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Mujeres musulmanas con velos y burka.

Mujeres musulmanas con velos y burka. RTVE

Opinión

Dos reflexiones sobre el islam

Publicada

El reciente (y agraz) debate parlamentario sobre la prohibición del burka y el nicab da pie para reflexionar sobre dos asuntos que no creo inoportuno exponer de forma pública.

El primero es constatar que polémicas como esta sirven para apreciar no sólo las diferencias entre izquierda y derecha, sino también, en esta última, entre una visión conservadora y una visión liberal.

Sé que apuntar diferencias entre conservadores y liberales, para la izquierda dura, no solo es irrelevante sino incluso una provocación: todo el que se mueva un ápice fuera del socialismo (democrático o no) cae de lleno en el fascismo, pero hagamos abstracción de ese imaginario. Defensor del principio de legalidad, el principio de igualdad, la separación de poderes, la libertad de expresión, el pluralismo político y la presunción de inocencia, yo soy, para ese tipo de personas, un fascista de libro, así que mejor que no sigan leyendo.

Para los demás, estas reflexiones.

La derecha justifica la prohibición de esas dos prendas apelando a la dignidad de la mujer. La izquierda, incómoda en el debate, se defiende realizando contorsiones mentales, al extremo de apelar a uno de sus tradicionales demonios familiares: la libertad religiosa.

El conservador se diferencia del liberal, más que en cuestiones económicas, en cuestiones morales. Digamos que el conservador tiene cierta tendencia (remanente, acaso, de una vieja extracción tradicional) a imponer su moral a los demás

La gente de izquierda más honesta no oculta su desagrado ante esas groseras tiendas de campaña sobre el cuerpo de la mujer. Pero también hay conciencias en conflicto dentro de la derecha, cuando, aireando siempre la defensa del hecho religioso (especialmente católico) ahora se muestra tan contenta de defender lo contrario.

El recurso a la toca de la monja, por parte de la izquierda, no es impertinente: también es un símbolo religioso (también solo para las mujeres) y los cristianos nos pasamos la vida exigiendo respeto a su uso y exposición.

El conservador se diferencia del liberal, más que en cuestiones económicas, en cuestiones morales. Digamos que el conservador tiene cierta tendencia (remanente, acaso, de una vieja extracción tradicional) a imponer su moral a los demás.

Desde luego, poco puede practicar hoy esa afición: son el islam (cada vez en más países), el feminismo de cuarta o quinta generación, o el nacionalismo (en determinados territorios) los que hoy tienen fuerza para imponer hábitos e ideas a quienes ni profesan esa religión ni sostienen esas ideologías.

Una mujer con niqab

Una mujer con niqab Paul Zinken Europa Press

Así y todo, persiste en el conservadurismo, de forma vaga, el deseo de imponer cosas que todo el mundo no tiene por qué compartir. Prohibir esas prendas islámicas (para mí, absolutamente siniestras) es un ejemplo de ello.

El liberalismo, por contra, se caracteriza por un escrupuloso respeto a ideas, sistemas éticos, religiones e ideologías. El límite es la comisión de delitos y la imposición coactiva de esas ideas.

El filósofo británico (y judío, ya lo siento) Isaiah Berlin lo expuso con claridad en su concepto de “libertad negativa”. Una persona es libre cuando no recae sobre ella ni violencia ni amenaza de violencia. Esa persona, por tanto, merece nuestro respeto y, con él, la inviolabilidad de sus ideas y costumbres.

El concepto de libertad negativa cuenta con una gran ventaja: es objetivo y, por tanto, indiscutible. Libre es quien actúa sin coacción. Podemos pensar de una persona que es estúpida, está engañada o es víctima de su cultura, su religión, su familia, sus lecturas o sus alucinaciones.

De acuerdo, pero es exactamente lo que podría pensar ella sobre nosotros: que somos estúpidos, estamos engañados o somos víctimas de nuestra cultura, nuestra religión, nuestra familia, nuestras lecturas o nuestras alucinaciones. 

Ese respeto liberal no pasa por la indiferencia: está abierto a la discusión, la persuasión y el debate. A lo que no está abierto es a la amenaza o la violencia.

El problema es si la mujer lleva el burka o el nicab porque le obliga su padre, porque le obliga su marido o porque le obliga su imán. En ese caso, el peso de la ley debe caer sobre ese sujeto y la misma ley garantizar, en el futuro, la libertad de esa mujer para vestir como ella quiera

Una musulmana puede llevar burka o nicab si esa es su opción personal. Eso es lo que el liberalismo defendería, como defendería a las monjas con toca, a las mujeres con el pelo verde o a las mujeres con traje de varón. Excepciones lógicas serían controles de seguridad (para la identificación) o higiene (las piscinas públicas). 

El problema es si la mujer lleva el burka o el nicab porque le obliga su padre, porque le obliga su marido o porque le obliga su imán. En ese caso, el peso de la ley debe caer sobre ese sujeto y la misma ley garantizar, en el futuro, la libertad de esa mujer para vestir como ella quiera.

El criterio es diáfano, pero cuenta con un notable inconveniente: “descubrir” qué mujer va vestida así porque quiere y qué mujer lo hace obligada por un varón. Eso es complicado y plantea un problema de prueba. Pero ese mismo inconveniente existe en todos los delitos domésticos (entre ellos, la violencia del hombre hacia la mujer) y no por ello esta sociedad ha renunciado al firme propósito de descubrir esas violaciones íntimas de la voluntad de la mujer, denunciarlas y reprimirlas. No hay razón para no operar con el mismo entusiasmo en esta otra cuestión.

Me había prometido una segunda reflexión sobre el islam que irá de forma telegráfica. Cada vez que un debate público roza cualquier cuestión vinculada con costumbres, historia, creencias o normas del islam la acusación de “islamofobia” campa por sus respetos. Parece que al islam le asiste una especie de inmaculado derecho a no ser criticado, un principio que sostienen la abrumadora mayoría de los musulmanes que viven en Europa y la extrema izquierda de esos mismos países.

Hay que rebelarse ante esa soberana estupidez: en democracia está permitido criticar el capitalismo, el comunismo, el catolicismo, la política de vivienda de Ayuso o la política ferroviaria del PSOE. Y en democracia también se puede criticar el islam (no el islam radical, sino el islam). Sólo faltaba. Y eso no es odiar a nadie.