muy tonto. Este 2026, prefiero pecar de idealista que ser una frustrada apuntalando viejas ruinas"
Ahora bien, tampoco te quedes en casa rumiando tu cabreo que te conozco. Sal. Organízate. Construye algo. Hazlo, aunque cueste, por puro egoísmo.
En algún momento ha de llegar la hora de elevar el listón desde la calle hasta que sientan el vértigo en el escaño. De ser el acicate que les obligue a dejar de pastorearnos para empezar a servirnos. Y convertirnos en su espejo más cruel: la prueba viviente de que la mezquindad ya no sale gratis, de que no obtendrán nuestra validación sin excelencia.
De lo contrario, si tu desafección se queda en el berrinche de sofá, solo habrás canjeado el chantaje de las urnas por la parálisis del hastío. Y ese destino es, créeme, bastante más triste que volver a rendirse ante el mal menor.
No sé, seguramente todo este tostón era para confesar algo muy tonto. Este 2026, prefiero pecar de idealista que ser una frustrada apuntalando viejas ruinas. Y que me quiten lo bailao.