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Semana Santa en Zamora.

Semana Santa en Zamora. Diputación de Zamora

Opinión

Semana Santa y roja

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Me van a quitar el carné simbólico de comunista y regalar el de la Falange. Lo veo venir. Pero qué le voy a hacer: no me nace huir a Cambrils en este puente, por mucho que disfrute de la playa. ¿Razón? El Cristo Yacente de Zamora solo sale una vez al año. Y para ver pieles abrasadas, mientras apuro pescadito frito en primera línea de mar, ya está agosto.

Mi plan preferido es clavarme en un chaflán gastado por el peso de los secretos y el transcurso de los siglos. Y aguardar a que el ritual me pase la lija por las tripas. Aunque no siempre fue así.

Hasta los treinta y tantos, renegué de los fastos de Semana Santa. Probablemente, algún tipo de mecanismo de defensa forjado en la niñez. Me recuerdo en una ciudad adusta. Con ese frío de marzo que muerde con la rabia de un invierno moribundo. A la espera de que ocurriera algo capaz de justificar el suplicio de haber dejado a medias El Pirata Garrapata.

Y de pronto, aparecieron. Cuerpos ocultos por la vergüenza de la culpa. Pies descalzos y encadenados. Un silencio asfixiante, roto por el metal contra el adoquín.

Me pregunto qué llevó a mis padres a considerar que Sensación de vivir no era apto para mi edad, pero sí lo que durante años me pareció el spin-off folkórico de Saw. Sentí angustia viva y renegué de todo aquello hasta que un día, quizás por madurez, tal vez por hartazgo de la levedad moderna, decidí darle otra oportunidad. Y sucedió.

Lo que de niña me paralizaba y de joven decidí despreciar, como señora se ha convertido en adicción. A la Semana Santa castellana, en concreto. Porque una es dramática, pero ligeramente contenida.

No hace falta fe para que se ericen los pelillos con el oleaje de los tambores, las cornetas chillando y la autoridad del silencio, con la cera derretida y el realismo cruel de la madera policromada. Solo necesitas sangre en las venas, apagar el móvil y rasgar la malla de los prejuicios

Claro está, mucha gente no lo entiende. Me acusa de contradictoria. Porque soy rojilla, y no solo por Osasuna. Agnóstica. Y si alguna vez voy a misa es para dar el gusto a mi devoto padre y, de paso, ejercer el derecho adquirido al vermú posterior. 

Pero respondo: qué importa.

Da igual creer en Dios o en el monstruo del espagueti volador, rezar cada noche a los cuatro angelitos que guardan las cuatro esquinas de la cama o tener alergia al algodón del Vaticano.

No hace falta fe para que se ericen los pelillos con el oleaje de los tambores, las cornetas chillando y la autoridad del silencio, con la cera derretida y el realismo cruel de la madera policromada. Solo necesitas sangre en las venas, apagar el móvil y rasgar la malla de los prejuicios.

Cómo no me va a hipnotizar el espectáculo si necesito belleza para soportar el valle de carcajadas y lágrimas que es la vida, y esto es pura bacanal estética. Pero puedo dar más argumentos.

Tras el barroquismo que retumba en la retina y el oído, con pelín de esfuerzo podrás identificar un trasunto social imposible de encontrar en ningún tratado de la nueva izquierda.

La Semana Santa procesional, guste o no, grita lo que somos. Es un espejo donde se reflejan víctimas y victimarios, justos y pecadores, los que tienen suerte y quienes nacieron estrellados porque la meritocracia son los padres.

Y ahí está Dios, la idea católica de Dios, pero reducida a un hombre que ama, sufre, lo ejecutan y al que hasta le niega su colega. Ese es el punto donde todos, por narices, deberíamos de conectar. La pasión, el dolor y la incertidumbre de no saber si llegaremos a fin de mes o si nos querrán mañana se repite en cada alma errante y en cada receta de Lexatin.

La Semana Santa es el recordatorio más impertinente de que tú, yo y tu prima la coja, bajo la máscara de invulnerabilidad que nos ponemos para ir a la oficina, ese disfraz de seres funcionales que hacen ayuno intermitente y scroll, cargamos un madero que dobla la espalda. Sea cual sea la cruz: el imbécil del ex, la tiroides, el IRPF o una falta de propósito vital que se intenta compensar con crossfit y vino.

Y aunque cada uno padece lo suyo, viendo pasar la Procesión de los Borrachos huelo red. La que se debería de activar cuando esta sociedad líquida hace cortocircuito.

Piensa en los costaleros. Hay quienes solo ven señores muy carcas y sudorosos, cargando pasos que lastran más que tu mala conciencia tras mentir a la pareja. Para mí, en cambio, son metáfora de aquello a lo que deberíamos volver: una comunidad donde uno sostiene el peso del otro para no hundirnos en el mismo agujero, un ejercicio de soberanía grupal frente al individualismo atroz que nos usa y despacha como productos de Amazon.

Y luego está el poso cultural. La raíz. Ese patrimonio material e inmaterial creado para ser ancla. Herencia sin libreto de instrucciones que nos impide salir volando a la mínima que el Tío Sam estornuda la enésima moda de consumo

Y luego está el poso cultural. La raíz. Ese patrimonio material e inmaterial creado para ser ancla. Herencia sin libreto de instrucciones que nos impide salir volando a la mínima que el Tío Sam estornuda la enésima moda de consumo.

Por eso, no me parece nada disparatado reivindicar la festividad religiosa de la Semana Santa siendo quien soy. Este tesoro nos pertenece por lo que cuenta de nuestra tradición y por la resistencia de quienes nos precedieron. Necesitamos costumbres que huelan a viejo y legado para caer en la cuenta de que no nacimos ayer en un laboratorio de ideas deconstruidas.

No sé, seguramente quiero decir que reivindico la Semana Santa como quien defiende la sanidad pública o la jornada de cuatro días: son espacios donde el yo se disuelve en el nosotros.

Mi comunismo de procesión es defensa propia y compartida contra el vacío. Frente a la dictadura del algoritmo y el manual de autoayuda, elijo la identidad cultivada desde el común, la catarsis colectiva, al desconocido que cede hueco para que tú también veas pasar la muerte.

Postdata. Hace un tiempito llevé a una amiga a Zamora. A mitad del estremecedor Jerusalem, nos alejamos porque se le estaba poniendo mal cuerpo. ¿Y qué hicimos? Lo que dicta el protocolo: bebernos un par de botellas de Toro y zampar rebojo hasta volver rodando al hotel. Tenlo claro. Sin pecado no hay placer… y viceversa. Además, tras Semana Santa todavía queda tiempo para redimirse. O, al menos, para buscar el siguiente rito que nos salve de nuestra propia fragilidad.