Absolutismo, antes y ahora.
Absolutismo, antes y ahora
Durante tres siglos, la autoridad de los reyes se hizo incontinente
El absolutismo alude a un sistema político anterior a la democracia. Durante tres siglos, la autoridad de los reyes se hizo incontinente. El monarca legislaba a placer, sin el engorro anterior de nobles, asambleas feudales y poderes intermedios, ni el engorro posterior del estado liberal, crecientemente investido de elementos democráticos.
El absolutismo era un período oscuro. Más aún porque la justificación de aquel poder inmenso residía en el derecho divino. Si otras formas de poder han buscado arduas explicaciones, teóricos del absolutismo como Jean Bodin no se andaban con zarandajas: el poder del rey emana de Dios. Ni siquiera eludieron esa justificación autores como Hobbes, cuya obra se basa en una visión materialista del hombre y de las cosas.
El étimo “absoluto” está lleno de connotaciones negativas. Por eso, un estudiante de derecho, ciencias políticas o historia acababa aliviado cuando estudiaba que, a finales del siglo XVIII, un cuerpo de filósofos ilustrados consolidó el camino que había abierto tiempo antes John Locke.
La democracia, tras avances y retrocesos, parecía un puerto amable, y el viejo absolutismo una carga gravosa que había oprimido a las personas. El súbdito daba paso al ciudadano. Liberado de lastres ominosos, el ser humano se dirigía hacia un futuro próspero, amable, donde el poder político, además, se encontraría rigurosamente limitado.
Pero ¿realmente ha sido así? ¿Podemos, sacudidas inercias culturales, sentirnos liberados del poder absoluto? El viejo poder era absoluto por su origen divino e incontestable, pero tenía escasa capacidad de condicionar la vida de sus súbditos.
Un campesino vascofrancés sabía que en el lejano París reinaba su señor, pero eran escasas las decisiones versallescas que alteraban la vida de su familia, su trabajo diario, la lengua que hablaba o las decisiones que tomaba. Y en el valle más intrincado de Asturias, todo el mundo sabría de un rey habitaba en Madrid, pero de él llegaban escasas resonancias.
Con el estado moderno eso cambió: el poder del rey fue severa y progresivamente limitado. Pero el poder en sí se fortaleció y se extendió, en un proceso que aún no ha terminado.
El poder que padecemos no es “absoluto” por la naturaleza de su origen. Digamos que proviene del pueblo, aunque lo ejerce, de facto, la clase política, una auténtica casta, más o menos cerrada y reforzada en ocasiones por vínculos familiares. Aceptamos que, de momento, no se ha inventado nada mejor.
No hay brizna de hierba que pueda inclinarse ante un golpe de viento si antes no consigue un permiso emitido por la administración correspondiente
Pero si excluimos el debate sobre el origen del poder, es difícil no calificar al actual como un poder absoluto. Además de su carísima construcción multinivel (municipal, provincial, autonómico, estatal, europeo e internacional) el estado no deja resquicio vital que no sea estricta, rigurosa y minuciosamente regulado.
Basta pestañear para que sea necesaria una autorización. Puedes comprar una mascota, un coche o una casa. Puedes asociarte, casarte, alquilar o heredar. Nadie te salvará del intrincado laberinto burocrático: solicitudes, requerimientos, autorizaciones, informes y, por supuesto, tributos.
No hay brizna de hierba que pueda inclinarse ante un golpe de viento si antes no consigue un permiso emitido por la administración correspondiente.
Ejemplo clásico de tributaciones superpuestas es el hecho de conducir: junto a la tramitación que exige la compra de un automóvil, el ciudadano debe obtener y pagar el permiso de circulación, y si después quiere aparcar en zona pública necesitará nuevo permiso y pago, y si conduce a otro lugar probablemente pase por una autopista que exigirá un nuevo pago, y si va a otra ciudad deberá llevar una certificación medioambiental que habrá tenido que gestionar y que pagar. Cuatro tributaciones para un solo hecho principal: poner el coche en marcha.
El estado absoluto fundaba en Dios la autoridad, pero al menos su beneficiario le pillaba a la mayoría de la población bastante lejos. El estado del bienestar, en cambio, tararea en tu oído una sedante melodía y su ejército de funcionarios controla cada paso que des sobre la Tierra. Se justifica en el dogma socialdemócrata: todo lo hace por tu bien. Pero su ejercicio del poder resulta, en efecto, absoluto.