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Hartas de echarle ovarios

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Opinión

Hartas de echarle ovarios

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Dicen que el dolor es subjetivo. Con una hemorroide trombosada, por ejemplo, puede que lo pases tan mal como para suplicar un chute de morfina. Pero tu madre no irá al médico hasta terminar la bechamel de las croquetas. 

Esto pasa porque el dolor depende de la interpretación cortical e intelectual. También lo condicionan la educación, la cultura y las emociones. Toda una complejísima experiencia a la altura de la rareza intrínsica de ser humano. Pero escucha. Sobre el que a mí me acompaña desde hace casi tantos años como Internet Explorer, no acepto debates ni relativizaciones. 

En los últimos meses ha habido demasiados días que ni enantyum, ni nolotil, ni tramadol. El dolor se aferra como una garrapata. Y la imagino. La cuchara de bola de helado vaciándome el abdomen. O el cuchillo de deshuesar y una mano firme arrancando cada órgano. Lo que sea que me libere de este suplicio a ratos sordo, en ocasiones punzante, siempre caprichoso y dispuesto a liarla parda.

Otras veces no es para tanto, pero pone mi vida en suspenso porque hiere lo suficiente como para cancelarlo todo: el cine, la cerveza, el sexo, esa escapada a Biarritz programada desde hace dos puñeteros meses. O peor. Por prudencia y ante la alta probabilidad de quedar mal con la gente, evito hacer planes. Y me como la angustia de la soledad. 

Por fin, gracias a la lucha organizada de muchas valientes, empiezan a existir unidades de endometriosis. Aún verdes, pero ahí están. Sin embargo, el peaje ha sido caro

Lo del curro es otro cantar. Si fuera presencial, supongo que últimamente habría encadenado más bajas que DiCaprio novias veinteañeras. Pero teletrabajo, tengo un jefe compasivo y fui educada en la ochentera cultura del esfuerzo. Así que, cuando llega otro episodio agudo, este es el panorama: opiáceos de rescate, bolsa de agua hirviendo, los paréntesis necesarios para llorar, disociar o correr a Urgencias con mueca de virgen barroca, y a recuperar horas pasado mañana.

Ahora bien, lo peor no es el dolor. Hace mucho más daño otra cosa: la rabia de habitar una enfermedad crónica que, en pleno 2026, sigue moviéndose en el terreno de la ignorancia y las hipótesis. Hablo, cómo no, siendo 14 de marzo, de la endometriosis.

En caso de que no hayas tenido la desgracia de cruzártela, te cuento brevemente. Lo que sucede es que el tejido que recubre el útero y expulsas en forma de regla decide irse de excursión y crecer donde no toca. En mi caso, ovarios, intestinos y ligamentos uterosacros.

¿Resultado? Una respuesta inflamatoria que no entiende de calendarios ni respeta el sentido común.

Da igual si estás ovulando o ayer andabas felizmente de tardeo. De pronto brota el furor pélvico y ahí te las compongas unos cuantos días hasta que desaparezca. O puede que se alargue como un runrún de baja intensidad, una marea sucia que no llega a ahogar pero aprieta. Y así, poco a poco, ocurre: te especializas, siempre que el asunto no ande insufrible, en el arte de fingir normalidad.

Eso o te hundes en la miseria pensando que estás loca. Hasta hace nada el diagnóstico estándar era dolor menstrual o, mi favorito, problemitas de la cabeza. El sistema nos despachaba con la dichosa ecografía que solo sirve para detectar quistes, ibuprofeno 400 y un “respira, mujer”. 

Por fin, gracias a la lucha organizada de muchas valientes, empiezan a existir unidades de endometriosis. Aún verdes, pero ahí están. Sin embargo, el peaje ha sido caro. Nos obligaron a ser las enciclopedias andantes de nuestra propia aflicción y buscarnos la vida.

Y en el camino confirmamos que esos señores de bata blanca que manejaban el espéculo con la delicadeza de un tornero fresador desconocían de la enfermedad hasta su más sibilina trampa: el alcance de la lesión no guarda correlación con el grado de tortura.

Tampoco es que anden muy informados ahora.

¿El consuelo? La endometriosis no es mortal. Solo mortalmente frustrante.

Porque, si no fuera suficiente con el dolor, la incomprensión social fruto de tantos años de invisibilidad y el despropósito de saber más de tu calvario que el propio especialista, se suman otras sombras. La ansiedad, la depresión, la niebla mental, la fatiga extrema, las digestiones imposibles... Todo eso que acarrea un sistema nervioso en constante alerta roja y provoca tanta impotencia por una calidad de vida penosa.

Y luego está el riesgo de infertilidad, que daría para un capítulo aparte porque sume a demasiadas mujeres deseosas de ser madres en un duelo anticipado. O en una ruleta rusa llena de altas expectativas y falsos milagros.

A todo esto, te preguntarás: por qué, cuál es la causa de la endometriosis. Teorías hay unas cuantas, pero todavía son solo eso. Y la cura no existe, ni se la espera.

Este desamparo responde a una única razón: la endometriosis solo afecta a las mujeres. Y ya sabemos qué ha pasado históricamente con el dolor femenino. Ha sido ruido de fondo, una nota al pie de los manuales médicos escrita con la caligrafía del machismo

Mis compañeras de penurias y servidora hemos de conformarnos con parches. A priori, tratamientos hormonales que no siempre duermen la afección y traen de regalo efectos secundarios más tóxicos que el licor 43 con chocolate. De segundas, cirugía para retirar los implantes hasta que vuelvan a salir. 

Yo, que ya pasé por una laparoscopia y he probado todos los anticonceptivos del mundo mundial, llevo desde noviembre con una pastillita importada de Estados Unidos que induce la menopausia. Puedo adelantar: tras un inicio prometedor, ahora peor el remedio que la enfermedad. Han vuelto las crisis y parezco un globo de helio. Pero, además, estoy casi tan triste como Copito de Nieve en su primer día de cautiverio y ni siquiera Henry Cavill, entrando en casa con un ramo de peonías y Sauvignon, me despertaría la líbido.

¿Siguiente parada en este vía crucis? Vaciar. Así me lo plantearon, como quien hace limpieza de armario porque llegó la primavera y tiene medio ropero demodé.

No sé tú, pero yo lo tengo claro. Este desamparo responde a una única razón: la endometriosis solo afecta a las mujeres. Y ya sabemos qué ha pasado históricamente con el dolor femenino. Ha sido ruido de fondo, una nota al pie de los manuales médicos escrita con la caligrafía del machismo.

Si esta enfermedad también fuera cosa de hombres, y les impidiera producir, follar y procrear con la saña que nos anula a nosotras, la cura llevaría tiempo disponible en Amazon.

Seguramente el Día Internacional de la Endometriosis sirva para sentirnos hermanadas en esta resistencia de sacos de semillas y diagnósticos tardíos. Para dar las gracias a nuestras parejas, progenitores y toda esa gente amada que sufre el desgaste de sostenernos y acoplarse a nuestros cambios de ritmo.

También para que ese compañero que recela porque ayer nos vio de cena entienda que de exageradas ni medio pelo. Y, sobre todo, para que nadie nos haga dudar: es complicadísimo librar una guerra civil interna mientras intentamos clavar la postura de la montaña en clase de yoga.

Pero no vale con eso. Porque el catálogo actual de respuestas a la endometriosis es un insulto: hormonarnos como pollos, la mutilación o esperar resignadas a la menopausia para que al fin el incendio se apague por falta de combustible.

Necesitamos o, mejor dicho, nos deben inversión, investigación y un trato de primera. Que ya estamos hartas de echarle ovarios.