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El lehendakari, Imanol Pradales, junto al consejero de Salud, Alberto Martínez

El lehendakari, Imanol Pradales, junto al consejero de Salud, Alberto Martínez Irekia

Opinión

Vacunas y gestión de la opinión pública

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Nada más llegar Pradales al poder, el nuevo Gobierno vasco fijó la atención y gestión sanitaria como una de sus prioridades. Tenían razón para ello. La sanidad era uno de los principales problemas para el conjunto de la ciudadanía y una de las razones del desgaste electoral del PNV.

Además, esa gestión sanitaria del Gobierno Urkullu, consecuencia o no de la pandemia —el problema ya venía gestándose desde antes de la COVID—, hacía que todo lo que tenía que ver con la salud de los vascos operara a favor del máximo rival de los jeltzales, EH Bildu.

El marco de gestión de lo público del PNV quedaba superado por el marco de atención propio de las izquierdas y EH Bildu explotó este marco a sabiendas de que, bien gestionado, no solo generaría desgaste del PNV, sino réditos favorables para la coalición soberanista.

El PNV planteó la llegada de Pradales como un antes y un después que lógicamente podría verse como rupturista con la anterior administración

Pero, como he dicho, el PNV planteó su propio plan renove. “Apartó” a Urkullu y planteó la llegada de Pradales como un nuevo hito dentro de la política vasca, un antes y un después, que lógicamente tendría su traducción en las políticas implementadas con cambios que podrían verse incluso como rupturistas con la anterior administración.

La sanidad era una de esas políticas en las que se planteó —al menos en el discurso— una ruptura. Nuevo consejero —aunque en la misma línea de presentar a un sanitario como gestor de la sanidad pública de Euskadi—, nueva estructura organizativa, aumento de presupuesto y, lo más importante, nueva actitud.

El resultado: la sanidad dejaba de ser una prioridad para la sociedad vasca y un problema para el PNV.

Sin embargo, el daño a la imagen del PNV ya estaba hecho. Uno de los principales aprendizajes en los másteres de comunicación política y electoral es que las crisis que afectan a los valores principales de un candidato o partido cuesta levantarlas. El valor de la gestión eficaz del PNV en la sanidad había quedado muy dañado y el relato de EH Bildu se reforzó en los marcos de atención y cuidados.

No obstante, para el PNV fue un descanso que la sanidad dejase de ser el principal problema para la ciudadanía vasca, porque le permitía recuperar la iniciativa de la agenda.

Comenzó a centrar la atención de los vascos en dos frentes: el primero, la seguridad —paradójico, pero son ellos quienes la gestionan— y la agenda internacional del lehendakari para fortalecer su imagen y competir contra Otxandiano.

Aún no tenemos suficientes estudios para asegurar que la tendencia electoral y la crisis del PNV se han revertido, pero todo hace indicar que así ha sido, con permiso de la vivienda, que es sin lugar a dudas el tema hegemónico pospandemia y que también debería favorecer el discurso de EH Bildu, pero que parece no está desgastando a los de Esteban.

El escenario se antojaba notablemente mejor para el PNV y para el Gobierno vasco, pero entonces saltó la polémica de las vacunas.

La polémica no es pequeña. Son más de 200 pacientes —la mayoría bebés—a los que se les administró vacunas caducadas y 170.000 dosis en revisión. Es cierto que las consecuencias para la salud no son directas. Las dosis caducadas no tendrán mayores consecuencias que una falsa sensación de seguridad, algo que médicamente no es poca cosa, pero nadie va a morir porque se les haya administrado esas vacunas.

La crisis era solucionable y podría haber estado en fase de control si el PNV se hubiese ceñido a su nueva estrategia —autocrítica, trabajo común y profesionalidad—. Sin embargo, ha caído en las viejas formas, en el “nosotros no nos equivocamos” y ha puesto en la diana a una oposición que aprovecha este retorno a las viejas formas para contar un relato que ya es conocido y que funcionó.

El consejero de Salud, Alberto Martínez, acusó a EH Bildu de "carroñerismo político" dándole la oportunidad a los de Otxandiano de realiar un contraataque

El consejero de Salud acusó a EH Bildu de “carroñerismo político” de una manera desacertada. Incurría en viejas formas y dio la oportunidad a los de Otxandiano de realizar un contraataque, situando al Gobierno vasco en un lugar al que no debería volver y realzando la labor fiscalizadora de la oposición, que gana legitimidad para plantearse como alternativa.

EH Bildu planteó una duda, un problema, destapó la liebre. Un error no forzado de los jeltzales puede haber propiciado que las dudas vuelvan a extenderse sobre la gestión, y no solo de Osakidetza. En el cuidado de los valores a comunicar es donde debería ser más cuidadoso el PNV. La crisis electoral le viene de ahí.

Osakidetza y la sanidad no van a ser otra vez una de las principales preocupaciones de la ciudadanía vasca. Eso ya se superó y la atención ciudadana está ahora en la vivienda, la inseguridad y la situación internacional.

Es triste decirlo, pero la mayoría ha asumido que Osakidetza ya no volverá a ser lo que era. Lo grave para el PNV no es solo esa resignación, sino que cada crisis mal gestionada, como la de las vacunas, vuelve a recordarle al país al viejo partido que creía infalible. Y en una sociedad que ya no compra relatos sin autocrítica, parecer el viejo PNV es, seguramente, el peor diagnóstico posible.