Amigos y familiares de las víctimas del accidente ferroviario en Adamuz.
No ha pasado ni un mes y me resulta terrible lo rápido que tendemos a olvidar. Hasta las mayores tragedias se borran como ese verso que nunca se escribe. Primero el ruido y, después, un silencio tan atronador como el que habita en un valle deshabitado. ¿Cómo puede ser?
De aquella tarde de domingo fría y plomiza recuerdo especialmente la sensación de calma tras la vorágine semanal. Recuerdo también el eco latente de las frases de la escritora Carmen Martín Gaite que anoté durante mi visita a la Biblioteca Nacional de Madrid donde una exposición desgrana su vida y su obra.
Su comienzo y su final. “Siempre puede haber algo peor, y lo peor de todo es perder la cabeza, no vivir cada tramo de la vida, hasta los más espantosos, con la mente serena y la mirada alerta, procurando apreciar lo que se tiene, lo mucho o poco que nos queda.”
Esas palabras se quedaron flotando en el aire y en las notas de mi teléfono hasta que la noche se abrió paso a golpetazos secos. Primero las alertas del teléfono. Una tras otra. Después, los informativos y más tarde, los programas especiales. Dos muertos. Siete. Diez. Y yo allí de pie en el salón de mi casa, inmóvil frente al televisor escuchando cada palabra, cada cifra disparada como una bala de boca de aquella presentadora que narraba y descubría el desastre al tiempo que los propios espectadores.
Y cuando todavía el dolor no había ni siquiera adquirido su forma, llegaron los reproches enmascarados. Las culpas. Y cuando todavía faltaban restos por identificar, se asentó la división
Llegó un instante, a medianoche, en el que mis oídos no pudieron soportar ya tanta información. Apagué la tele y, de camino a la cama, me detuve -como todos los días, aunque aquel no fuera cualquier otro día- ante la cuna de mi hijo para cerciorarme de que seguía respirando, de que ningún tren me lo había arrebatado.
Me acosté con una angustia del tamaño del cielo y con un miedo paralizante que ya experimenté tras dar a luz, en unos meses en los que me sentí tan frágil como la misma vida.
Al despertar, los fallecidos eran treinta y nueve. Y aquel número maldito siguió creciendo. Y cuando todavía el dolor no había ni siquiera adquirido su forma, llegaron los reproches enmascarados. Las culpas. Y cuando todavía faltaban restos por identificar, se asentó la división.
Hubo dos misas de una misma tragedia. Una en Huelva, otra en Madrid. Dos funerales y un homenaje de Estado que se acordó, que se anunció, que se aplazó y que no se celebró. Y entre todo el bullicio político y mediático, los verdaderos protagonistas aullaban su lamento en segundo plano. “Somos las familias que han aprendido con demasiada crueldad que el beso que no damos es el que más recordamos”.
Cuántas veces habrán repasado esos familiares y los supervivientes los instantes previos a la catástrofe. Lo que hicieron. Lo que no. Lo que dijeron. Lo que no. Lo que vieron. Lo que no. Lo que sintieron. Lo que no. Y cuántas veces seguirán haciéndolo. Pienso mucho en Cristina. De entre todas las historias terribles, la de esa niña de apenas seis años que perdió en aquel viaje a su madre, a su padre, a su hermano y a su primo vuelve a mí con frecuencia.
Qué pasaría esa pequeña que salió sola y por su propio pie de aquel vagón al que subió con las personas que más quería. No era ese, seguro, el final que imaginó cuando juntos emprendieron el trayecto de Huelva a Madrid para pasar un fin de semana de fútbol y musicales. La fatalidad lo convirtió en su último regalo de navidad unidos en carne, no en pensamiento. ¿Cómo puede ser? Veo a mi sobrino que tiene su edad y no alcanzo a comprender cómo un niño que aún percibe el mundo como si fuera un patio de juegos puede enfrentarse en soledad a semejante vacío, a semejante abismo.
En esas cosas felices tendrá que buscar refugio, también, Cristina… afrontando el presente, volviendo al pasado. No hay más opción para sobrellevar un duelo del que ya nadie habla, un duelo olvidados
Estos días es noticia otro chaval, de trece años, que nadó durante cuatro horas entre olas enormes para salvar a su familia atrapada en mitad del mar en el sur de Australia después de que el viento desviara sus tablas y kayaks y los arrastrara lejos de la costa.
Cuenta el chico a los medios cómo consiguió vencer al agotamiento: “Intenté tener cosas felices en mi cabeza, tratando de seguir adelante sin pensar en las cosas malas que me distraerían y me harían rendirme”. En esas cosas felices tendrá que buscar refugio, también, Cristina… afrontando el presente, volviendo al pasado. No hay más opción para sobrellevar un duelo del que ya nadie habla, un duelo olvidado.
Alguien cercano me preguntó hace unos días sobre qué iba a escribir. “Sobre Adamuz”, respondí. “Está ya muy manido el tema”, me dijo. “Nunca algo así está suficientemente manido”, añadí. Porque sólo el recuerdo y la verdad ayudarán a mitigar una herida que todavía sangra.
Vuelvo a casa del trabajo. Es noche cerrada y una lluvia fina cae sobre el parabrisas del coche. Detenida en un semáforo en rojo observo, a mi derecha, a una mujer al volante que, mientras espera la luz verde, despliega el espejo y se pinta los labios en un gesto de coquetería. La miro varios segundos. Es la vida, pienso. Y hay que vivirla como decía Martín Gaite “procurando apreciar lo que se tiene, lo mucho o poco que nos queda.”