Una manifestante que muestra un cartel de protesta durante una movilización de reivindicación de los derechos de las mujeres, en una imagen de archivo Efe
Tenemos en Bilbao una escultura maravillosa, creada por la artista navarra Dora Salazar, que me apasiona. Transmite fuerza, determinación, superación, constancia, coraje, ímpetu y decisión. Está situada en el Paseo de Uribitarte y muestra a cuatro mujeres unidas por una sirga, una gruesa cuerda de la que tiraban para remolcar las embarcaciones desde la ría. Era una labor dura, durísima, que realizaban las mujeres porque pagarlas resultaba más barato que contratar bueyes para ese menester.
He recordado la historia de las sirgeras y esa comparación entre lo que suponía contratar animales para un trabajo y contratar mujeres, al ver que hoy, casi dos siglos después, en algunos países los animales son mejor tratados que las mujeres.
En vísperas del 8M, no podemos olvidarnos de ellas porque la nueva normativa del país, Afganistán, muestra con toda la crudeza posible el lugar que ellas ocupan en un apartheid de género que ha decidido legalizar, sí legalizar, la violencia machista.
Ahora la violencia física grave contra una esposa apenas conlleva quince días de cárcel, mientras que obligar a camellos o aves a pelear acarrea cinco meses de prisión
Ahora la violencia física grave contra una esposa, la que cause fracturas o lesiones visibles, apenas conlleva quince días de cárcel, mientras que obligar a camellos o aves a pelear acarrea cinco meses de prisión. En realidad, lo que hace la nueva norma es convertir la violencia de género en una práctica impune.
En los últimos cuatro años, desde que EEUU abandonó el país de la noche a la mañana y sin mediar justificación aparente, a las mujeres se les ha prohibido la educación secundaria y universitaria, el trabajo en ONG, en la ONU y en la mayoría de sectores.
El uso del burka es hoy obligatorio, las mujeres no pueden circular sin compañía masculina, hay estricta segregación por sexo y se ha prohibido mostrar su voz en público. No hay quien escape de ese infierno. Si una mujer se atreve a alzar la voz contra esta interpretación extrema y cruel del Islam y decide realizar apostasía, será castigada con cadena perpetua y recibirá diez latigazos cada tres días. Esta normativa se aplicará solo a ellas; ellos quedan libres de esta institucionalización de un castigo basado en el género.
En Afganistán los maridos disparan a sus esposas con una pistola eléctrica si consideran que han cometido un delito
Podríamos seguir detallando hasta el infinito los horrores de la normativa que los talibanes aplican a las mujeres, sin olvidarnos, por ejemplo, de la pistola eléctrica con la que los maridos disparan a sus esposas si consideran que han cometido un delito.
Sin embargo, la pregunta que me asalta tras la lectura de ese nuevo compendio de torturas es, ¿dónde está la comunidad internacional garante de los derechos humanos? ¿Por qué permitimos violaciones de la dignidad humana? ¿Cuándo hemos decidido que las detenciones y los castigos arbitrarios no merecen nuestra atención aunque estén al otro lado del mundo? ¿Qué nos ha llevado a sentir hartazgo cuando vemos la situación de estas mujeres? ¿Hasta cuándo?
No nos cansamos de reclamar la atención de Naciones Unidas y el resto de organismos internacionales, pero parece que se han convertido en Mizaru, Kikazaru e Iwazaru, los tres monos sabios, uno ciego, otro sordo y mudo, el tercero.
Representan la máxima japonesa de no ver el mal, no oír el mal y no decir el mal. En esas estamos.
Lo cierto es que si esa comunidad internacional ha estado paralizada frente a los genocidios y ahora solo piensa en de qué lado situarse ante la nueva guerra provocada por EEUU e Israel, poco podemos esperar de su posicionamiento ante el drama de las mujeres. Es más, en tiempos de guerra solemos ser nosotras las que sufrimos la violencia más extrema.
En casa debatimos sobre abandonar el pico y la pala aunque no hayamos logrado una igualdad real entre hombres y mujeres
Mientras, en casa, debatimos sobre la necesidad de seguir celebrando el 8M, de abandonar el pico y la pala aunque no hayamos logrado una igualdad real entre hombres y mujeres, sobre si el feminismo es una herramienta del sistema político para acabar con los hombres o si declararse “antifeminista” te pone más en tu “prime” que posicionarte como aliado de la igualdad.
Hacía mucho que no escuchaba esa frase terrible de “yo ni machista ni feminista”, pero en el siglo XXI ha vuelto a ponerse de moda. ¡Qué tendrá que ver una cosa con otra! Debe de ser cierto eso de que la comprensión lectora va mal o directamente no hay lectura que comprender entre muchos de aquellos y aquellas que sueltan la frasecita.
Muchos jóvenes se sienten víctimas de unas leyes de igualdad que consideran abusadoras.
Quienes se lo han propuesto han conseguido que el término feminista, como hace ya muchos años, se haya pervertido de tal manera que han logrado que estemos en el nivel más bajo de identificación con el término. Ha caído casi 12 puntos desde 2021 al tiempo que muchos jóvenes se sienten víctimas de unas leyes de igualdad que consideran abusadoras.
No queda otra que volver a apelar a la educación igualitaria y dignificar de nuevo un término tan hermoso como “feminismo”.
Si actuamos como los tres monos sabios, sin ver, sin oír y sin hablar de las enormes diferencias y brechas que nos acompañan, habremos perdido todo lo logrado en el camino andado para conseguir un mundo más justo.