Imágenes de la primera huelga en Tubos Reunidos
Tubos Reunidos es una empresa, otra más, que atraviesa en Euskadi una situación comprometida: deuda de 263 millones, pérdidas de 71 millones y previsión de más de 300 despidos. Una malísima noticia a la que los trabajadores han respondido con el anuncio de cinco días de huelga y paros de cuatro horas en otras fechas.
Cada uno de los casos de esta larga hilera de empresas vascas en crisis tiene singularidades técnicas, sociales y empresariales. Pero la respuesta a la crisis es similar: movilización de los trabajadores; convocatoria de huelgas; pública profesión de fe en la viabilidad de la empresa; esperanza de que asomen nuevos inversores; a falta de estos, recurso al poder público: gobierno, haz algo.
En el caso de Tubos Reunidos, el recurso a lo público asoma por partida doble: el Gobierno vasco exhorta al Gobierno central para que participe en la salvación de la compañía. Gobierno, soy el otro gobierno: haz algo.
Los actores de este drama recurrente son también los mismos: comité de empresa, sociedad civil, alcaldes y gobiernos. Y en el sostenimiento de una empresa hacen falta trabajadores, también hacen falta entornos locales favorables y hace falta una clase política que realice la valiosísima labor que, sin embargo, pocas veces desarrolla con acierto: no molestar. Pero hay malas noticias. En ese escenario también hacen falta, de forma irrefragable, otros personajes: los inversores. Por ponerlo en modo demoníaco: hace falta capital.
El estado mental en que se educan desde hace décadas los vascos es abiertamente hostil a elementos básicos que fundan la prosperidad humana: iniciativa empresarial, bienes de capital, sector privado. De hecho, es casi imposible encontrar referencias positivas a cualquier de esos conceptos en el sistema educativo, los medios de comunicación o el debate político
El estado mental en que se educan desde hace décadas los vascos es abiertamente hostil a elementos básicos que fundan la prosperidad humana: iniciativa empresarial, bienes de capital, sector privado. De hecho, es casi imposible encontrar referencias positivas a cualquier de esos conceptos en el sistema educativo, los medios de comunicación o el debate político.
Muy al contrario, en todos esos espacios se subraya sin descanso el horror al capital, la ferocidad del empresario y la necesidad de desembarazarnos de esa gente siniestra y ominosa.
No hay que olvidarse del mundo del arte y la cultura: salvo que le distraigan las relaciones internacionales, no hay guionista, escultor o actriz de reparto que desaproveche la recepción de un premio para proponer radicales medidas de política económica.
Durante largos años de trabajo en el sector público, he asistido en toda clase de foros a toda clase de condenas de la empresa privada. En ninguno de esos foros se articula, a modo de contraste, alguna disidencia.
En Euskadi, salvo algún columnista extraviado, no es que no haya un discurso sólido, es que no hay un discurso ni sólido ni endeble en favor de la economía de mercado y la iniciativa empresarial.
Tanto más paradójica resulta esa ausencia en nuestro caso, con una larga tradición de empresariado cercano a la sociedad donde emplazaba su taller, surgido de ese mismo pueblo, y acostumbrado a comprometerse con el mismo, impulsando actividades culturales o deportivas.
Cada cierre empresarial, cada expediente de regulación de empleo, es una tragedia para los trabajadores, sus familias y su entorno. Asombrosamente, nadie encuentra relación entre ese declinar y un discurso activo, vigoroso y militante en contra de la empresa.
Las viejas herramientas de lucha obrera, en la defensa de puestos de trabajo, nada tienen que ver con la defensa verdadera y necesaria: cualificación profesional, innovación tecnológica e inversión de capital
Es una contradicción política y moral demonizar la iniciativa privada en la escuela a la que van los hijos y lamentar el cierre de la factoría donde trabajan los padres. Echar en falta lo que odias es una forma de esquizofrenia.
Las viejas herramientas de lucha obrera, en la defensa de puestos de trabajo, nada tienen que ver con la defensa verdadera y necesaria: cualificación profesional, innovación tecnológica e inversión de capital.
Hace tiempo que los lehendakaris, en sus discursos institucionales, abandonaron las antiguas apelaciones al legendario “espíritu emprendedor” de los vascos, a su carácter inquieto e industrioso.
Pero creo que esos silencios no forman parte de la conspiración general en contra de la iniciativa privada; es otra cosa, es vergüenza torera: no se puede presumir de cosas que ya no existen. Al menos ese silencio alberga un pequeño, casi insignificante, atisbo de decencia.