Mensajes de móvil.
Lo intento. Cada día, a cada hora, con cada whatsapp. Restar importancia a todo: la muerte del interrogante de apertura, el desierto de comas, que haya tildes donde no toca, la infinitud de frases sin orden ni concierto, la amputación sistemática de “que”... A fin de cuentas, solo son mensajes telefónicos. Se entienden. Y el tiempo es oro. Hay que preparar la merienda de la niña, recoger el paquete de Amazon, comprar la pipeta del perro y morir un rato en el sofá.
Eso me repito, pero cuesta. Supongo que crecer con los cuadernillos Rubio explica cosas. O igual soy demasiado resistente al cambio. Donde muchos ven economía del lenguaje, adaptación evolutiva incluso, yo vaticino apocalipsis. Y tengo claro su origen.
Un acrónimo: SMS. Ahí comenzó el cataclismo ortográfico y gramatical. ¿Recuerdas? Nos entregamos con entusiasmo al milagro. De pronto podíamos comunicarnos al momento, sin necesidad de llamar. Claro que, como siempre, la modernidad incluía trampa.
Los teclados de los primeros móviles eran un engorro, además se pagaba por mensaje y había limitación de caracteres: 160, concretamente. Todo un drama si eras de las mías, de enroscarte en el verbo y a la vez querer ahorrar para los chupitos del sábado noche. Así que nos pusimos en modo recorte. Pero radical.
Una persona chateando.
Empezamos a crear abreviaturas imposibles, a sacrificar signos en apariencia accesorios y podar letras silenciosas con una alegría que ni Eduardo Manostijeras antes de recluirse en el castillo. Y así, entre estate quieta y ponte bien, mientras la tecnología colonizaba nuestras casas y bolsillos, ocurrió.
Hemos pasado de reivindicar el dominio de la gramática y ortografía cual norma de vida a considerarlo clasismo e integrar un "ola k ase" con despreocupada naturalidad.
Llámame exagerada, pero creo que escribir como Dios manda va camino de convertirse en virtud exótica. Casi, casi, una excepción para nostálgicos. Y no hablo de pedrigí literario. Me refiero a hacerlo, simplemente, con corrección. O mejor dicho: a al menos tener la voluntad. Que importe.
Esa es la herida que escuece. Hace no tanto, cuando el analfabetismo viajaba en burro, la letra se respetaba como el traje del domingo. Ahora, entre smartphones y scrolls, vivimos la democratización del “todo vale". Hasta límites otrora impensables. O será que me falta imaginación.
Lo que nuestra generación incubó, la Zeta está rematando con una ligereza espectacular. Al parecer, el uso del punto al final de la frase es un gesto sospechoso, una maniobra pasivo-agresiva. Así que mejor no poner. ¿Y las comas entre idea e idea? Tan innecesarias como planchar calcetines.
No sabes si estás ante un conjuro, la lista del Shein o se trata de una corriente pretendidamente surrealista que eres incapaz de intepretar porque en algún momento de tu existencia te convertiste en un carroza
Entra en las redes sociales de tu sobrina y prepárate para publicaciones llenas de concatenaciones eternas, sin pausas a la vista. No sabes si estás ante un conjuro, la lista del Shein o se trata de una corriente pretendidamente surrealista que eres incapaz de intepretar porque en algún momento de tu existencia te convertiste en un carroza.
He leído por ahí que esto no es como la vuelta de los pantalones de tiro bajo, que esta moda viene para quedarse. Ojalá jamás suceda, aunque te confieso: no me sorprendería. Lo de los adolescentes solo es un pasito palante, María, tras años normalizando las patadas a la lengua más allá de los espacios digitales.
Carteles, correos electrónicos, pies de foto… En todas partes puedes detectar descuidos y burradas ejecutados por adultos con canas, másteres y hasta carrera de Periodismo. Así que, claro, cuando mujeres como servidora se asoman a ese escaparate de saldo llamado Tinder pierden la esperanza. Y adoptan otro gato.
Cómo te lo explico: no debería de haber foto en velero, ni tabla de chocolate, ni mirada seductora, ni puño izquierdo en alto que sobrevivieran a un "haber si quedamos", un “pienso de k” o una reflexión hilada como si se estuviera aporreando piedras.
En ocasiones me pregunto qué pasaría de quedarnos sin la arquitectura de la palabra, tal como ahora la conocemos. Quizá ande confundida, pero las entrañas me dicen que una sociedad que no sabe articular sus alegrías y penas con propiedad es una sociedad con la guardia baja, imposibilitada para leer la letra pequeña de la hipoteca o destapar a quienes nos pastorean con su florida oratoria.
El móvil ayuda a escupir a la velocidad de tu neurosis y relativizar la calidad. Pero lo del trazo es otro nivel. Exige esfuerzo y tiempo. Te obliga a mirar de frente tu propio lenguaje, con sus goteras y heridas de guerra. A ordenar ideas con la delicadeza del orfebre
Las últimas tecnologías han hecho de la necesidad de inmediatez intrínseca en el ser humano una dictadura que devora lo más importante: el gusto, la paciencia, el sentido común, la minuciosidad. Por eso, antes de que sea demasiado tarde, convendría recuperar papel y bolígrafo. Y mandar un par de postales al año.
Esa es mi propuesta. Y cada día la de más gente. Piénsalo. El móvil ayuda a escupir a la velocidad de tu neurosis y relativizar la calidad. Pero lo del trazo es otro nivel. Exige esfuerzo y tiempo. Te obliga a mirar de frente tu propio lenguaje, con sus goteras y heridas de guerra. A ordenar ideas con la delicadeza del orfebre.
Cuando el cerebro se sienta a esperar a la mano, pasan cosas. Además, bonitas.
No sé, seguro sueno demodé. Pero qué le voy a hacer. Estoy convencida de que escribir bien o, al menos, echarle ganas es de las pocas cosas dignas que nos quedan. Un ejercicio de defensa propia contra este mundo frenético al borde del cortocircuito. La maniobra de resistencia más punk y, definitivamente, sexy.
En serio. Nada como proponer unas cañas y lo que surja, y que la otra parte responda: “sí”. Con esa tilde que funciona como un deshabillé, enseñando lo justo para disparar la imaginación y pensar que esta vez promete.
A mí me ocurrió.