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Siempre a punto de

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Opinión

Siempre "a punto de"

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La otra noche se me cerraban los ojos a diez páginas de terminar "Cicatriz", de Sara Mesa. Bárbara, por cierto. Pero continué, tratando de dominar esa ansia viva que a todos nos devora al acercarnos al desenlace de una historia hipnótica. Cautiva de la tristeza de despedir una ficción que en los tres últimos días fue tan real como el café de la mañana o el aire que respiras.

Así es la tensión de estar "a punto de".

A punto de comenzar un nuevo trabajo. De acabar la serie de tu vida. De pillar el vuelo a ese lugar que desde hace tantos años has querido conocer. De votar o de que te boten. De que salga la nota de corte a auxiliar administrativo del Estado categoría C2. De saber si el tumor es benigno. A punto de casarte o, mejor aún, de firmar el divorcio.

La existencia está llena de "a puntos de". La última recta de una cuenta atrás donde siempre está en juego lo que sientes, lo que esperas, lo que pides por Aliexprés y lo que llega a casa. Un vértigo, en ocasiones, prometedoramente dulce. Otras, amargo a más no poder.

Esperar es humano. También no saber hacerlo. Desesperarte. Vivir esos días, esas horas, esos minutos previos al instante equis con tu cabeza creyéndose guionista de Hollywood. Fantaseando. Anticipándote. Montando un "Elige tu propia aventura" que, lo más seguro, el cosmos no se molestará en leer.

La existencia está llena de a puntos de

Pero ahí estás tú, con el estómago hecho un nudo de mariposa. O, al revés, revoloteando como si te hubieras bebido un batido con polvo de hadas porque eres optimista hasta la bilis. Ya lo dijo Jarabe de Palo. Depende: de cómo eres, pero también de la estadística, del tipo de noticia o expectativa, de si aguardas al principio o la conclusión de lo que sea.

Hay gente que disfruta sádicamente con el "a punto de". En concreto, con el "a punto de" conquistar a una persona para luego dejarla tirada. Lo pensé hace nada, cuando una amiga me contó su último ghosting tras un sábado de vino y rosas.

A estos tipos lo único que les da vidilla es estar al acecho, conseguir la confianza de la presa, disparar y a la siguiente cacería. Y cada vez son más porque hemos construido, poquito a poco, sin darnos cuenta, un sistema adicto al cosquilleo de la novedad.

Son conquistadores en serie. Llenan a sus víctimas de atenciones, paladean el final countdown con más fruición que tu cuñado el último langostino de la fuente, y cuando consiguen la rendición: ciao, bambina.

Ya lo dijo Jarabe de Palo. Depende: de cómo eres, pero también de la estadística

Para ellos la ilusión no residía en conocerte, ni siquiera en probar tus mieles. Era la idea, el chute de ego que les daba saber que estaban a punto de conseguirte. Estirarlo hasta estallar. Y limpiarse en los pantalones.

Pero ojo, como le dije a mi colega: de buena te libraste. Personas decentes aún quedan. Y esta peña solo es chusma por la que no merece la pena llorar, ni pedir explicaciones, ni subir una story a Instagram recién salida de la peluquería para que compruebe lo que se perdió. Cuentakilómetros a cero. Autolikes a miles. Y a seguir.

De todas formas, creo que me desvié del tema. O no. A lo que voy es que es muy importante aprender a gestionar los "a punto de". Ya vengan con forma de soga en la garganta o de fuegos artificiales en el pecho.

¿Y eso cómo se hace?

Aprendiendo a jugar la partida entera, supongo. Habitando ese espacio en blanco sin querer rellenarlo con certezas antes de tiempo. Dejando que la duda baile su tango sin pisarnos los pies. Y entender que el "casi" tiene tanta miga como el "ya está"

Qué maravilla saber gozar de la esperanza empaquetada en un manojo de nervios. Abrazarse a la previa sin spoilers. Entregarse a ese "escribiendo..." en el WhatsApp que paraliza el corazón durante diez segundos disfrazados de lustro. Perderse en la maleta abierta sobre la cama la noche antes del viaje. Un lapso único en el que todo puede ser perfecto, sencillamente porque todavía no ha ocurrido. 

Es muy importante aprender a gestionar los "a punto de". Ya vengan con forma de soga en la garganta o de fuegos artificiales en el pecho.

Y cuando se consuma, qué, te preguntarás.

En caso de que salga bien, imagino que lo ideal sería convertir la expectativa hecha verdad en rutina, que es la forma más honesta de querer algo. Y si en vez de eso recibes un bofetón (el proyecto denegado, la nota que no alcanza o ese piso en el que te visualizabas poniendo cuadros y se queda alguien con más solvencia): ajo, agua y vermú bien frío.

Además, cuando el "a punto de" se cumple, o se estrella, lo que queda es una resaca de realidad. Una calma extraña, casi sorda, porque la vida no se detiene en el clímax. No hay música de fondo que sostenga el presente para siempre. Cuando los puntos suspensivos se rinden, queda el eco de lo que fue: el libro cerrado, el golpe seco de las ruedas del avión contra la pista. Y comienza el reseteo. 

No sé, seguramente quiero decir que nuestro paso por el mundo conlleva una sucesión aleatoria de pequeños éxitos y catastróficas desdichas yendo y viniendo. Hasta que llega el final. El definitivo, ya. Y yo he decidido que no estoy para pasar la páginas rápido: necesito respirar de cabo a rabo todas las historias, como si fuera la primera vez. Porque, en realidad, cada cuenta atrás expirada es el prólogo de una nueva incertidumbre.