Dos jóvenes con el móvil
Toda la vida hemos escuchado, leído y dicho que no pueden ponerse puertas al campo. Es una constatación para la que no son necesarias grandes experiencias, ni experimentos científicos.
Vivimos en general bastante fuera del campo, pero encerrados en mundos virtuales a los que tampoco es sencillo poner puertas con candado.
El debate que surge como casi siempre, cuando es especialmente complicado poner cortafuegos, se ha reabierto con la intención del Gobierno de impedir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años, propuesta que replica las implementadas ya en otros países, desconocemos hoy por hoy, con que grado de éxito.
Aquí y de acuerdo con algunos estudios parece que la medida se ve con buenos ojos por más de un 80% de la población. Y sí, lo cierto es que los menores son especialmente vulnerables a todo lo que les llega a través de las redes sociales, filtrado por un algoritmo que sabe analizar en tiempo récord cuales son las afinidades, los gustos y lo que menos nos gusta, a todos y cada uno de nosotros.
Más rentable que prohibir o impulsar medidas punitivas o coercitivas es educar y concienciar. Claro que para eso, es necesario conocer los instrumentos de los que hablamos y tener, procurar y divulgar el espíritu crítico
Es cierto que pudiendo ser una mala influencia para cualquiera en el caso de los menores el peligro es mayor, puesto que carecen del criterio suficiente para poner en su justa medida todo aquello que va cayendo en sus redes, mientras utilizan el scroll durante horas. Esa es otra, el tiempo de uso que dedican a pasar por instagran , Tik Tok u otras plataformas, y que se acerca según datos oficiales a las dos horas diarias, dato que extraoficialmente se queda muy corto.
¿Es suficiente impedir a los menores de 16 años el acceso a redes para terminar con todo esto?
Evidentemente no. Estamos hablando de nativos digitales. Conocen mucho mejor que quienes nos hemos incorporado hace relativamente poco a las nuevas tecnologías, cómo saltarse las normas o los cortafuegos que pueden ir estableciéndose.
Por otra parte no es fácil renunciar, que renuncien a esa deliciosa y poco realista forma de ver la vida que nos ofrecen las redes sociales.
Es recurrente pero es necesario. Más rentable que prohibir o impulsar medidas punitivas o coercitivas es educar y concienciar. Claro que para eso, es necesario conocer los instrumentos de los que hablamos y tener, procurar y divulgar el espíritu crítico.
Las redes además de vidas tan envidiables como irreales, están llenas de noticias falsas, de incitación al odio y de exhibición del porno. Todo ello es poco aleccionador. De hecho, es deplorable.
Aprender a pensar, tener criterio es básico para que no te la cuelen todos aquellos y aquellas que se benefician de tu falta de criterio y te imponen el suyo
Desgraciadamente, la adicción al porno entre menores es una realidad admitida por ellos mismos y la incitación al odio es una constante que podemos percibir en expresiones y actos cada vez más habituales también entre los menores. Todo ello contribuye además a que cada vez sean más frecuentes los problemas de salud mental para los jóvenes. Un drama detrás de otro.
En estas circunstancias y sabiendo que la medida de los 16 años se queda corta y que además son muchas las trabas para hacerla efectiva, hay que recuperar la educación, esa que empieza en casa y se debe hacer extensiva a los centros educativos. Educar en el conocimientos reales de lo que supone el uso de redes y sus peligros. Educar y concienciar en la importancia de alimentar el cerebro con otras cosas como son la lectura de libros, que no vale todo y la escritura, a ser posible a mano. Está demostrado que estas dos actividades que para algunos parecen estar en peligro de extinción son especialmente beneficiosas para todos, pero especialmente para los más jóvenes.
Quienes ya se han dado cuenta recuperan estas actividades en casa y en el colegio porque entre otras cosas, leer y escribir nos enseña a pensar. Pensar, esa rara avis para muchos.
Aprender a pensar, tener criterio es básico para que no te la cuelen todos aquellos y aquellas que se benefician de tu falta de criterio y te imponen el suyo.
Poner puertas al campo, cuando el campo se ha dejado en una jornada de puertas abiertas permanente, es complicado, casi imposible, pero si no lo intentamos el problema se irá agravando hasta que no haya solución posible.