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Influencers en los Premios Goya 2026

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Opinión

No hay contenido para tanto creador

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Cuando yo era pequeña quería ser monja o misionera. Les sucedía lo mismo a muchas de las niñas de mi generación, niñas a las que se educaba en colegios religiosos en los que de la enseñanza segregada por sexos ni se hablaba. Simplemente se daba por hecho que las niñas estudiaban con las niñas y los niños, con los niños.

Nosotras aprendíamos a coser y a bordar telas de Panamá que se convertían en mantelitos “tú y yo” que acababan siendo el regalo para el Día de la Madre. Ellos aprendían pretecnología, bricolaje, hacían motores y construcciones varias. A mí me daban mucha envidia las cosas que hacían los chicos, pero nunca quise convertirme en uno de ellos.

Yo quería ser monja, o misionera. Y quería convertirme en eso en una época en la que no se hablaba de crisis de fe, ni se cuestionaba a la iglesia ni Alauda Ruíz de Azua había dirigido Los domingos. Acudíamos a un centro religioso, en clases con un mínimo de treinta compañeras y nuestras referentes eran monjas. Pensábamos que o te hacías monja o ama de casa, que es lo que eran la mayoría de las madres.

Aunque la fuerza del grupo era enorme, yo tenía otro potente referente que afortunadamente pesó más que las monjas, mi madre

Sin embargo, y aunque la fuerza del grupo era enorme, yo tenía otro potente referente que afortunadamente pesó más que las monjas, mi madre. Fue una adelantada a su tiempo y estudió en la Universidad de Valladolid en los años 50. Era de las pocas que lo hizo y que comenzó a trabajar fuera de su casa a pesar de tener tres hijos y un marido de los de la época.

Recuerdo que al empezar el curso teníamos que rellenar un cuestionario en el que se nos preguntaba por la profesión del padre y la de la madre. En la de la madre todas mis compañeras escribían “sus labores”. A mí me daba vergüenza ser diferente y, sobre todo, escuchar que mi madre trabajaba fuera de casa, lo que suponía que le estaba quitando el trabajo a un hombre.

A veces, aun no siendo cierto, yo también escribía “sus labores” en la casilla de mi madre. Ninguna niña, ningún niño, quiere ser diferente. Cuando yo le contaba eso a mi madre, ella me sentaba a su lado y me hablaba de su independencia económica, del valor social de su trabajo y de la importancia de que aprendiésemos que lo de “sus labores” era como esos corpiños que aprietan mucho, no dejan respirar ni moverse libremente. Había que salir de ese corpiño. Ella fue mi mejor referente.

A mí me daba vergüenza ser diferente y, sobre todo, escuchar que mi madre trabajaba fuera de casa

Quería hoy hablar de los y las actuales referentes para nuestros menores. Pensando en las cosas que dicen, los temas que tratan y la ignorancia que demuestran algunos y algunas sobre los asuntos que quieren tratar, me ha salido hablar de mi madre.

Me surgió escribir sobre esto al hilo de la polémica desatada tras la gala de los Premios Goya y la asistencia de un grupo de influencers invitados tanto por la Academia como por algunas marcas patrocinadoras. Esto no es nuevo. Llevamos ya mucho tiempo viendo como todo tipo de negocios se rodean de personas jóvenes, con habilidades comunicativas pero sin demasiado conocimiento en algunos casos, para promocionar sus productos.

Da igual que sepan o no lo que se traen entre manos, el caso es hablar de la marca y que las redes sociales se llenen de mensajes anunciando una u otra cosa con alguien joven y bello o bella como prescriptora. Así que pasa que en una gala de cine, la pregunta que estos “creadores de contenido” lanzan a una directora de una película multipremiada es tan básica como ¿de qué va tu peli? O algo más profundo como ¿quién sale? refiriéndose a los intérpretes.

No piensan en lo efímero de la fama, ni en la dificultad de alcanzar el Olimpo de los Influencers y llegar a la alfombra roja

Estas en una gala en la que las películas son las protagonistas y te atreves a decir ante un montón de micrófonos que a ti el cine, ni fú ni fá.  En otros terrenos, yo misma he visto cómo alguien ha ido a promocionar una carrera y su pregunta ha sido ¿y esta maratón, cuántos kilómetros tiene? si te van a pagar por decir que tal o cual prueba es fantástica, al menos saber que una maratón siempre, siempre, son 42 kms y 195 metros.

El problema de todo esto es que cada vez escucho a más jóvenes decir que son o quieren ser “creadores de contenido”, es decir, influencers, gamers o youtubers. Esos son hoy sus referentes, personas que convierten el ocio digital en una imprevisible carrera profesional que creen que les dará fama, dinero fácil y una vida repleta de privilegios.  Ya no quieren ser futbolistas o cantantes, algo muy frecuente en épocas pasadas.

Ahora buscan el reconocimiento a través de las redes sociales pensando que el resto de su vida lo pasarán haciendo de su afición un medio de vida. No piensan en lo efímero de la fama, ni en la dificultad de alcanzar el Olimpo de los Influencers y llegar a la alfombra roja. Piensan en que cualquier marca se va a pelear por sus likes y sus seguidores. A quienes ellos mismo siguen no les han contado la verdad del negocio y les han hecho creer que un día te levantas de la cama, creas un par de vídeos y si tienes la suerte de viralizarlos, el futuro está resuelto.

Las marcas deberían reflexionar sobre su propia responsabilidad social y no convertir a personas sin formación siquiera acerca de lo que quieren vender, en líderes

Alguien debería ayudarles a crearse metas realistas, a conocer los peligros a los que se exponen ante la tiranía del like, a que enfoquen su deseo creativo más como una afición que como una obligación y a que encuentren referentes reales. Eso sí, las marcas deberían reflexionar sobre su propia responsabilidad social y no convertir a personas sin formación siquiera acerca de lo que quieren vender, en líderes.

Recuerdo un tuit del periodista Juan Terol, cuando twitter no era X, en el que decía: no hay contenido para tanto creador de contenido. Y en esas seguimos.