Un hombre camina bajo la lluvia. iStock
Últimamente he estado escribiendo mucho sobre naufragios, propios y ajenos. Al principio los pensaba como pérdidas y desbordes irreversibles, como definitivos colapsos interiores sin tierra firme a la vista, y enfrentado a la posibilidad de no ser rescatado.
Poema tras poema, se ha roto mi cascarón de certeza y razón, y voy descubriendo que el naufragio no tiene porqué destruirnos. Puede incluso ser liberador —nunca he sido libre y ahora soy gaviota—. Naufragar no tiene por qué ser el final. Puede ser ocasión de aceptar que hay ciertas cosas que se escapan a nuestro control y que, a veces, hay que perderse para encontrarse.
Naufragar es, al final, desprenderse del orgullo, desapegarse del amor propio, y abandonarse y confiar que hay unas manos que, pase lo que pase, nos pueden sostener —y dan sentido a mi frío—.
Escucho música para bailar sobre el agua —de Inazio—, y siento a la brisa marina acariciar mi rostro, susurrándome al oído: «…has vuelto a resurgir de tus cenizas / gracias a los poemas que escribiste. / Somos capaces de vivir soñando / porque, escribiendo para divertirte, / se evaporan el miedo y la vergüenza / de tu naufragio y pisas tierra firme».
Me pongo a escribir, fluyo a contracorriente, se transforma mi fragilidad en poesía, y dejo huella.
Canto mirando al mar, imaginando una puesta de sol que no quiero que se acabe, y me hundo en estos versos:
«Quiero limpiar tu sangre y tu sudor
y besar tus heridas y tus llagas.
Tú, como siempre, hablando en el silencio,
quieres lavar tu rostro con mis lágrimas.
Acuérdate de mí, te pido
como el ladrón arrepentido;
y vuelvo a naufragar en tu mirada.
Y vuelvo a naufragar,
vuelvo a encontrar refugio en tu palabra.
Sintiendo tu poder en cada verso,
¡por siempre cantaré tus alabanzas!
Me haces perder el miedo a mis naufragios.
Me quieres ver bailando sobre el agua».