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Diccionario en euskera.

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Opinión

Las lenguas no tienen ideología (aunque a veces lo parece)

La colonización del idioma por una ideología ha supuesto que mucha gente que podría acercarse al euskera renuncie a hacerlo

Publicada

Cierto revuelo ha suscitado en las redes sociales la difusión de un vídeo con opiniones emitidas por Jon Sarasua, profesor y bertsolari, en el foro Uzturre, que suele desarrollarse en Tolosa. Sintéticamente, Sarasua recordaba el viejo binomio “euskaldun-fededun” que durante largo tiempo identificaba, de forma sistemática, el euskera con la fe cristiana, y trasponía ese binomio al actual, que él denominaba “euskaldun-progresista” o, a medida que desarrollaba el argumento, al binomio, más exacto, “euskaldun-hiperprogresista”.

Su conclusión era evidente: reducir el paisaje mental de una lengua, establecer una barrera que impida desarrollar en ella toda clase de ideas y argumentos es una forma de empobrecerla.

Ese reduccionismo resulta una evidencia para cualquiera que se dé una vuelta por la prensa en euskera, las revistas en euskera o, como recordaba el mismo Sarasua, las competiciones de bertsolarismo. Es muy estrecha la “horquilla” mental en la que uno se puede mover, con principios, opiniones y símbolos dirigidos desde un foco a priori establecido.

Cuando el euskera y la cultura en euskera (menospreciados en otro tiempo, e investidos hoy de un prestigio superior a cualquier otra manifestación de la cultura vasca) son la herramienta más poderosa que detenta una ideología, esta hará lo imposible por rechazar a cualquier extraño (¿extranjero?) que quiera poner el pie en ese territorio mental y cultural.

Un idioma se enriquece cuando en él se expresan todas las visiones. Al contrario, si se halla en manos de una solo ideología (siniestra o angelical) acaba uniendo su suerte a la misma. El idioma que depende de una doctrina no es un idioma: es una herramienta política

Sin embargo, la suerte del euskera se libra precisamente ahí: en la apertura o no a distintas miradas, opiniones e ideas. Un idioma se enriquece cuando en él se expresan todas las visiones. Al contrario, si se halla en manos de una solo ideología (siniestra o angelical) acaba uniendo su suerte a la misma. El idioma que depende de una doctrina no es un idioma: es una herramienta política. Y me temo que solo decirlo será una buena excusa para que los cerberos que custodian las puertas de ese infierno se lancen a insultar.

Hay una objeción, plena de fundamento, que pueden esgrimir los críticos con las ideas ahora expuestas: que un idioma, en sí, está abierto a todo el mundo; que a nadie se le prohíbe expresar en él ideas u opiniones; también que la sensibilidad abertzale ha hecho más por el impulso del euskera que cualquier otra sensibilidad.

Quizás habría una excepción: la iglesia católica (desde hace, además, un puñado de siglos). Pero esa sería otra buena muestra de lo que se señalaba al principio: basta ver el lugar que se reserva al cristianismo (no digamos a la misma Iglesia) en los entornos socioculturales en que vive hoy la lengua vasca.

La colonización del idioma por una ideología ha supuesto que mucha gente que podría acercarse al euskera renuncie a hacerlo. Triste destino el de un idioma del que muchos se alejan por considerarlo patrimonio de sus adversarios. Cualquiera que lea estas líneas podrá recordar casos de personas que no tienen interés en acercarse al euskera (aún más, que se han alejado de él, como yo conozco alguna) por sentir que el imaginario de la cultura vasca se superpone de hecho a una ideología.

La colonización del idioma por una ideología ha supuesto que mucha gente que podría acercarse al euskera renuncie a hacerlo. Triste destino el de un idioma del que muchos se alejan por considerarlo patrimonio de sus adversarios

He comprobado la medida a la que llega esta impresión en mi experiencia personal: viviendo en el barrio bilbaíno de Indautxu (donde, fuera de los centros escolares, el euskera resulta casi inaudible) dos personas, en distintos momentos, me adjudicaron (sin mayor comprobación) una ideología concreta por la mera constatación de un hecho familiar: que solo hablo con mis hijos en euskera.

Una lengua débil está condenada a servir a aquella ideología que la ha colonizado. Una lengua débil resulta mucho más fácil de ocupar, dirigir y controlar (Nadie puede soñar con hacer algo parecido en el inglés o el español). Una lengua débil, en fin, está siempre embridada y al servicio de ortodoxias sucesivas.

En el pasado, el catolicismo o el carlismo se “aprovecharon” del euskera. Hoy lo hacen otros. Y la consecuencia es parecida: cuando se uncen al mismo yugo una doctrina y una lengua, siempre gana la primera, y siempre pierde, tristemente, la segunda.